Capítulo 33
Rodeo necesario y leña seca
Costilla era un hombre discreto, pero no mentía con facilidad.
O, mejor dicho, no mentía como mienten otros hombres. No solía inventar hechos ni decir lo contrario de lo que pensaba. Su forma de ocultar era más sobria: callar una parte, dejar otra en penumbra, decir lo necesario y reservarse lo demás. En eso había prudencia sacerdotal, pero también inteligencia. Sabía que la verdad completa no siempre era asunto del primer momento.
Por eso, cuando ya en Celaya dejó ver que el resto del camino lo harían solos y a caballo, no dijo nada falso.
Dijo que avanzarían con más libertad. Que dos hombres montados podían detenerse donde quisieran, torcer el rumbo sin dar explicaciones y cubrir más terreno del que cubrirían pegados a una diligencia o a una recua ajena. Dijo también que el trayecto pedía otra atención del cuerpo y del camino, y que el Bajío, visto desde la altura de un caballo, se entendía mejor.
Todo eso era cierto.
Pero la razón completa era otra.
Costilla no había insistido en seguir de ese modo solo por comodidad ni por prisa. Le pesaba lo oído en Querétaro. Más aún, la cercanía reciente de Valladolid, que ya no sonaba a rumor de salón, sino a señal de que algo había empezado a moverse debajo del orden aparente del reino. Y, sobre todo, llevaba consigo un encargo que no terminaba en Martín. El obispo Cabañas no lo había escogido solo para conducir a un joven desde Veracruz, sino porque sabía en él una cualidad más rara: la capacidad de mirar, escuchar y volver con noticias frescas sin hacer ruido. Costilla entendía bien esa segunda tarea. Y por eso, antes de encaminarse definitivamente hacia Guadalajara, había decidido desviarse a Dolores.
Allí vivía Miguel Hidalgo.
No era, como había dicho alguna vez con descuido calculado, un primo lejano. El parentesco era más cercano de lo que dejaba ver: suficiente para merecer reserva y demasiado importante para ir exhibiéndolo por los caminos. Costilla sabía quién era Hidalgo: un sacerdote ilustrado, culto, agudo, emprendedor, bien relacionado, respetado por las comunidades que atendía y atento al pulso real del Bajío. No necesitaba creerlo metido en nada turbio para entender que era un hombre del que podían obtenerse indicios, medidas, temperatura. Y eso era precisamente lo que buscaba: no pruebas, no nombres, no incendios; solo una lectura más fina del tiempo que estaban viviendo, algo que pudiera llevar de vuelta a Cabañas con la prudencia que el momento exigía.
Martín lo advirtió desde el principio, aunque todavía no supiera en qué consistía aquella reserva.
Habían pasado la noche en Celaya y el amanecer los encontró ya despiertos, cuando la ciudad apenas empezaba a desperezarse y en las calles dominaba todavía ese silencio de las horas tempranas que solo interrumpen unos cascos aislados, el rechinar de una puerta, el balido de un animal madrugador y el olor a leña recién encendida. El aire tenía una frescura limpia que no duraría mucho. Sobre los tejados bajos, la primera luz se extendía con lentitud, tocando las bardas de adobe, los campanarios y las fachadas todavía dormidas.
Martín salió al patio del mesón y vio a Costilla junto a los caballos.
El sacerdote revisaba cinchas, correajes y alforjas con una minuciosidad que parecía excesiva incluso en un hombre cuidadoso. No había torpeza en sus manos ni pérdida de tiempo. Había, más bien, una concentración vigilante, como si en aquellos ajustes estuviera ordenando también alguna otra cosa que no quería dejar suelta dentro de sí. El caballo que había elegido para Martín era fuerte, de buen pecho y patas seguras; el suyo, un poco más sobrio, parecía hecho para aguantar sin lucirse. Ninguno llamaba la atención, y eso tampoco era casual.
—Dormiste algo —dijo Costilla sin volver la cabeza.
No era una pregunta.
Martín terminó de apretar el cinturón y se acercó.
—Lo suficiente.
Costilla asintió apenas.
—Con eso basta.
La respuesta podía parecer seca, pero Martín había empezado a reconocer que en el sacerdote había sequedades que no eran dureza, sino costumbre. Costilla hablaba como quien ahorra palabras no por avaricia, sino por disciplina. En los días compartidos, Martín había llegado a entender que en él casi todo tenía una segunda intención: el silencio, la brevedad, la aparente indiferencia con que miraba ciertas cosas. No era hombre de decirlo todo, y quizá por eso cada frase suya parecía guardar detrás otra que no terminaba de salir.
