Capítulo 36
Disfunciones de la familia
(No todas las heridas vienen de afuera)
Verano de 1968
Fueron ocho los hijos que trajo al mundo Alfonso. No fue fácil encontrar nombre para tanta descendencia. Aunque permitió a Conchita escoger algunos, hubo al menos tres en los que se mostró terco: no habría sugerencias ajenas ni concesiones de ninguna clase.
Francisco fue el nombre que eligió para el primogénito, como su propio padre. No fue una decisión casual ni puramente piadosa. En ese nombre había memoria, admiración y también una vieja historia interior. Alfonso había crecido bajo la convicción de que su padre, Francisco, veía en él a su heredero natural: no sólo por ser hijo suyo, sino por algo más concreto y más valioso a sus ojos, la inteligencia, la pericia mecánica, la capacidad de hacer con las manos cosas admirables, de volver reales objetos que antes no existían, a fuerza de imaginación, habilidad y terquedad.
Esa convicción de ser el heredero natural de Francisco, aunque no hubiera sido el mayor de los hijos, no nació sola. María, su madre, había sabido sembrarla con paciencia. Le repitió desde niño una idea que con los años adquirió el peso de una verdad fundadora: que su padre lo cargaba de pequeño y veía en él a su sucesor; que siempre decía que aquel niño sería igual de inteligente y que haría con sus manos cosas maravillosas, aunque sólo hubiera vivido para él unos escasos tres años. Alfonso lo creyó. Lo creyó porque quería creerlo, pero también porque esa fe le daba un lugar en el mundo y una continuidad hacia atrás. Y aquella certeza producía además otro efecto, más silencioso: garantizaba para María que ese hijo se sintiera ligado a ella de un modo particular y que, llegado el momento, se haría cargo de su madre hasta el día de su muerte.
De modo que, cuando nació Pancho, como pronto lo llamarían, ponerle Francisco no fue sólo una forma de honrar al abuelo. Fue también una manera de prolongar una línea de herencia cargada de inteligencia manual, orgullo de oficio y destino familiar.
En el quinto hijo, Alfonso decidió lo que para él parecía obvio: llamarlo como él mismo.
Allí el gesto tenía un sentido distinto y acaso más hondo. Alfonso no había sido el hijo mayor de su casa. Había sido el quinto. Y al llamar Alfonso también a su quinto hijo parecía repetir deliberadamente no sólo un nombre, sino una posición dentro de la familia, como si hubiera querido tender una correspondencia secreta entre generaciones. En el primero quedaba el nombre del padre; en el quinto, el suyo propio. No era una simple costumbre. Había en ello una manera de ordenar la descendencia, de repartir la continuidad y de dejar sembradas ciertas expectativas sin necesidad de pronunciarlas.
Pero en México llevar el nombre del padre casi nunca es sencillo. El nombre pesa, compara, obliga. Por eso aparece pronto el apodo, el diminutivo, esa pequeña desviación afectuosa que distingue sin romper del todo el vínculo. Así ocurrió también en esa casa. Alfonso hijo fue Poncho desde muy temprano, y se acostumbraron tanto a llamarlo así que con los años le parecía a propios y extraños que ése era su verdadero nombre.
¿Qué esperaba Alfonso al hacer algo así? ¿Qué sueños abrigó al nombrar al primero como su padre y al quinto como él mismo? Quizá ni él habría sabido responderlo con claridad. Pero cuesta creer que no hubiera depositado en esos nombres algo más que cariño o tradición. En Francisco tal vez quiso prolongar la memoria de su padre. En Poncho, acaso, una parte de sí mismo. El tiempo le enseñaría que los nombres no garantizan semejanzas. Y menos aún en el caso del quinto, que nunca se pareció realmente a Alfonso, aunque acabaría ligado a él y al futuro de Industrias Cabañas de una manera profunda.
En el verano de 1968, cuando Poncho tenía trece años, el destino de ese hijo empezó a torcerse de manera definitiva.
Había sido siempre un niño difícil de encajar. Inteligente, sin duda, muy por encima del promedio, pero de una inteligencia que no encontraba acomodo ni en la escuela ni en la mirada estrecha del mundo adulto. Era rápido, aunque casi todos creyeran ver en él lo contrario: cuando ellos apenas empezaban a entender por dónde iba el camino, él ya había ido y vuelto, perdido luego en otra idea, en otro hilo, en otra curiosidad. Aquella velocidad interior, que pudo haber sido celebrada, fue tomada por defecto. Ni los maestros ni sus propios padres supieron apreciar del todo que, detrás de su aparente dispersión, había una cabeza que corría más de la cuenta. Lo que hoy quizá se reconocería como un trastorno de atención, entonces no era más que fuente de conflictos. En la escuela, esa diferencia acababa traducida en desorden, distracción y fracaso.

