UN PASEO POR ESPRONCEDA

Un paseo por Espronceda

 

Muchas veces nos empeñamos en buscar lugares con grandes murallas medievales, historias de batallas épicas o arquitecturas imponentes que abruman. Pero la realidad del mundo rural es otra, y es mucho más bonita cuando se cuenta sin filtros.
Espronceda, recostada discretamente en las faldas de la Sierra de Codés, no es de los pueblos más antiguos de la zona. Aquí no hay castillos desgastados por el tiempo, no hay torres ni murallas o leyendas antiguas, pero hay algo mejor: hay memoria, vida, confiabilidad y un gran arraigo. Una vida que se respira en su gente cuando sale por el pan, cuando se saluda en el camino, en sus calles y sus casas de piedra arenisca con tonos cálidos y texturas honestas, donde el lujo de la sillería bien labrada se guarda solo para construcciones muy puntuales.

Para mí, el verdadero corazón de este lugar es su Plaza de los Fueros con el Bar Txankete y sus mesas de terraza por un lado, o el Sindicato en el otro. Es una plaza grande, espaciosa, de esas que parecen pensadas con generosidad para que quepa todo el pueblo cuando hay que juntarse a asar unas pancetas, compartir un vermú, jugar al bingo, quemar al judas o escapar del Katxupin!
Es un espacio abierto que te recibe con los brazos abiertos, y es ahí, entre la plática de los vecinos y el juego de los niños, donde entiendes el sentido profundo de lo que más nos gusta en Bizi Codés: invitarte a mirar el patrimonio no como piezas de museo, sino como el escenario vivo de una comunidad y de su historia.

El «Cristo» en el borde del camino

Antes de entrar propiamente al pueblo, en esa pequeña esquina donde el paisaje te pide bajar el ritmo y mirar hacia todos lados, te encuentras con el Crucero. Los vecinos y vecinas lo llaman cariñosamente «el Cristo», y durante siglos ha funcionado como una especie de diario de viajes tallado en piedra. Puedo imaginar a la gente de los años 1600 deteniéndose aquí justo antes de partir para pedir protección, o respirando aliviados al regresar para dar las gracias. Es algo que todavía se siente en el aire, una hermosa pieza de piedra llena de historias por contar.

Fiel al carácter del entorno, el crucero es sobrio, sin adornos para lucirse. Se eleva sobre dos gradas circulares que servían para darle visibilidad en el cruce de caminos y para permitir que las procesiones —o un vecino en su silencio personal— pudieran rodearlo… y es que era importante rodearlo, para ver todo lo que contiene…  Su fuste de cuatro caras llanas no busca impresionar, sino ser claro desde lejos

 

Lo bonito de su historia está en el capitel. Si te acercas, verás parejas de figuras femeninas: unas con libros contra el pecho, que representan la sabiduría y el cuidado hacia el caminante, y otras con palmas, que recuerdan el coraje en las pruebas de las mártires. Pero lo que más impresiona ocurre al girar hacia la cara sur: allí, rompiendo toda lógica religiosa tradicional, los artesanos esculpieron a un rey y un águila en honor a Sancho VII «el Fuerte». Es un guiño extraordinario donde la devoción popular comparte espacio con el orgullo de la memoria histórica de Navarra, una mezcla rarísima que hace de esta pieza algo único en la región y en toda Navarra. Si miras la cruz de arriba, se nota que es más nueva; los hielos y temporales de la sierra debieron pasar factura y seguramente hubo que reponerla tiempo después, pero la esencia sigue intacta y este Crucero es algo que hay que detenerse a mirar!

San Vicente Mártir: Una iglesia para mirarse a la cara

La Parroquia de San Vicente Mártir es una iglesia rural del siglo XVI,  restaurada más tarde. Honesta y con un sello muy particular que la diferencia de las que existen en pueblos aledaños.
Con un estilo más bien renacentista-herrerista, su valor no está en la opulencia, sino en la sencillez. Al descubrirla, te encuentras con un templo tardogótico del siglo XVI, con torre del XVII y un interior barroco en su retablo principal. El contraste entre la arquitectura tardogótica y el dorado barroco del retablo resume la historia del lugar: una casa sobria que acoge un teatro de fe*.