Desayunaron poco. Algo de pan, un trozo de queso, café aguado y una fruta ya pasada. Costilla comía sin lentitud, pero sin desperdiciar un gesto. Después pagó, habló unas pocas palabras con el dueño del mesón y montó sin ceremonia.
Celaya fue quedando atrás con esa naturalidad con que ciertas ciudades se cierran a la espalda del viajero apenas este toma la vereda correcta. A esa hora el campo empezaba ya a revelar su abundancia. El Bajío se abría delante de ellos con una generosidad casi insolente: tierras extendidas, surcos profundos, manchas de labor bien cuidada, huertas, nopaleras, maizales tardíos, algún maguey levantando su perfil inmóvil, caseríos blancos a la distancia, humo de cocina subiendo en líneas rectas antes de que el sol acabara de secar la frescura de la mañana.
Ir a caballo tenía algo de verdad desnuda. El cuerpo iba entregado a la distancia sin más defensa que el equilibrio. Todo se percibía mejor: la tierra húmeda en ciertas hondonadas, el polvo fino cuando el terreno se secaba, el crujido del cuero, el resuello de los animales, las aves desperdigadas sobre la llanura. También el silencio entre dos hombres.
Durante un buen trecho no hablaron.
Costilla parecía mirar sin mirar, atento a todo y a nada al mismo tiempo. Martín lo observaba de reojo. No tenía el aire del sacerdote que viaja solo por obligación eclesiástica, ni el del emisario resignado a cumplir un encargo. Llevaba en la postura una alerta distinta. No nerviosa. Más bien deliberada. Como si en lugar de cruzar el Bajío estuviera leyéndolo.
Fue cerca del primer descanso, cuando el sol empezaba ya a afirmarse sobre los llanos, que Martín se atrevió a preguntar:
—¿Hasta dónde piensas llegar hoy?
Costilla bebió un poco de agua antes de responder.
—Dependerá del paso de los animales.
—¿Y de nosotros?
—De nosotros también —dijo, y por un momento sonrió—, aunque menos.
Martín dejó pasar unos segundos.
—Creí que tomaríamos camino derecho a Guadalajara.
Costilla volvió a tapar la cantimplora con una calma casi excesiva.
—Lo tomaremos.
—No parece respuesta de hombre que piensa ir derecho a ninguna parte.
Costilla levantó los ojos entonces. Tenían ese brillo irónico que a veces asomaba en él y lo volvía, de pronto, más cercano.
—No siempre conviene decirlo todo al amanecer.
Martín comprendió que la frase era una salida y una advertencia. No insistió. Montaron otra vez y siguieron.
El camino hacia Chamacuero transcurrió bajo una luz que fue perdiendo dulzura a medida que avanzaba la mañana. El paisaje mantenía esa aparente serenidad del Bajío bien trabajado, pero Costilla parecía ir volviéndose más callado cuanto más avanzaban. A veces preguntaba algo breve en una venta o junto a una noria: si había pasado tropa, si el precio del maíz había subido, si por San Miguel se hablaba de ciertos asuntos, si los caminos estaban tranquilos. Nadie habría notado nada especial en esas preguntas si no fuera porque nunca parecían del todo casuales.
Martín sí lo notaba.
Y empezó a notar también otra cosa: las respuestas solían venir acompañadas de silencios cortos, miradas al sesgo, frases partidas. No era todavía el lenguaje del miedo, pero sí algo cercano al recelo. Como si la gente hablara con el cuerpo medio vuelto hacia otra parte. Como si todos supieran que en el reino corría una corriente nueva, aunque nadie quisiera meter la mano entera en el agua.
Pasaron por caseríos pequeños, por sembradíos abiertos, por trechos donde el rumor del camino parecía limitarse al golpe parejo de los cascos y a algún carro remoto. En otros puntos había más movimiento: arrieros, campesinos, un caporal con dos peones, mujeres con cántaros, muchachos que miraban a los viajeros con esa curiosidad franca de los pueblos donde aún importa quién pasa. El sol ya pesaba de verdad cuando divisaron, a distancia, las primeras señales de Chamacuero.