La educación escolar en el México de los años sesenta, sobre todo en muchos espacios de la clase media emergente, estaba profundamente marcada por la religión católica, la disciplina estricta y una moral cristiana entendida con frecuencia desde la culpa. El desacierto de formar conciencias bajo la amenaza constante del pecado —por pensamiento, palabra, obra u omisión— dejaba poco margen para algo distinto del temor y la culpa. El niño aprendía pronto a sentirse observado por una autoridad terrenal y otra eterna, ambas igualmente dispuestas a señalar su insuficiencia.
Un sistema escolar así no estaba hecho para admitir alumnos como Poncho. Y la violencia con la que se intentaba “encarrilar” a los niños considerados problemáticos, no exenta del sadismo que a veces acompañaba a sacerdotes y religiosos de la época, ayudaba muy poco.
Eran escuelas rígidas, muchas veces dirigidas por monjas o frailes, donde la obediencia valía más que la curiosidad y donde la individualidad de cada alumno importaba bastante menos que su capacidad para someterse a la norma. Eran también grupos desbordados, reflejo del crecimiento de la población: sesenta y a veces más alumnos por salón. Si se piensa que podía haber cinco o seis grupos por grado, se hablaba de escuelas con más de dos mil alumnos. Una verdadera locura.
La religión impregnaba el ambiente entero con una mezcla de culpa, temor y formalismo moral. Se enseñaba a los niños a vivir rodeados de complejos sentimientos de pecado, de prejuicios repetidos como verdades y de una pedagogía que con frecuencia prefería domesticar antes que entender. La ciencia y la religión no dialogaban: se vigilaban. El pensamiento libre no era exactamente un valor. Lo importante era el orden, la compostura y la disciplina.
En un mundo así, Poncho estaba condenado a ser y parecer un problema.
No porque fuera torpe. Más bien al contrario. Tenía inteligencia de sobra, pero no la disciplina que aquel sistema exigía ni la docilidad que premiaba. Lo que en otro entorno quizá habría sido visto como energía, imaginación o necesidad de otro ritmo, allí sólo aparecía como desorden, fracaso y falta de aplicación. Las reglas de ese mundo no estaban hechas para alguien como él, y él tampoco estaba hecho para obedecerlas sin resistencia. Así llegó a los trece años con un rendimiento pobre y una secundaria prácticamente perdida.
Fue entonces cuando Conchita tomó la decisión.
La razón visible era perfecta: el niño no estudiaba, no levantaba en la escuela, así que, mientras se componía o no, al menos podía irse con su padre a la fábrica y aprender algo útil, algo verdadero, algo que lo enderezara. Pero debajo de esa explicación había otra razón, de más peso y menos confesable. Desde la crisis de Alfonso en 1966, Conchita no había vuelto a sentirse tranquila respecto a la salud de su marido. Temía que pudiera enfermar otra vez. Temía sus silencios, sus sombras repentinas, la presión del taller, el desgaste de aquellos años. Mandar a Poncho con él no era sólo castigo ni corrección. Era también una forma de acompañarlo, de vigilarlo sin decir que lo vigilaban, de poner junto a él a un hijo que pudiera estar allí donde ella no podía estar.
Así, con una sola decisión, Conchita creyó resolver dos problemas a la vez.
Sacaba al hijo de una escuela donde ya había fracasado y lo metía en un mundo donde, al menos en apariencia, podía aprender a trabajar. Y al mismo tiempo dejaba a Alfonso menos solo. Lo que nadie podía saber entonces era que aquella medida doméstica, tomada entre preocupación, pragmatismo y miedo, iba a cambiar para siempre la vida de Poncho, la de la familia y también la del propio Alfonso.
Los cañones para Llama
Con el tiempo, aquella decisión dejó de parecer un remedio provisional. Poncho no volvió simplemente a enderezarse ni a componerse: empezó a quedarse. Y quedarse, en esa casa, nunca significaba sólo ocupar un lugar. Significaba entrar en la órbita de Alfonso, en sus ritmos, en sus manías, en su manera feroz de entender el trabajo, la dignidad y la formación de un hombre.