Es el gótico final, ya rozando el Renacimiento, muy típico del medio rural navarro pero poco común en una zona donde la mayoría de las edificaciones religiosas son románicas o góticas. La nave es ancha y alta, sin obstáculos, pensada para que la comunidad se vea y se escuche. Las bóvedas de arista que hoy vemos son reformas recientes que respetan la lógica original del edificio. Esta sencillez no es de ninguna manera pobreza o simpleza; ¡es mucho, muchísimo más!: Es lenguaje: aquí lo importante es lo que ocurre —la palabra, el canto, la celebración—, no el adorno.

Y en lo alto de la torre están María y Vicenta, las campanas… y espero no errar en los nombres! Ellas eran el sistema de comunicación del pueblo cuando no existían los móviles. Los vecinos sabían descifrar perfectamente cada toque: había un repique para la fiesta, otro que llamaba a la oración, uno pausado para el duelo y uno urgente que encogía el corazón cuando anunciaba alguna emergencia como por ejemplo: un incendio. Aquí también aprendí que muchas campanas llevan grabados los nombres de los propios vecinos que las donaron, un hilo invisible que une los objetos con las familias que habitan estas tierras.

Otros rincones y objetos emblemáticos

Caminar por Espronceda es también salir al encuentro de su arquitectura civil, integrada de forma muy natural con el entorno. En una de sus calles destacan el Palacio de Acedo, una edificación del siglo XVII que conserva el porte de los antiguos palacios señoriales. Y muy cerca, colgado de una larga fachada, nos topamos con el escudo Ruiz de Cabañas, en una calle que lleva el mismo nombre, y que de manera indirecta es la causa de que yo esté aquí.

Me parece una hermosa conexión pensar que en esa casa nació en 1752 Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo. Un sacerdote local, -podemos encontrar su escultura a la entrada de la Parroquia- cuyo destino fue cruzar el océano para convertirse en un influyente Obispo de Guadalajara, en México, donde dejó una huella social inmensa al fundar el célebre Hospicio Cabañas y ser parte de un hito histórico en otro país. Es emocionante ver cómo la historia de un pequeño rincón de la Sierra de Codés se estira y conecta con realidades tan lejanas a través de un simple bloque de piedra labrada. Ese mismo respeto por las raíces se respira en el edificio del Ayuntamiento, que observa discretamente el día a día asomado a la plaza.

Y creo que para entender un poco más el pulso de Espronceda hay que asomarse a dos rincones más:

  • La Ermita de la Virgen del Campo: Una pequeña construcción rectangular de muros de sillarejo dentro del casco urbano. El edificio es pequeño y sencillo, pero en su presbiterio custodia un tesoro para Espronceda: una talla románica de madera de los siglos XII-XIII: La Virgen del Campo, a quien generaciones de vecinos han cuidado, protegido y venerado de manera única.

  • El Lavadero Público: Un vaso de piedra techado arreglado entre finales del siglo XIX y principios del XX. Más allá de su función práctica para lavar la ropa, este rincón era la red social de las mujeres del pueblo, principalmente. Allí se compartían las noticias del día, se organizaba el trabajo cotidiano y se ofrecían ayuda mutua. Hoy, recuperado en las rutas locales, es un homenaje precioso a la memoria del trabajo compartido y un buen lugar para detenerse e imaginar.

Al final, Espronceda no busca impresionar a nadie, y es justo ahí donde te atrapa. Su valor real no está en las falsas grandezas, sino en la honestidad de su piedra, en la amplitud de su plaza,en el Bar Txankete, en el Sindicato y en esa bonita insistencia de su gente por mantener vivo su rincón en el mundo. Caminar por sus calles y campos y encontrarme de frente con el Ioar, escuchar las campanas, tomarme un café y detenerme a observar estas pequeñas historias cotidianas es, al fin y al cabo, mi forma de aprender y de aprender también a pertenecer. Porque aquí nada es demasiado grande ni perfecto, pero todo es profundamente real. Y en esa realidad  tan viva es donde, casi sin darte cuenta, el alma encuentra un lugar seguro donde puede quedarse.

Desde mi mirada.
Paola E.S


*Teatro de fé: capacidad de la iglesia o del retablo barroco para funcionar como un escenario visual y emocional diseñado para conmover, educar e impresionar a los fieles. El Barroco no concebía el arte solo como adorno, sino como un espectáculo teatral donde la luz, el oro y la escultura se aliaban para despertar la devoción religiosa.
- La imagen de la portada de este artículo fue autorizada para su uso por Sonia García, vecina de Espronceda

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You cannot copy content of this page

Scroll al inicio