Capítulo 37
La Casa de la Misericordia
Guadalajara, diciembre de 1809
Los primeros días de diciembre habían dejado sobre Guadalajara una claridad seca, casi rigurosa, que no embellecía las cosas, pero sí las volvía más nítidas. Había en el aire una limpieza severa que dibujaba con mayor firmeza los contornos: las fachadas, los campanarios, los árboles, los patios, el polvo mismo de las calles. Nada parecía borroneado. Todo se ofrecía con una exactitud tranquila, como si la ciudad, en vez de entregarse, se dejara ver sin complacencia.
En la residencia episcopal, el obispo Cabañas llevaba ya largo rato reunido con José Gutiérrez. Entre ambos se extendían papeles, planos, notas, cuentas, memorias de materiales, observaciones de obra y noticias traídas por hombres que iban y venían de la gran construcción levantada al otro lado de la ciudad, en la franja de San Juan de Dios. No era una entrevista de cortesía ni una revisión superficial. La Casa de la Caridad y Misericordia ocupaba desde hacía años una porción considerable de la voluntad del obispo, de sus desvelos, de su paciencia y también de su propio caudal; y aquel día hablaban de ella no como de una empresa ilustre, sino como de una urgencia.
Gutiérrez, hombre de oficio y de prudencia, explicaba con esa claridad seca que tienen quienes están acostumbrados a tratar con la piedra, con la madera, con el tiempo y con las limitaciones del mundo real. Hablaba de salas ya casi listas, de otras que todavía requerían trabajo firme, de patios que podrían comenzar a respirar vida en pocas semanas y de dependencias donde aún no convenía alojar a nadie. Distinguía, como buen director de obra, entre lo que sería deseable concluir por decoro o perfección y lo que era indispensable resolver para que un edificio dejara de ser promesa y empezara a servir.

El obispo lo escuchaba sin impaciencia y sin distraerse. A veces apoyaba apenas la mano sobre la mesa, a veces inclinaba un poco la cabeza, a veces seguía con la vista una cifra, una nota o una observación marginal. No interrumpía por gusto. Lo hacía solo cuando quería llevar la conversación, sin brusquedad pero sin desvío posible, al centro verdadero del asunto.
—Y eso que aún falta —preguntó en cierto momento, tocando apenas con un dedo un pliego cubierto de observaciones—, ¿impide ya recibir a los primeros?
Gutiérrez levantó la mirada. Sabía bien que aquella pregunta no concernía únicamente a la obra.
—Depende de qué parte hablemos, señor. Hay tramos que todavía no conviene ocupar. Pero hay otros que, si no afloja el ritmo y no nos falla la provisión, podrían quedar dispuestos para empezar.
—¿Empezar de veras?
—Sí, señor. No para decir que todo está concluido, pero sí para poner la casa en uso.
La frase quedó suspendida un instante entre los dos. Cabañas no respondió de inmediato. Bajó apenas la vista a los papeles, aunque era evidente que ya no estaba pensando en papeles. Gutiérrez, que lo conocía lo suficiente, esperó.
Aquel edificio no se había concebido para halagar el orgullo de la ciudad ni para añadir otro ornamento al catálogo de sus grandezas. Tampoco para dejar memoria de un nombre. Cabañas lo había querido desde el principio para una tarea mucho más áspera y más honda: recoger a quienes nadie recoge, recibir a los que sobran en casas ajenas, dar amparo a los huérfanos, a los viejos sin resguardo, a los pobres enfermos, a los abandonados, a esa multitud callada de gentes cuyo dolor no suele alcanzar la dignidad de lo memorable y, sin embargo, pesa todos los días.
—No me inquieta la falta de perfección —dijo al cabo—. Me inquieta la falta de amparo.
Gutiérrez no dijo nada.
—Una obra así —continuó el obispo, volviendo por fin a mirarlo— no se levanta para que la admiren. Se levanta para que sirva. Y lo que sirve tarde, sirve mal.