Años después, cuando la situación de la fábrica ya no era la de antes y el negocio obligaba a buscar nuevas salidas, ocurrió uno de esos giros que cambian una casa entera sin necesidad de anunciarse como grandes acontecimientos. Antes de dejar la planta de la Carretera a Texcoco, Alfonso cerró un acuerdo con Llama. Aquella empresa, conocida primero por sus pistolas, se había instalado en México pocos años antes; su dueño, un vasco, había decidido reconvertirla hacia los rifles de aire, pero carecía de la tecnología necesaria para fabricar los cañones. Alfonso sí la tenía. La había desarrollado él, a fuerza de obstinación, oficio e inventiva. De modo que el contrato tenía dos caras: era trabajo, y por eso no podía despreciarse; pero también tenía algo de ironía, y hasta de humillación, porque suponía poner su saber al servicio de una línea ajena, de un mundo que no era del todo el suyo. Aun así, había en ello una satisfacción íntima que le tocaba el orgullo. Buena parte del sustento de la familia dependía ahora de una tecnología que él mismo había inventado. No era la victoria que alguna vez imaginó, pero tampoco era una derrota limpia. Era una forma áspera de seguir siendo necesario.
La fábrica, para entonces, ya no era aquella estructura más amplia de otros años. Había quedado reducida a unos pocos obreros y a una lógica de resistencia. Alfonso, sin embargo, no estaba hecho para detenerse ni para entregarse a la melancolía. Si el negocio se estrechaba, él estrechaba con él la vida de todos los que lo rodeaban. Y fue entonces cuando decidió incorporar no sólo a Poncho, que ya llevaba tiempo cerca del taller, sino también a los dos hermanos que seguían en la lista: Manuel y Miguel, que sin dejar de asistir a la preparatoria iban todos los días a la fábrica para sacar adelante aquella maquila.

Los tres quedaron absorbidos por esa rutina.
Llegaban todavía con el día encima, a veces con los cuadernos de la escuela bajo el brazo, y en pocos minutos ya estaban tragados por el olor del aceite, el ruido del metal y la repetición minuciosa del trabajo. Las piezas se apilaban, las manos se ennegrecían, la tarde se medía por cañones terminados, por defectos corregidos, por lo que faltaba para completar la cuota. Pero los tres, cada uno a su manera, quedaron atrapados en el mismo engranaje.
Era un trabajo repetitivo, exigente, poco lucido desde fuera y completamente central dentro de la vida diaria del taller. Allí no había el brillo de la invención pura ni la satisfacción de una obra propia. Había otra cosa: continuidad, disciplina y aguante. Alfonso parecía creer, quizá con razón, que un adolescente aprendía más del peso de una obligación repetida que de cualquier discurso sobre el carácter.
No creía en una educación blanda. No creía demasiado en la protección. No creía, desde luego, que la adolescencia fuera una etapa que hubiera que contemplar con excesivas concesiones. Para él, la vida era dura, ingrata, demandante, y cuanto antes lo entendiera un hijo, mejor. Pero no le bastaba con decirlo. Quería que lo experimentaran. Quería que la dificultad dejara de ser una idea abstracta y se volviera cansancio, horario, frustración, disciplina, renuncia. Tenía una frase que repetía con frecuencia, casi como un principio pedagógico brutal, una consigna de vida y a veces hasta una justificación de sí mismo:

—En esta vida hay que chingarse…
No lo decía siempre con enojo. A veces lo decía como quien enuncia una ley física; otras, como quien corrige una ilusión. El problema era que Alfonso no se conformaba con enseñar que la vida era dura. Tendía a ponerse él mismo en el papel de esa dureza. Si el mundo iba a golpearlos, mejor que empezaran por él. Había en eso una mezcla confusa de amor, orgullo y brutalidad pedagógica.
Los hijos, por supuesto, no lo vivían así.
Para ellos, aquellas jornadas no eran una lección moral en abstracto. Eran cansancio verdadero. Eran horas robadas a la edad. Eran tardes enteras consumidas en una rutina industrial mientras otros de su generación empezaban a descubrir la calle, los amigos, la soltura, cierta forma de ligereza. Los tres hermanos no eran iguales entre sí, ni reaccionaban del mismo modo, pero compartían una experiencia común: crecer demasiado cerca de un padre para quien el trabajo no era sólo una obligación, sino una medida de valor humano.
Alfonso los observaba, corregía, apuraba, exigía.