Se detuvieron allí solo lo suficiente para dar agua a los caballos, comer algo caliente y dejar que el mediodía aflojara un poco su filo. Sentados bajo una sombra pobre, con un plato humeante entre las manos, fue Costilla quien por fin habló con algo más de claridad.
—No seguiremos hoy la línea de Guadalajara.
Martín alzó la vista.
—Ya me lo imaginaba.
—Haremos un rodeo.
—¿Grande?
—No tanto.
—¿Y a dónde?
Costilla tardó en contestar. Se limpió los dedos en el borde del pañuelo, como si incluso la respuesta necesitara ordenarse antes de ser dicha.
—A Dolores.
Martín repitió el nombre para sí, sin reconocerlo de inmediato. No habría sabido calcular con exactitud el desvío, pero tampoco era un ingenuo. Había oído suficientes nombres de villas, suficientes indicaciones de arrieros y suficientes comentarios de camino como para entender que torcer hacia Dolores no era continuar por la vía más recta a Guadalajara. Iban a perder tiempo. Quizá un día entero, quizá más. Y si Costilla aceptaba ese costo, era porque el motivo valía más que la prisa.
—Tengo un pariente allí —añadió el sacerdote—. Un cura.
Martín esperó algo más. No llegó.
—¿Vamos solo a saludarlo?
—Vamos a verlo.
La sequedad de la frase no dejaba demasiado espacio para otras preguntas, pero Martín ya había aprendido que precisamente ahí, en la manera de no explicar, Costilla dejaba ver más de lo que quería.
—¿Es hombre de confianza? —preguntó al fin.
Costilla lo miró apenas.
—Sí.
—¿Importante?
—Culto —dijo primero—. Y atento a su tiempo.
La respuesta, en vez de cerrar el asunto, lo abrió más.
Martín lo dejó ahí. Comprendía ya que, si empujaba demasiado, obtendría una verdad a medias, y que a veces esa verdad a medias era todo lo que Costilla estaba dispuesto a conceder sin faltar a su propia manera de ser. Decidió dejar la pregunta suspendida y observar. Aquel rodeo no era una visita de conveniencia ni un simple capricho de parentesco. Era otra cosa. Y la discreción misma con que Costilla lo manejaba lo confirmaba.
Salieron de Chamacuero cuando el calor empezaba a ceder.
La tarde los fue llevando hacia San Miguel el Grande entre llanos anchos, polvo suspendido y esa luz del Bajío que no cae de golpe, sino que se extiende sobre las cosas como una revelación lenta. A medida que avanzaban, el paisaje conservaba su fertilidad, pero iba adquiriendo otra nobleza. Más piedra en algunas construcciones, más orden en ciertos cascos de hacienda, más presencia de un mundo criollo que no se dejaba ver del todo y, sin embargo, estaba allí, sosteniendo con dinero, parentesco y costumbre una parte importante de la vida del reino.
Costilla habló poco durante esas horas. Martín, en cambio, fue sintiendo una incomodidad nueva, no exactamente miedo, pero sí algo cercano al presentimiento. Viajaba con un hombre que estaba haciendo algo más que acompañarlo. Y comprendió, con una lucidez que le vino de pronto, que acaso lo había comprendido mal desde el principio. Costilla no era solo un sacerdote encargado de conducirlo. Era también un observador. Un hombre enviado a mirar, a escuchar, a regresar con noticias que quizá no viajarían nunca por el camino oficial de las noticias.
Aquella comprensión no lo ofendió. Lo inquietó.
San Miguel el Grande apareció cuando la tarde empezaba a inclinarse hacia el color dorado. La silueta de la villa, sus torres, sus casas de mejor traza, el movimiento de sus calles, todo hablaba de una población más rica, más viva, más mezclada en intereses y ambiciones que otras por las que habían pasado. No se quedaron demasiado. Un descanso breve, agua para los animales, unas pocas averiguaciones hechas por Costilla con la sobriedad de siempre, y luego otra vez el camino.
Ya entrada la última luz del día, Martín decidió probar una vez más.
—Ese pariente tuyo en Dolores —dijo—. ¿Sabe que vamos?
—No.
—Entonces, ¿qué esperas encontrar?
Costilla siguió atento a la línea del camino unos instantes antes de responder.
—Lo que se pueda escuchar sin que nos lo regalen.
La respuesta bastó.