A partir de ahí la conversación descendió todavía más a lo concreto. Hablaron de hombres, de cuadrillas, de materiales que urgía conseguir, de pagos que no convenía seguir demorando, de oficios que podían apretarse y de otros que, si se forzaban demasiado, comprometerían la solidez futura. Gutiérrez expuso con franqueza las dificultades. El obispo escuchó todas. No ignoraba los riesgos del apresuramiento; sabía demasiado bien que una prisa mal entendida podía dejar desorden donde se buscaba remedio. Pero sabía también que había dilaciones que no eran prudencia, sino comodidad vestida de razón.
Cuando la situación quedó por fin desnuda, sin más velos que los inevitables de la incertidumbre humana, Cabañas fijó la fecha.
—El primero de febrero.
Gutiérrez alzó los ojos.
—Para entonces debe abrirse la casa. No toda, si no puede ser toda. No perfecta, si no puede ser perfecta. Pero lo necesario para recibir, sí. Lo demás vendrá con el tiempo. Los pobres no tienen por qué seguir pagando con espera lo que a nosotros aún nos falte rematar.
No lo dijo con énfasis de hombre que ordena para ser obedecido, sino con la firmeza de quien ha decidido ya por dentro y solo pone en voz lo que para su conciencia es un hecho. La fecha, una vez pronunciada, pareció adquirir de inmediato una gravedad distinta. Dejó de ser simple medida del calendario y pasó a ser obligación.
Gutiérrez asintió con el peso visible de quien comprende que no se le está encargando una hazaña vana ni un capricho de superior, sino algo más serio: la tarea de arrancarle tiempo a la obra para devolverlo a los desamparados. Todavía siguieron hablando un rato, ajustando lo ajustable, previendo contratiempos, sopesando qué sacrificios admitía la urgencia y cuáles no. Solo entonces la reunión empezó a disolverse.
Cuando José Gutiérrez salió, el obispo permaneció un momento en silencio. La obra seguía allí, muy presente todavía, con sus patios, sus corredores, sus salas no del todo rematadas, su futuro inmediato y sus insuficiencias del presente. Pero otra espera comenzó a ocuparle el ánimo, una espera de naturaleza distinta, más íntima, menos vasta y, sin embargo, no menos viva.
Martín debía de estar cerca.
No sabía cuándo llegaría. Los caminos de la Nueva España no se prestaban a exactitudes y menos aún cuando quien viajaba venía de tan lejos, después de tantos tránsitos. Pero lo esperaba, y aquella esperanza tenía para él una calidez que no solía permitirse mostrar demasiado. Pensó también en Dionisio, ya establecido cerca de Guadalajara, casado, con hacienda suficiente y vida hecha en aquella tierra. Aquello lo había procurado él mismo años atrás, y Dionisio lo había sabido llevar con esa firmeza callada con que algunos hombres echan raíces sin hacer ruido. No era hombre opulento, pero sí acomodado, de los que han logrado afirmarse y sostener con decoro la suerte alcanzada.
Martín era otra cosa. A Martín lo había conocido desde la cuna. No lo recordaba por una visita aislada ni por noticias sueltas, sino por la continuidad antigua de Espronceda, donde ambos habían nacido y donde la vida de cada cual se había entretejido durante años con la de los demás. Él mismo lo había bautizado. La última vez que lo tuvo delante fue allí, poco antes de volver a Burgos y, desde allí, emprender el viaje definitivo a la Nueva España, llevándose consigo a Dionisio. Lo recordaba en ese borde incierto en que un muchacho deja de ser niño sin haber entrado todavía en la forma acabada del hombre: el cuerpo aún promesa, el carácter ya presente, el orgullo vivo, la energía demasiado temprana, una audacia que podía ser semilla de firmeza o de desventura, según la templara la vida.
Pensar que pronto vería reunidos a los dos hermanos le produjo un contento hondo y sobrio. Hubo en ese pensamiento algo casi doméstico, casi familiar en el sentido más antiguo y más tierno del término. Le habría gustado abrirle a Martín un sitio, ampararlo, ponerlo cerca de Dionisio, hacerlo entrar en una vida ordenada dentro de aquella tierra vasta y difícil. Pero el gusto de esa idea no lo retuvo mucho. Cabañas no era hombre de demorarse en sus afectos cuando los deberes lo llamaban a otros asuntos. La ilusión quedó en él como un rescoldo, y su pensamiento volvió, naturalmente, a las responsabilidades del día.
