Capítulo 35
Certeza de su sino, la guerra inevitable
La mañana en San Felipe amaneció más seca que las anteriores.
No era sólo una cuestión del aire. Había cambiado la luz. Había cambiado el color del camino. Había cambiado incluso la manera en que el reino se dejaba mirar. Atrás quedaban los llanos más agradecidos del Bajío, donde la fertilidad todavía parecía una forma natural del orden. Delante se abría otra respiración: más piedra, más polvo, más viento suelto entre lomeríos bajos, más trechos en que la tierra no invitaba a confiar, sino a resistir.
Costilla salió temprano al patio del mesón. No había dormido mal, pero tampoco bien. Desde Dolores venía durmiendo como duermen los hombres que consiguen cerrar los ojos sin conseguir callar la cabeza. Lo que Miguel Hidalgo había dicho —y, sobre todo, lo que había dejado suspendido entre frase y frase— seguía dándole vueltas con una claridad incómoda. No llevaba pruebas en el sentido en que las querrían ciertos oídos. No llevaba nombres, ni planes, ni juramentos. Llevaba algo más difícil de refutar y más difícil también de exponer: una medida del tiempo.
Querétaro le había dado recelo. Valladolid había dado señal. Dolores, en voz de Miguel, le había dado proporción.
Y esa proporción empezaba a parecerle ya demasiado grave para seguir regalándole jornadas al camino.
Martín apareció poco después. Se lavó la cara con agua fría, se ajustó el cinturón y miró de reojo a Costilla, que estaba junto a los caballos con una concentración más severa de lo habitual.
—Hoy amaneciste antes que el sol —dijo.
—Hoy conviene ganarle unas horas al camino.
Martín se acercó despacio.
—Desde Dolores todo te conviene más deprisa.
Costilla no respondió al momento. Revisó una cincha, alisó con la palma un pliegue del cuero y sólo entonces dijo:
—Hay ocasiones en que demorarse empieza a parecer un lujo.
No añadió nada más. Montaron.
Durante las primeras horas hablaron poco. El camino tendía hacia Ojuelos con una sobriedad casi mineral. A un lado y a otro se abrían manchones de mezquite, lomas discretas, potreros secos, alguna hacienda distante y recia, construida más para durar que para agradar. De vez en cuando se cruzaban con arrieros, con alguna recua, con carreteros solitarios, con hombres que saludaban sin detenerse y seguían adelante con el cuerpo ya entregado a su propia prisa.
Martín llevaba varios días sintiendo que algo se le iba cerrando por dentro. En Querétaro había sido una sospecha. En Dolores, una inquietud más clara. Desde la conversación de Hidalgo con Costilla, la sensación se había vuelto otra cosa: una certeza todavía sin forma entera, pero ya demasiado viva como para negarla. Había cruzado el mar para dejar atrás un mundo, y empezaba a temer que el mundo hubiera cruzado con él.
Fue cerca del mediodía, cuando se detuvieron bajo una sombra mezquina para dar agua a los caballos, que decidió hablar.
No lo hizo de golpe. Primero dejó que el silencio se asentara entre ambos. Luego dijo, sin mirar a Costilla:
—Desde Dolores vienes cabalgando como hombre que ya no viaja, sino que regresa.
Costilla, que estaba cerrando la cantimplora, alzó apenas la vista.
—A veces es lo mismo.
Martín tardó un poco en responder.
—No para ti.
El sacerdote esperó.
—Para ti ya no es camino —continuó Martín—. Es prisa.
Costilla dejó la cantimplora sobre la tierra.
—Puede ser.
Martín soltó una risa breve, sin alegría.
—Contigo siempre puede ser. Nunca es.
—Hay cosas que conviene pensar antes de nombrarlas.
—Y otras que, por no nombrarse a tiempo, acaban viniéndose encima.
Esa vez Costilla no eludió la frase. Lo miró con más atención.
Martín tenía el rostro cansado. No era sólo fatiga de caballo ni de mal sueño. Era algo más hondo, más viejo, como si viniera peleando desde hacía varias jornadas contra una conclusión que no deseaba aceptar.
—Habla claro —dijo Costilla.
Martín se pasó una mano por la cara.
—Eso intento.
Guardó unos segundos de silencio. Luego habló con la vista clavada en el polvo.
—Yo dejé España para no volver a oler eso.
Costilla no dijo nada.
—No hablo del humo —continuó Martín—. Ni del campo después de una carga. Ni de la sangre, que al final uno aprende a reconocer casi como reconoce el hierro o el cuero mojado. Hablo de otra cosa. Del momento en que un país empieza a hablar distinto. Cuando los hombres todavía comen, todavía trabajan, todavía rezan, todavía hacen sus cuentas… pero algo en la voz ya cambió. El aire se adelgaza. La paciencia se pudre. Todos siguen viviendo como si nada, pero en el fondo ya están esperando un golpe. Yo dejé España para no volver a vivir dentro de esa espera.
