Benjamín llevaba nueve años, dos meses y —si contaba también los días, que sí los contaba— tres días viviendo al pie de la sierra de Codés, en un pueblo tan pequeño que el panadero sabía qué pan le tocaba antes de que él lo pidiera.
Se había acostumbrado a casi todo, y no por resignación: por gusto verdadero. Le gustaba el chuletón de buey de los domingos, casi crudo por dentro y cubierto de sal gorda; las pochas tiernas de finales de verano; incluso el calderete de cordero de las fiestas, preparado durante horas hasta que la carne se desprendía sola del hueso.
Benjamín comía bien en Navarra. Eso nunca lo había puesto en duda.
Pero había un hambre distinta.
Con los años había tenido que reconocer algo que al principio le produjo cierta culpa: de México, lo que verdaderamente extrañaba era la comida.
No las calles. No el tráfico. No aquella ciudad interminable que durante décadas había considerado el centro natural del universo. De casi todo eso había resultado bastante más fácil prescindir de lo que habría imaginado.
De la comida, no.
Extrañaba el pozole rojo con su montaña de lechuga, rábano, orégano y limón; las enchiladas verdes del mercado de San Ángel; el mole, el pipián, las tortillas azules, aquel cerdo en verdolagas de la fonda Margarita, en la colonia Del Valle, que había comido muchas veces, muchos años atrás, y que recordaba con una precisión sospechosa.
Pero, por encima de toda la genialidad de la cocina mexicana, extrañaba el taco al pastor.
Cuando pensaba en México no veía necesariamente el Zócalo ni Reforma. Veía un trompo girando frente al fuego.
Había algo casi humillante en admitir que, después de tantos años su vínculo más obstinado con el país pudiera caber dentro de una tortilla.
No incluía a las personas en aquella contabilidad. Quizá prefería no enfrentarse a eso. Se podía extrañar a un hermano o a un amigo sin extrañar necesariamente el lugar donde vivían. Eso era otra cosa.
La comida no.
Había llegado además a una conclusión que no compartía demasiado: comer bien se parecía mucho a la felicidad.
No a esa felicidad permanente que probablemente no existe, sino a otra mucho más modesta: un puñado de instantes breves que uno casi siempre reconoce cuando ya han pasado.
Un taco no era la felicidad, pero se daba bastante maña para imitarla.
No le cabía la menor duda: el segundo exacto en que uno lo mordía, con la salsa correcta, el hambre correcta y la compañía correcta, se le parecía bastante.
Por eso llevaba meses planeando el viaje.
No un viaje.
Una peregrinación.
Había estudiado horarios, escalas y rutas durante meses y había imaginado cientos de veces el momento de salir del aeropuerto, subirse a un taxi y emprender el último tramo hasta Las Águilas, su amada colonia, donde había vivido durante tantos años.
Allí no tendría que buscar.
Sabía perfectamente dónde estaban las taquerías.
Cuatro o cinco, por lo menos, de esas que había conocido toda la vida y en las que no era necesario consultar reseñas ni preguntar qué se debía pedir.
No tenía que llegar a la mejor.
Tenía que llegar a la primera.
—Vas a llorar —le dijo Paola antes de salir.
—Voy a llorar —respondió—. Y me vale madre quién me vea.
—Nada más no te vayas a enfermar.
Benjamín la miró con el desprecio que merecen ciertas profecías.
No durmió durante las once horas de vuelo.
Cuando el avión tocó tierra sintió que algo se acomodaba dentro de él.
Pasó migración con una impaciencia que le pareció injustificable incluso a él mismo, recuperó la maleta y atravesó el aeropuerto casi sin detenerse.
Afuera abordó un taxi.
—A Las Águilas.
El taxista guardó la maleta y arrancó.
Benjamín miró la hora.
Después miró el tráfico.
Después volvió a mirar la hora.
—Oiga —dijo inclinándose un poco hacia adelante—. Si consigue llevarme a velocidad supersónica, le doy una buena propina.
El taxista lo miró por el retrovisor.
—¿Tiene prisa?
—Mucha.
—¿Herencia?
—Tacos.