Mientras tanto, Guadalajara fue acercándose a Martín poco a poco, por capas, primero en el aire y luego en las cosas.
Antes de verla bien, comenzó a sentirla. Fue primero el tránsito, más espeso que en jornadas anteriores. Luego las recuas. Los carros. Los arrieros que entraban y salían con esa mezcla de fatiga y prisa de quienes viven de no detenerse demasiado. Los corrales. Las huertas pegadas a la orilla de la vida urbana. Los mesones. El polvo removido. El barro viejo en las rodadas. Los pequeños oficios plantados al borde del camino. Las voces de unos y otros. Los animales. El comercio. Una agitación de borde que no pertenecía ya al campo y todavía no era del todo ciudad, pero en la que la ciudad se anunciaba con claridad. Entraban por la parte oriental, hacia San Juan de Dios, por esa franja donde el mundo rural se resiste un poco antes de ceder y donde la ciudad empieza por el desorden mismo de la necesidad.
Martín lo percibía todo con una atención fatigada. Hacía demasiado tiempo que estaba en camino como para mirar ya las cosas con la curiosidad primera del viajero. Lo que llevaba encima no era solo cansancio. Era otra cosa, más honda y menos fácil de nombrar. Había salido de Espronceda mucho antes. Había dejado a su familia y su mundo; había cruzado España; había conocido la espera del puerto, la incertidumbre del mar, la llegada a Veracruz en agosto, el ascenso trabajoso, las ventas, las mulas, el cambio del aire, de los frutos, de los olores de cocina, de las gentes, de la luz; y después, durante más de tres meses, había atravesado la Nueva España como quien cruza no solo un territorio, sino una sucesión de mundos.
En un principio el viaje había tenido todavía la novedad suficiente para sostenerlo. Luego vino la costumbre del camino. Después, el cansancio. Y más tarde, algo peor que el cansancio: una incomodidad sorda que no alcanzaba a explicarse ni siquiera a sí mismo.
No había empezado de golpe ni en un solo lugar. Se le había ido metiendo adentro poco a poco. Desde etapas tempranas del viaje venía oyendo cosas: conversaciones cortadas, frases dichas a media voz, alusiones imprecisas, nombres susurrados con cautela, silencios demasiado densos para ser inocentes. No eran noticias claras todavía. Eran indicios. Era un ambiente. Una sensación de aire enrarecido que se colaba entre los hombres y sus palabras. Algo se estaba fraguando en el país, aunque aún no se dejara ver del todo.
Más adelante, cuando el camino los internó en el Bajío, aquella impresión tomó otro peso. Ya no era solo rumor de viajeros o malestar sin cuerpo. Se volvió más concreta, más cercana, más seria. Martín empezó a advertir en los tonos, en las reservas, en ciertas miradas, en el cuidado con que se decían algunas cosas, que había un fondo de inquietud más hondo de lo que al principio quiso admitir. Y luego vino Dolores.
La conversación con Miguel Hidalgo no se le había ido de la cabeza. No recordaba solo sus palabras, sino el modo en que las dijo. Había en aquel hombre una comprensión del país que no se parecía al murmullo disperso de caminos y mesones. Lo que en otros era malestar, en él era conciencia. Lo que en otros era sospecha, en él parecía ya tener forma. Desde entonces, el desasosiego de Martín dejó de ser una simple molestia de viaje y se convirtió en otra cosa: alarma. No una alarma ruidosa ni confesada, sino una certeza incómoda que iba creciendo jornada tras jornada. Algo grande se preparaba en aquella tierra. Algo que quizá no tardaría en pedir salida.
Desde entonces empezó a sentir, con una terquedad cada vez mayor, que tal vez su viaje había sido un error.
No sabía decirlo bien. No sabía dónde estaba exactamente el error ni con qué palabras habría podido siquiera formularlo. Pero lo sentía. Lo sentía en las mañanas, al montar; en las tardes, al entrar a una nueva población; en las noches, cuando el cansancio del cuerpo dejaba sitio a pensamientos más oscuros. Había dejado demasiado atrás. Llevaba demasiado tiempo obedeciendo un rumbo trazado por otro. Había cruzado España, el mar y después la Nueva España, y en vez de aproximarse a una vida más clara tenía a ratos la impresión de internarse cada vez más en una realidad turbia, vasta y amenazante.