Costilla apoyó los brazos sobre las rodillas, sin interrumpirlo.
—En Querétaro lo sentí. En Dolores lo oí. Y desde entonces no me lo quito de encima.
Alzó por fin los ojos.
—Traigo conmigo mi traje de capitán de dragones.
Costilla asintió una sola vez.
—Lo supuse.
—Lo traje doblado —dijo Martín—. Como se guarda una cosa de otra vida. No como esperanza. Menos aún como ambición. Lo traje porque hay objetos que uno no deja atrás sin dejarse algo de sí mismo en el intento. Pero desde hace días no dejo de pensar en él. En la tela. En los botones. En el peso de las botas. En lo que un uniforme le exige al cuerpo cuando vuelve a tocarlo. Y empiezo a temer que no crucé el mar para empezar de nuevo, sino apenas para tardar un poco más en volver a ponérmelo.
Costilla bajó la vista un instante.
Martín siguió hablando, ahora con menos aspereza y más desnudez.
—Eso me da miedo.
El sacerdote lo dejó decirlo.
—No miedo a morir, que sería hasta limpio. Miedo a otra cosa. A volverme otra vez ese hombre. A endurecerme. A sentir que toda prudencia fue inútil. A descubrir que uno puede cambiar de reino, de lengua, de horizonte, y aun así no escapar de su sino.
El viento levantó un poco de polvo. Los caballos resoplaron, impacientes.
—Cabañas me habló de un país en paz —dijo Martín al cabo—. No de un paraíso. De un país en paz. Y ahora empiezo a sentir que o me habló de un país que ya no existía, o yo llegué demasiado tarde a él.
Costilla respiró hondo antes de responder.
—Un obispo no miente como miente un mercader.
Martín lo miró sin suavizarse.
—Eso no me consuela.
—No quise consolarte. Quise ser preciso. Un mercader vende lo que no tiene. Un obispo, a veces, nombra el mundo que todavía cree posible sostener. No siempre son la misma cosa.
Martín guardó silencio.
—Cabañas te habló —continuó Costilla— del reino que deseaba preservar. Quizá también del reino que alcanzaba a ver desde su responsabilidad. Pero la paz de un país no siempre coincide con la paz que sus hombres de gobierno todavía imaginan para él. A veces la fractura empieza abajo, en otra parte, y sube cuando ya nadie puede desmentirla.
Martín volvió la cara.
—Entonces no estaba equivocado.
Costilla tardó apenas un instante.
—No.
Esa respuesta, tan limpia, lo golpeó más que cualquier rodeo.
—Yo no vine aquí a buscar gloria —dijo Martín—. Ni un mando, ni una segunda campaña, ni la ocasión de ser útil a nadie. Vine buscando un lugar donde la vida no tuviera que vivirse con el oído vuelto hacia la guerra. Y ahora miro el camino, oigo lo que dicen los hombres cuando creen que hablan de otra cosa, y siento que he vuelto a entrar en el mismo tiempo. Que la guerra, antes de mostrarse, ya ha empezado.
Costilla alzó la vista hacia el horizonte.
—Puede que sí.
Martín se volvió hacia él con una dureza cansada.
—No digas “puede”. Dímelo como hombre.
Costilla recibió la frase sin molestia. Le pareció justa.
—Muy bien —dijo—. Te lo diré como hombre. Creo que la situación es grave. Más grave de lo que yo mismo quería admitir hace unas semanas. Creo que Valladolid no fue una travesura. Creo que Querétaro no murmura por ocio. Creo que Miguel mide bien el tiempo que respira. Y creo que, si no nos apresuramos, Guadalajara recibirá los hechos antes que las advertencias.
Martín cerró los ojos un instante.
—Entonces viene.
—Entonces temo que viene.
—Eso, para mí, ya es lo mismo.
Costilla negó despacio.
—No. Para un hombre asustado, sí. Para un hombre que todavía debe actuar con juicio, no. El temor no equivale a la certeza. Pero sí obliga.
Martín dejó caer la vista sobre sus manos.
—Me siento traicionado.
—Lo sé.
—No sólo por el obispo. También por mí mismo. Porque una parte de mí quiso creer. Quiso pensar que bastaba con marcharse. Que uno podía dejar atrás una guerra del mismo modo en que deja atrás una ciudad.
Costilla guardó silencio.
—Y ahora empiezo a entender que no —dijo Martín—. Que la guerra no siempre se deja atrás. A veces sólo cambia de paisaje y espera un poco.
El sacerdote lo miró con una gravedad ya sin defensa.
—Eso también puede ser verdad.
—Lo que más coraje me da —siguió Martín— no es el miedo. Es haber dejado mi casa, mi patria, mi vida anterior, y sentir que quizá no sirvió de nada.