No tenía paciencia para la dispersión adolescente. Le molestaba la flojera, o lo que él interpretaba como flojera. Le molestaba la queja. Le molestaba cualquier gesto que oliera a comodidad. Había pasado por demasiadas cosas como para respetar el derecho de sus hijos a una juventud más blanda. Y sin embargo, en medio de esa dureza, también había algo formativo, aunque entonces ninguno de ellos hubiera podido reconocerlo con gusto. Aprendieron horarios. Aprendieron resistencia. Aprendieron a sostener una tarea hasta el final. Aprendieron a obedecer procesos, a no abandonar algo sólo porque aburría o cansaba, a convivir con la exigencia de otro sin venirse abajo a la primera fricción. Aprendieron, en suma, una disciplina que después les serviría en la vida, aunque hubiera sido sembrada de la manera más áspera.
El precio era alto. Porque en esa formación no había casi lugar para comprender lo que ellos eran entonces: adolescentes. Alfonso parecía olvidar —o prefería no conceder— que un hijo de esa edad no mira el mundo desde la ruina ni desde la responsabilidad, sino desde el deseo de vivirlo. Allí estaba una de las fracturas más profundas entre él y sus hijos: no sólo la diferencia de edad, sino la diferencia radical de horizonte. Alfonso quería prepararlos para una vida que ya conocía como batalla. Ellos, en cambio, seguían asomándose a la vida como promesa.
Ese choque se veía en cosas pequeñas y diarias: en la hora de salida, en el modo de responder, en la cara que ponían cuando una jornada se alargaba, en la falta de entusiasmo frente a una tarea que para él era obvia y para ellos una condena. Alfonso interpretaba muchas de esas reacciones como falta de carácter. Ellos interpretaban las decisiones del padre como arbitrariedad, rigidez, incapacidad de entender lo que significaba tener quince, dieciséis o diecisiete años.
Navidad de 1973
Y entonces llegó una fecha como la Navidad de 1973.
La escena quedó grabada precisamente porque no tuvo nada de extraordinario y, al mismo tiempo, lo resumía todo. Era 24 de diciembre. En cualquier casa de la ciudad, o al menos en casi todas, aquella tarde tenía ya otro pulso. Había compras de última hora, olor de pavo en el horno, ropa apartada para la noche, planes con los amigos antes de la cena, brindis tempranos, una sensación de tregua que se metía por las ventanas aunque uno no quisiera. Los hijos de Alfonso no eran ajenos a ese clima. También ellos esperaban, aunque fuera sin decirlo demasiado, que el trabajo cediera antes ese día, que hubiera una concesión, una pequeña licencia, una señal de que por una vez el calendario podía más que la rutina.
Pero Alfonso razonó de otro modo.
—Hoy podemos seguir más horas. Al final hoy se merienda tarde…
Eso pensó. Eso decidió. Y sí, eso dijo.
Lo dijo con la naturalidad de quien cree estar aplicando un criterio impecable. No veía crueldad en ello, o no le importaba verla. Veía lógica. Veía aprovechamiento del tiempo. Veía incluso una lección. Si en esta vida había que chingarse, aquélla era una ocasión perfecta para entenderlo sin adornos. Y si para enseñarlo hacía falta que alguien encarnara esa dureza, bien podía ser él. Alfonso no sólo aceptaba que la vida fuera ingrata: a veces parecía dispuesto a representarla. A convertirse, si era necesario, en el instrumento de ese karma. En el chingador.
Porque para él todo lo demás pesaba menos. La idea de los amigos, de salir a verlos, de disfrutar la tarde de Nochebuena, de sentir la ligereza propia de esas horas antes de la cena, le parecía una frivolidad. Una de esas blanduras juveniles que convenía sacarles de la cabeza antes de que se volvieran costumbre. No creía que un hijo se formara cediendo a sus ganas, sino contrariándolas. Aquella tarde, precisamente por ser especial, le parecía una buena ocasión para dejar la lección bien clavada.
La noticia cayó sobre ellos con una mezcla de resignación y rabia muda.
No eran ya niños pequeños, pero tampoco hombres hechos. Estaban en esa edad en que una tarde pesa mucho, en que unas horas pueden parecer decisivas, en que el deseo de salir, de ver a alguien, de no llegar tarde a la propia juventud tiene una intensidad que los adultos tienden a olvidar o a despreciar. Y sin embargo allí siguieron, atrapados entre máquinas, piezas, indicaciones y el olor de siempre, mientras afuera la ciudad empezaba a recogerse para la fiesta.