Entrar en Guadalajara no alivió ese peso. Se lo hizo sentir con mayor fuerza.
La ciudad, precisamente por su tamaño, por su movimiento, por la evidencia de su riqueza y su contradicción, no le pareció refugio, sino confirmación. Como si todo lo que había venido presintiendo en pequeño a lo largo del camino se concentrara allí con más nervio, más cuerpo y más destino.
Fue entonces cuando vio el hospicio.
Apareció antes de que la ciudad terminara de envolverlos. No estaba concluido, pero ya bastaba para imponerse. Había en él algo que no necesitaba explicación inmediata: una gravedad callada, una anchura poco común, una autoridad de piedra que lo separaba del resto del paisaje. No era templo, ni convento, ni casa señorial. Era otra cosa. Una obra de una escala distinta, nacida de una intención que se notaba incluso en su estado inconcluso.
Martín refrenó apenas el caballo. No dijo nada. Miró.
Costilla siguió la dirección de su mirada y, durante unos instantes, dejó que el edificio hablara por sí mismo. No tenía prisa en nombrarlo. Había cosas que necesitaban primero asentarse en los ojos.

—Es la Casa de la Misericordia —dijo por fin.
Martín siguió mirando.
—La del señor obispo.
No hubo en su voz tono de explicación ni de reverencia vacía. Lo dijo con la sobriedad de quien nombra algo que conoce y estima sin necesidad de adornarlo.
—La ha querido para los huérfanos —añadió después—, para los viejos sin amparo, para los pobres, para los enfermos, para todos esos a quienes la ciudad ve todos los días y recoge menos de lo que debiera.
Hizo una pausa breve. El caballo de Martín movió apenas la cabeza. Desde algún punto cercano llegaron voces, el ruido de una rueda, el paso de otros animales. La ciudad seguía viva alrededor de ellos, pero aquella mole de piedra parecía imponer un silencio propio.
—Hace años que la trae entre manos —continuó Costilla—. No como quien manda levantar una obra y luego la deja al cuidado de otros. La ha seguido de cerca. La ha sostenido. La ha llevado como una obligación suya delante de Dios.
Martín volvió apenas el rostro hacia él.
Costilla no buscó la grandilocuencia. Su admiración por el obispo no era de esas que se vuelven alabanza fácil. Venía de verlo obrar.
—No todos hacen por gentes ajenas lo que él ha querido hacer por éstos —dijo, mirando también el edificio—. Ni todos sostienen una obra así poniendo en ella, además de autoridad y desvelo, tanto de lo suyo. Esta casa no estaría ya así si su señoría no se hubiera vaciado en ella, también con lo suyo, y no poco.
Nada más.
Pero aquello bastó.
Porque frente a aquella grandeza de piedra, todavía sin concluir y sin embargo ya visible como prueba de una voluntad inmensa, Martín entendió de golpe algo que llevaba muchas jornadas creciendo dentro de él sin acabar de encontrar nombre. No descubrió entonces que el país estaba enrarecido. Eso lo traía sintiendo desde antes. No descubrió tampoco que el viaje le pesaba como una carga excesiva. Eso lo sabía cada día. Lo que comprendió allí fue otra cosa: que todo ese desasosiego, toda esa frustración, todo ese miedo que venía acumulándose desde hacía semanas estaba buscando un rostro.
Y que, al fin, ese rostro tenía nombre.
Cabañas.
Hasta ese instante había pensado en el obispo de muchas maneras: como tío, como hombre importante, como figura alta de la familia, como autoridad lejana, como causa principal de su venida a la Nueva España, como protector casi providencial cuyo nombre había acompañado muchas de las decisiones de los otros sobre su vida. Pero jamás, hasta ese momento, había dejado que en su ánimo se ordenara la sospecha de que una parte honda de su incomodidad tenía que ver precisamente con él.
Y sin embargo era así.