El hombre tardó un segundo en entender.
—¿Tacos?
—Al pastor. Llevo casi diez años esperando.
El taxista sonrió.
—Ah, bueno. Eso sí es una emergencia.
Benjamín se acomodó en el asiento.
Su alma no aguantaba más.
Había llegado a México. Ya podía ver la ciudad por la ventanilla, reconocer nombres, calles, salidas, edificios. Pero aquello todavía no estaba completo.
Necesitaba varios tacos al pastor.
Y una Coca-Cola bien fría.
No vino.
No cerveza artesanal.
No uno de esos refrescos europeos servidos en un vaso elegante con demasiado hielo y una rajita de limón.
Una Coca-Cola.
Helada.
En botella grande de vidrio, ligeramente verdosa, con gotas de agua resbalando por fuera.
Sabor México.
Había cosas que no admitían sustituciones.
A medida que se acercaban a Las Águilas empezó a reconocer el territorio con una naturalidad que le sorprendió. Algunas cosas habían cambiado, otras no. Había negocios nuevos donde antes estaban los viejos y edificios que no recordaba, pero el recorrido seguía instalado en alguna parte de su cuerpo.
Al entrar en la colonia se incorporó en el asiento.
—La primera taquería que encontremos.
—¿Cualquiera?
—La primera.
No tardaron mucho.
Vio las luces, las mesas y, detrás del mostrador, el resplandor rojizo del trompo.
—Ahí.
El taxista frenó.
Benjamín pagó, añadió la propina prometida y bajó con la maleta.
Ni siquiera la llevó primero a casa.
Entró directamente a la taquería.
Reconocía el lugar. Había comido ahí muchas veces años atrás. No sabía si seguían siendo los mismos dueños ni si el pastor conservaría exactamente el mismo sabor.
No importaba.
El trompo estaba ahí.
—Buenas noches, don. ¿Cuántos le sirvo?
—Cuatro al pastor, con todo —pidió—. Y una Coca-Cola bien fría.
Hizo una pausa.
—Y no me escatime la piña, por favor. Se lo suplico.
El taquero lo miró con curiosidad y sonrió. Aquella urgencia no necesitaba demasiadas explicaciones.
Destapó la Coca-Cola y se la puso enfrente.
Benjamín tomó un trago largo.
El frío, el gas y aquel dulzor familiar le recorrieron la boca.
Cerró los ojos un segundo.
Ahora sí.
Detrás del taquero giraba el trompo.
Benjamín se quedó observándolo.
Sabía perfectamente cómo había llegado hasta ahí.
La noche anterior alguien había cortado la pierna de cerdo en filetes muy delgados y preparado el adobo: chiles guajillo y ancho, ligeramente tostados y después remojados, achiote, vinagre, ajo, comino, clavo, sal y, dependiendo de la religión particular de cada taquero, jugo de piña.
Porque también en aquello había herejes.
Unos sostenían que la piña jamás debía entrar en el adobo porque ablandaba demasiado la carne. Otros juraban que precisamente ahí estaba el secreto. Unos usaban vinagre blanco, otros de manzana. Algunos añadían orégano o pimienta.
Benjamín había escuchado incontables discusiones sobre el pastor con una gravedad que rara vez se concedía a asuntos de Estado.
Nunca había preparado uno.
Pero conocía la receta.
Cada filete se cubría con aquella pasta roja y espesa y permanecía horas absorbiéndola. Después venía la construcción: una lámina sobre otra alrededor de la varilla, apretadas hasta formar el cono.
Y arriba, la piña.
Siempre la piña.
El fuego hacía el resto.
La grasa bajaba entre las capas, el exterior se doraba y los bordes comenzaban a oscurecerse. El taquero sabía esperar hasta el punto preciso en que la carne estaba tostada por fuera pero seguía jugosa por dentro.
Entonces entraba el cuchillo.
Benjamín observó al muchacho sostener las tortillas en una mano, a la altura de la cintura, separadas casi medio metro del cuerpo.
No las miraba.
Con la otra mano hacía descender el cuchillo por el trompo.
Las pequeñas tiras de carne salían despedidas y caían sobre las tortillas.