Aquella tarde debió de parecerles interminable.
No porque el trabajo fuera especialmente distinto del de cualquier otro día, sino porque el contraste lo volvía más amargo. Cada minuto dentro del taller tenía el peso de lo que estaban perdiendo fuera. No pedían una rebelión ni una fuga. Pedían algo mucho más sencillo: salir antes. Tener un poco de aire. Llegar a casa con tiempo. Cambiarse. Ver a los amigos. Sentir que también ellos pertenecían a la fecha. Pero Alfonso no estaba hecho para pensar así. O no quería hacerlo. En su cabeza, ceder habría sido formar mal a sus hijos. Habría sido educarlos en una indulgencia que la vida, según él, no iba a tener con ellos.
Y ahí estaba otra vez su vieja consigna, aunque no hiciera falta repetirla en voz alta:
En esta vida hay que chingarse.
Y ellos aprendieron. Aprendieron disciplina, resistencia, capacidad de aguante. Aprendieron a cumplir. Pero aprendieron también otra cosa: que el padre podía convertirse en obstáculo, en prueba, en adversario pedagógico. Aprendieron a medirlo, a esquivarlo, a callarse frente a él y a no esperar demasiado de su comprensión.
No era sólo una fábrica donde trabajaban un padre y sus hijos. Era una forma de vida en la que trabajo, autoridad, afecto y disciplina se mezclaban hasta hacerse inseparables. Alfonso no dejaba de ser padre cuando daba órdenes. No dejaba de ser jefe cuando se sentaba a la mesa. Los hijos no dejaban de ser hijos cuando estaban junto a una máquina, ni dejaban de ser mano de obra cuando llegaban a casa con el cansancio todavía pegado al cuerpo. Todo se contaminaba de todo.
Conchita veía todo eso con una claridad impotente. Sabía que Alfonso estaba convencido de estar formando hombres. Y en alguna medida lo estaba haciendo. Pero también sabía que había en él una dureza excesiva, una inclinación casi fatal a representar ante sus hijos el papel del mundo hostil, como si le correspondiera personificar por adelantado las injusticias, las exigencias y las frustraciones que algún día iban a encontrar fuera. Tal vez creía protegerlos así. Tal vez creía ahorrarles desengaños futuros. Tal vez simplemente no sabía educar de otra manera.
Lo cierto es que, en esos años, alrededor de la maquila, de la reducción del taller y de la incorporación de esos tres hijos al trabajo, se fueron fijando varias de las dinámicas más hondas de la familia: la obediencia mezclada con el resentimiento, la admiración mezclada con el cansancio, la disciplina mezclada con el miedo, el orgullo de pertenecer a algo propio mezclado con la sensación de estar pagando demasiado por ello.
Y, sin embargo, sería injusto decir que no dejó nada valioso.
Dejó, aunque fuera por caminos duros, una marca de seriedad frente al trabajo, una capacidad de aguante, una resistencia poco común a la frustración y una idea muy concreta de que las cosas importantes no se construyen solas. Lo que Alfonso no supo ver a tiempo fue el costo afectivo de esa formación. No comprendió que un hijo puede aprender mucho de su padre y al mismo tiempo apartarse de él por la manera en que se lo enseñó.
Para Manuel y Miguel quedó claro que sus decisiones de futuro no pasaban por la fábrica.
Así avanzaron aquellos años. No en grandes escenas heroicas, sino en la repetición obstinada de jornadas, encargos, discusiones, silencios, rutinas y pequeñas heridas. Los tres hijos fueron entrando a la vida adulta no por una puerta limpia y gradual, sino por el costado áspero del trabajo impuesto. Y Alfonso, sin proponérselo del todo, o quizá sí, fue moldeándolos a fuerza de exigencia, convencido de que sólo así podrían sobrevivir a la dureza de la vida.
Tal vez no se equivocaba del todo. Pero tampoco tenía del todo razón.









Gracias Benjamín,Chindago Alfonso
Veremos cómo se desarrolla el siguiente capítulo, se suele recoger lo que sembramos
Sembremos Respeto Confianza Confianza y Mucho AMOR.
Os deseo un feliz domingo, gracias por éste agradable ratito leyendo el capítulo, a la espera del resultado del siguiente.
Un abrazo y unos cariñosos besos a Pao.
Nos vemos pronto