Costilla respondió con voz baja:
—No digas eso todavía.
—¿Por qué no?
—Porque todavía no sabes para qué sirvió.
—¿Y tú sí?
—Sé al menos una cosa —dijo Costilla—: huir de una guerra no siempre es cobardía. A veces es inteligencia. A veces es hambre de vida. A veces es la única forma de no pudrirse con lo que lo rodea a uno. Lo que haría cobarde a un hombre no sería haber huido antes, sino negarse a ver lo que tiene delante cuando ya no queda escapatoria limpia.
Martín lo miró con atención nueva.
Costilla siguió:
—Y eso es lo difícil. No la guerra. No el uniforme. No el peligro. Lo difícil es advertir el momento en que la prudencia deja de ser virtud y se convierte en pretexto.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Martín habló casi en un murmullo.
—¿Tú crees que ya estamos ahí?
Costilla no contestó enseguida.
—Creo que estamos acercándonos.
—Y cuando lleguemos, ¿qué?
El sacerdote apoyó una mano en la silla.
—Entonces tendrás que decidir qué vale más: la paz que soñaste o la verdad del tiempo que te tocó.
Martín apretó la mandíbula.
—No me dejas mucho.
—No soy yo.
—No. Ya lo sé.
Volvieron a quedarse callados. El viento pasó otra vez, arrastrando un poco de tierra seca entre sus botas.
Fue Martín quien habló al final.
—Si llega, tendré que tomar partido.
Costilla sostuvo su mirada.
—Sí.
—Aunque no quiera.
—Sí.
—Aunque me repugne.
—Sí.
—Aunque sienta que no es mi guerra.
Costilla hizo una pausa. Luego dijo:
—Tal vez no puedas seguir llamándola así.
Martín no respondió.
Costilla añadió, con una serenidad dura:
—Si la guerra llega, no podrás hacer nada por evitarla tú solo. Ni yo tampoco. Lo único que quedará en manos de cada hombre será decidir con qué mentira quiere vivir o con qué verdad quiere cargar.
Martín tardó un momento en asentir.
—Eso es casi peor que el miedo.
—Casi siempre lo es.
Después de un largo silencio, Costilla se puso de pie.
—Debemos llegar a Guadalajara cuanto antes.
Martín alzó la cabeza.
—¿Tan urgente es?
—Sí.
—¿Por Hidalgo?
—Por Hidalgo. Por Querétaro. Por Valladolid. Por el tono del camino. Por la suma de cosas que todavía no forman prueba, pero ya forman juicio.
Martín se levantó despacio.
—Entonces vamos.
Costilla tomó las riendas y, antes de montar, le dijo:
—Y guarda una cosa, Martín.
—¿Cuál?
—No has sido traicionado del todo. Sólo has llegado a tiempo de ver que el mundo que te prometieron ya estaba empezando a perderse.
Martín no contestó. Pero al montar llevaba en el rostro algo distinto: no alivio, desde luego, pero sí una forma más limpia de su desasosiego. Como si el miedo, por fin nombrado, hubiera dejado de atacarlo desde la niebla.
Reanudaron la marcha.
Desde esa conversación, el viaje cambió de tono. No se hicieron más cercanos en el sentido fácil de la palabra; ninguno de los dos era hombre de desbordamientos. Pero sí dejaron de fingir, incluso en silencio, que el camino seguía siendo sólo camino. A partir de ahí, cada jornada fue tomando el espesor de una cuenta atrás.
Atravesaron Ojuelos con un viento pálido y un sol desabrido. La villa tenía la sobriedad de los lugares de paso, donde nadie se demora por gusto y casi todos oyen más de lo que dicen. Costilla habló poco, pero preguntó lo suficiente. Nunca cosas directas. Nunca lo bastante claras para despertar alarma. El precio del maíz. El estado de ciertos caminos. Si había pasado tropa. Si por Valladolid seguían diciendo lo que se había dicho. Si en Querétaro se hablaba todavía. Si en Guadalajara se notaba algo.
Las respuestas no formaban noticia entera. Pero todas dejaban, al irse juntando, la misma impresión: el reino estaba cansado. Y, peor aún, empezaba a saberlo.
Lagos los recibió dos jornadas después con la gravedad de las villas importantes. Allí el tránsito era mayor, los mesones mejores, las caras más despiertas, el comercio más vivo. También los rumores. Costilla lo notó enseguida. Los lugares donde convergen mercancías y noticias suelen enterarse antes que nadie de la enfermedad del cuerpo entero, y Lagos respiraba con esa atención alerta de los sitios que están oyendo algo más de lo que repiten.
No se quedaron mucho. Apenas lo suficiente para dar descanso a los animales, comer caliente y recoger, en conversaciones breves y fragmentarias, otra medida del malestar. No nombres. No pruebas. Pero sí ese tono ya repetido de quienes hablan del orden como si empezaran a no creer del todo en él.