Una.
Otra.
Otra.
El taquero no comprobaba dónde habían caído.
No hacía falta.
Después levantó el cuchillo hasta la piña que coronaba el trompo.
Benjamín esperaba aquello.
Sin voltear a ver el taco, cortó un pedazo generoso y con un movimiento seco de la muñeca lo hizo volar.
La piña recorrió aquellos ochenta centímetros y cayó exactamente en el centro de la tortilla que el hombre sostenía junto a la cintura.
La cachó sin mirarla.
Ni siquiera bajó los ojos después.
Sabía dónde había caído.
Benjamín sonrió.
Siempre había pensado que aquello era innecesariamente hermoso.
No hacía que el taco supiera mejor. El taquero podría haber cortado la piña sobre una tabla y colocarla encima con la mano.
Pero no habría sido lo mismo.
Había algo extraordinario en aquella destreza que nadie consideraba extraordinaria: cortar la carne, hacer volar la piña, recibirla exactamente en el centro y continuar trabajando sin concederle importancia.
Quizá ciertas cosas solo empiezan a parecernos extraordinarias después de haber vivido mucho tiempo lejos.
La tortilla había pasado apenas unos segundos por el comal.
Encima iban la carne, la cebolla blanca, el cilantro y la piña.
Después la salsa.
Benjamín siempre había preferido la roja, la de chile de árbol, esa que primero sabía y un instante después quemaba.
Unas gotas de limón.
Nada más.
Eso era un taco al pastor.
Y aquello, comprendió mientras veía preparar los suyos, era exactamente lo que había extrañado durante casi diez años.
El primer taco fue perfecto.
Le dio otro trago a la Coca-Cola.
El segundo fue todavía mejor.
Benjamín cerró los ojos y pensó que después de nueve años, dos meses y tres días había recuperado algo.
El tercero fue el que lo delató.
Empezó con un calor sospechoso en el estómago.
Decidió ignorarlo.
Había cruzado un océano.
A la mitad del cuarto taco dejó de masticar.
Su cuerpo acababa de emitir un mensaje inequívoco.
Soltó lentamente el taco sobre el plato.
—¿Todo bien, don? —preguntó el taquero.
—Perfecto.
Era mentira.
Nueve años de pochas, pan, vino, chuletas y un consumo de picante que cualquier mexicano habría considerado simbólico habían hecho su trabajo.
Su estómago ya no reconocía aquello como comida propia.
El pensamiento le pareció ofensivo.
No era posible que su nacionalidad estuviera siendo cuestionada desde el intestino.
Pasó las siguientes dos horas en casa, pálido, contemplando desde una distancia prudente cualquier posibilidad de volver a comer.
Escribió a Paola:
«Llegué bien. Los tacos me ganaron. Te cuento después.»
La respuesta llegó inmediatamente.
«Te lo dije. Toma sal de uvas.»
Apagó el teléfono.
Había momentos en que un matrimonio podía prescindir perfectamente de la comunicación.
Durante las tres semanas siguientes siguió comiendo, aunque con una prudencia que antes le habría parecido indigna.
Pozole, mole, enchiladas, pipián.
Volvió a la fonda Margarita por aquel cerdo en verdolagas que llevaba tantos años recordando.
No era el mismo.
No podía serlo.
En aquel plato antiguo había una tarde, una edad, una compañía. Pretender recuperarlo ordenando otro era exigirle demasiado a un guiso.
En cambio probó un pipián que sabía exactamente como lo recordaba.
Eso, descubrió, también podía doler.
Volvió cuatro veces a los tacos al pastor.
Con Pepto-Bismol cerca.
La última noche bebió tequila con Poncho.
Su hermano sacó una botella de añejo que tenía guardada y sirvió dos vasos.
Sin sal.
Sin limón.
Empezaron hablando de la familia, de sus padres, de amigos, de quienes habían muerto y de otros que parecían empeñados en no cambiar nunca.
Después Poncho preguntó:
—¿Y cómo está el pueblo?
No necesitaba decir cuál.