Martín sintió entonces, con una claridad que lo hirió, que, desde hacía días, acaso desde hacía semanas, se había ido sintiendo engañado sin atreverse a formularlo. Había salido creyendo —o queriendo creer— que se apartaba de un horizonte amenazante, y ahora sospechaba que lo habían traído a otro no menor, acaso más vasto, más difícil de comprender y más cargado de consecuencias. Todo lo oído en el camino, todo lo presentido, todo lo escuchado en el Bajío y confirmado de algún modo en Dolores, todo empezó a girar de pronto en torno a una sola figura. Como si el obispo, aun ausente, hubiera venido ocupando en secreto el centro de su miedo.
Y entonces se le mezclaron los sentimientos de una manera que lo desarmó.
Porque no podía despreciar aquella obra. Le imponía respeto. Le despertaba admiración. Había en ella una nobleza visible, una seriedad moral, una forma de caridad hecha materia que no se dejaba negar sin injusticia. Y precisamente por eso la molestia se volvió más amarga. Hubiera sido más sencillo encontrar al término del viaje a un hombre pequeño, mezquino o tibio. Pero no. Lo que tenía delante era la prueba de un poder grande, de una voluntad sostenida y de una misericordia capaz de levantarse en piedra.
Eso lo hirió más.
Y en ese mismo instante una punzada más baja, más vergonzosa, terminó de atravesarlo. Si el obispo podía hacer tanto por los desamparados de Guadalajara, bien podría haber hecho más por los suyos.
La idea le dolió apenas nacida. Le pareció mezquina, casi indigna. Pero no logró apartarla. En España, su familia no vivía en la miseria, pero tampoco en la abundancia. Había ayuda, sí; no descanso. Había sostén, sí; no holgura. Y ahora, ante aquella mole que parecía condensar años de empeño, de autoridad y de sacrificio personal, se le atravesó la pregunta ruin y dolorosa: ¿por qué tanto para otros y no más para la sangre propia?
Eso fue quizá lo que más lo lastimó: no solo empezar a juzgar al obispo, sino descubrir que lo hacía desde una herida doméstica, desde un agravio de familia, desde un lugar de sí mismo que él mismo despreciaba. Todo se le revolvió por dentro. La admiración. El agravio. La envidia. El miedo. El resentimiento. Una desconfianza creciente. Casi un principio de rencor. Y detrás de todo, la sensación de que el nombre del obispo había terminado por reunir en sí la angustia dispersa del viaje entero.
Siguieron adelante.
La conversación se extinguió sola. Ya no había nada que decir que no pesara demasiado. Costilla avanzó con la serenidad natural de quien se dirige a la casa de un hombre al que estima de verdad. Martín, en cambio, sintió que ya no entraba en Guadalajara como quien llega a un destino, sino como quien se aproxima al centro mismo de una verdad que no quería conocer.
Tomaron rumbo al episcopado.
La luz comenzaba a recogerse en las fachadas, aunque el día conservaba todavía bastante claridad para que las cosas se vieran con una nitidez casi cruel. Al llegar, desmontaron en la calle. Sonaron las riendas. Resopló un caballo. Crujieron las correas. Las botas tocaron por fin tierra firme después de tantas jornadas de camino. Todo aquello, por trivial que fuera, pareció adquirir una gravedad extraña, como si los gestos más pequeños supieran que estaban a punto de dejar paso a algo mayor.
Martín levantó la vista hacia la puerta.
Hasta entonces, Cabañas había sido muchas cosas a la vez: recuerdo, autoridad, gratitud antigua, figura familiar engrandecida por la distancia, origen de su viaje, causa secreta de su miedo. En unos instantes volvería a ser, simplemente, un hombre de carne y hueso. Y esa proximidad lo estremeció más de lo que habría querido admitir. No era solo temor. No era solo coraje. No era solo deseo de verlo. Era la sensación mucho más incómoda de que, después de tanto camino, ya no quedaba distancia suficiente para seguir aplazando lo que sentía.
Costilla llamó.
Esperaron.
Dentro se oyó movimiento.
Y Martín, en ese breve segundo suspendido, sintió que detrás de aquella puerta lo esperaba no solo el obispo, sino el nombre mismo en que su desasosiego había terminado por encarnarse.
La puerta se abrió.
Fue el propio obispo Cabañas quien apareció en el umbral.










Que interesante capitulo Benjamín.
Gracias!!!!
Vamos desgranando la Aventura, un buen capítulo, voy a por el siguiente
Abrazo fuerte