Martín, desde la noche de San Felipe, había dejado de intentar arrancarle a Costilla una verdad completa. Entendía ya que no la obtendría por fuerza. Pero algo se había aflojado en él después de hablar. El miedo seguía ahí, más grande quizá que antes, pero menos confuso. Había dejado de pelear contra su propia sospecha, y eso, de un modo oscuro, lo volvía un poco más entero.
De Lagos en adelante, la tierra fue cambiando otra vez. Más horizonte alto, más viento tendido, más sensación de estar cruzando una región donde el camino no sólo conduce a una ciudad, sino a un desenlace. Las jornadas se sucedieron entre polvo, fatiga y conversaciones mucho más breves, pero ya despojadas del malentendido anterior. A veces hablaban de cosas pequeñas: de caballos, de tierras, de ventas, del ánimo de los animales, de lo que faltaba para Guadalajara. Otras veces callaban durante horas enteras. Y en ese silencio, extraño pero ya no hostil, cada uno iba terminando de comprender al otro.
Costilla entendió mejor el miedo de Martín. No el miedo abstracto a la guerra, sino el miedo de un hombre que siente que la historia le ha perseguido más allá del mar. Martín entendió mejor la reserva de Costilla: no era simple temperamento ni costumbre clerical. Era la disciplina dura de quien ha aprendido que a veces decir demasiado pronto una verdad incompleta puede dañar más que el silencio.
Al quinto día, ya caída la tarde, comenzaron a divisar las primeras señales del entorno de Guadalajara.
No era todavía la ciudad, pero sí su órbita. Más movimiento en el camino. Más carros. Más recuas. Más haciendas de mejor traza. Más sensación de proximidad a un centro donde las noticias se condensan, se deforman o se vuelven mandato. Martín sintió primero alivio. Después una inquietud más fina. Guadalajara significaba llegada, sí. Pero también el fin de la suspensión. Una vez allí, lo escuchado en el camino dejaría de ser conversación flotante y pediría forma, decisión y consecuencia.
Costilla detuvo un momento el caballo en una altura discreta desde donde se alcanzaba a ver, a lo lejos, la extensión todavía borrosa de la ciudad bajo la última luz.
Se quedó mirando un instante más de lo necesario.
Martín lo observó de perfil. El sacerdote no parecía cansado, aunque lo estaba. Parecía más bien recogido por una gravedad nueva, como si en las últimas jornadas hubiera terminado de admitir, para sí mismo, algo que llevaba días resistiéndose a formular.
—Ya estamos —dijo Martín.
Costilla siguió mirando al frente.
—No. Apenas vamos a entrar en la parte que importa.
—¿Vas a buscar al obispo esta misma noche?
—Si me recibe, sí.
—¿Y si no?
—Haré que me reciba mañana antes de prima.
Martín asintió. Luego, sin apartar la vista de la ciudad, preguntó:
—Después de todo lo que has oído, ¿todavía crees que exagero?
Costilla tardó un momento en responder.
—No.
Martín volvió lentamente la cabeza.
—Entonces sí viene.
El sacerdote cerró un instante los ojos, como si la frase tocara por fin el punto al que había intentado no llegar demasiado pronto.
—Entonces temo que viene —dijo—. Y temo, además, que llegue antes de lo que muchos hombres inteligentes querrían creer.
El silencio que siguió tuvo algo casi físico.
Martín apretó un poco las riendas.
—No sé si eso me alivia o me hunde más.
—A veces son casi la misma cosa.
La luz se iba retirando de los campos y comenzaba a afirmarse en las zonas altas de la ciudad. Guadalajara, todavía lejana, tenía esa dignidad engañosa de los grandes asentamientos: parecía firme, inmóvil, ajena al temblor de los caminos que la alimentaban. Pero Costilla sabía ya que ninguna ciudad es ajena por mucho tiempo a lo que se prepara en sus alrededores.
Miró una vez más hacia el poniente y dijo:
—Vamos. Lo que había que escuchar, ya lo hemos escuchado. Ahora toca decirlo.
Y reanudaron la marcha hacia las puertas de Guadalajara, con la sensación —oscura ya, innegable ya— de que detrás de ellos no venía sólo el polvo del camino, sino un reino entero acercándose, paso a paso, a la hora en que cada hombre tendría que decidir qué haría con su miedo, con su lealtad y con su conciencia.









Gracias Beny, Costilla y Martín van conociéndose mientras llegan a Guadalajara.
El camino tiene su aventura y sus dilemas que poco a poco nos seguiras desgranando en sucesivos capítulos.
Espero que tuvierais un buen lunes de Pascua.
Abrazo fuerte y besos ya Pao.