Conocía perfectamente Espronceda. Había estado muchas veces, conocía la casa, el bar, la sierra y a buena parte de la gente.
Benjamín empezó a contarle.
Quién seguía igual.
Quién había envejecido.
Quién estaba enfermo.
Quién había muerto.
Las casas que se cerraban en invierno y volvían a llenarse durante el verano.
Las comidas, las fiestas, las sobremesas.
Poncho iba preguntando por personas concretas y Benjamín contestaba.
—Te sabes la vida de todo el pueblo —dijo su hermano.
—Son cien. Tampoco tiene tanto mérito.
Se rieron.
Después Poncho le preguntó qué extrañaba de México.
Benjamín levantó el vaso.
—La comida.
—No mames.
—En serio.
—Nueve años fuera y extrañas los tacos.
—Principalmente.
—Qué poca madre.
—A ti también te extraño, cabrón. Pero tú no eres México.
Volvieron a reírse.
Después Poncho preguntó si algún día regresaría a vivir.
Esta vez Benjamín no dudó.
—No.
La respuesta salió con tanta facilidad que incluso lo sorprendió.
Los primeros años no habría podido decirlo. Entonces España todavía era una experiencia, Navarra una etapa y Espronceda el lugar donde estaban viviendo por ahora.
Por ahora.
Habían pasado nueve años.
—Te gusta mucho ese pueblo —dijo Poncho.
—Sí.
Benjamín bebió un poco de tequila.
Nueve años.
Dentro de aquellas dos palabras cabían inviernos, veranos, amigos, muertos, proyectos, fiestas, comidas, mañanas de niebla y noches tan silenciosas que uno escuchaba sus propios pasos al volver a casa.
Y sabía también que buena parte de aquella felicidad estaba inseparablemente unida a Paola, al amor entre los dos y a esa improbable vida veinticuatro siete que habían construido juntos.
No necesitaba mucho más para entenderlo.
Espronceda era su hogar.
No sabía cuándo había sucedido.
Quizá los hogares se construían precisamente así: sin ceremonia, un día detrás de otro, hasta que uno descubre que ya no vive simplemente en un lugar sino que pertenece a él.
Poncho lo miró.
—Estás feliz allá.
No fue una pregunta.
Benjamín pensó unos segundos.
Había tenido épocas felices antes. Había viajado, amado, tenido amigos y proyectos, días memorables y años buenos.
Pero no recordaba otro periodo tan largo en el que hubiera sentido con tanta frecuencia que estaba exactamente donde quería estar.
—Sí —dijo—. Mucho.
Y mientras lo decía comprendió que en Espronceda había pasado probablemente los años más felices de su vida.
La conclusión tenía algo de absurdo.
Una ciudad de millones de habitantes frente a un pueblo de poco más de cien.
Restaurantes, teatros, tiendas abiertas a cualquier hora frente a un lugar con un solo bar.
Y ni un taco al pastor.
Aquello era, sin duda, una deficiencia importante.
Probablemente la principal.
Poncho sirvió lo último del tequila.
—Ya hasta te enfermó el chile —dijo.
—Fue un accidente.
—Claro.
Afuera seguía sonando México.
Coches, un claxon, un perro, una televisión demasiado fuerte.
Benjamín pensó en Espronceda.
En su calle.
En su casa.
En Paola.
En la sierra.
Al día siguiente tomaría el avión. Después Madrid, la carretera hacia Navarra, Logroño, Torres del Río y finalmente la subida.
Conocía perfectamente el momento en que la sierra de Codés aparecería al fondo.
Después vendrían las curvas.
Y Espronceda.
La misma carretera por la que había llegado nueve años antes pensando que comenzaba una etapa de su vida.
Sonrió.
Qué poco sabía entonces.
México seguía siendo el lugar donde había nacido, donde había crecido, donde estaban Poncho y tantas personas a las que quería.
Y, por supuesto, el lugar del taco al pastor.
Pero su hogar estaba al otro lado del océano.
Resultaba extraño que el lugar donde había sido más feliz no tuviera una sola taquería.
Nadie podía tenerlo todo.
Al día siguiente empezaría el regreso a casa.