No dijeron más durante un buen rato. El día se iba deshilando en tonos de cobre y azul, y el viento de la tarde traía el olor de las tierras cansadas de sol. A lo lejos, un campanario devolvió una campanada aislada que se perdió en el campo abierto. Martín sintió, por primera vez con claridad, que se estaban acercando no solo a un pueblo, sino a una conversación necesaria.
Dolores los recibió al final de la jornada, cuando la luz empezaba a retirarse de las bardas y a quedarse un instante más en las partes altas de la iglesia. La villa no parecía grande, pero sí viva. Había movimiento, voces, gente que iba y venía con naturalidad, un aire menos adormecido de lo que Martín había esperado. Costilla conocía el rumbo. No preguntó demasiado. Siguió una calle, torció por otra y detuvo el caballo frente a una casa cural donde todavía había luz y tránsito.
Martín miró al sacerdote mientras desmontaba.
Costilla había pasado el camino entero ocultando la mitad de su motivo. Pero ahora, al verlo afirmar los pies en tierra y alisar apenas la sotana con una mano, comprendió que la visita a Dolores no era una cortesía de parientes.
Era una averiguación.
Y tal vez algo más.
La puerta no estaba cerrada del todo.
No abierta de par en par, como en una casa descuidada, sino entornada con esa naturalidad vigilante de los lugares donde siempre entra y sale alguien. Antes de que Costilla levantara la mano para llamar, un muchacho apareció desde dentro y los miró con curiosidad limpia, sin miedo.
—¿El señor cura está? —preguntó Costilla.
El muchacho asintió.
—Está, sí, pero cenando ya.
—Dile que ha venido un pariente de Guadalajara.
El joven desapareció sin hacer más preguntas. Al fondo se oían voces, el arrastre de una silla, el breve golpear de un plato. Martín desmontó y estiró las piernas con alivio. Sentía el cuerpo cansado del camino, pero la mente extrañamente despierta. Había algo en aquella casa que no se parecía del todo a las otras casas curales que había conocido. No era solemne. No era rígida. Había en ella una circulación viva, una especie de energía doméstica y útil, como si además de rezarse en ella también se pensara, se discutiera y se organizara algo.
No tuvieron que esperar mucho.
Miguel Hidalgo apareció en el zaguán con el paso de quien no se apresura y, sin embargo, tampoco hace esperar a los demás por gusto. Martín lo miró con atención.
No era un hombre de apariencia imponente en el sentido habitual. No se imponía por altura ni por voz, ni por el gesto de los hombres acostumbrados a mandar sin réplica. Lo que imponía en él era otra cosa: una inteligencia alerta en la mirada, una vivacidad que parecía estar siempre un paso por delante de lo que ocurría alrededor y una cordialidad que no anulaba la firmeza. El rostro era el de un sacerdote, sí, aunque no el de uno consumido por la gravedad o la rutina de los sacramentos. Había en él algo más suelto, más despierto, incluso más mundano de lo que Martín habría esperado.
Al ver a Costilla sonrió de inmediato.
—Ya era tiempo —dijo—. Empiezo a pensar que los parientes de Guadalajara se vuelven ingratos con la distancia.
Costilla desmontó sin prisa.
—Y yo que creía que en Dolores la caridad cristiana empezaba por recibir sin reproches.
Se estrecharon con afecto sobrio, sin aspaviento, como hombres que se conocen lo suficiente para no necesitar mostrar demasiado. Luego Hidalgo volvió los ojos a Martín.
—¿Y este caballero?
Costilla lo presentó con brevedad, aunque no con frialdad. Hidalgo inclinó apenas la cabeza y lo invitó a entrar con una hospitalidad que parecía natural, no ensayada.
—Pase usted también. En esta casa siempre hay lugar para un viajero cansado y para una conversación si viene con ella.
Entraron.
La casa cural estaba mejor servida de lo que Martín había imaginado, aunque sin lujo. Había orden, libros, papeles, una mesa ancha, sillas fuertes, alguna imagen religiosa, candelabros, un aire de trabajo continuo. Más que casa de retiro parecía casa de operaciones discretas. Había olor a comida reciente, a cera tibia, a vino abierto y a tierra que venía en los zapatos de quienes entraban y salían. Todo estaba vivo.
Cenaron tarde.

No fue una comida solemne, sino una cena larga, de esas que empiezan con la cortesía del cansancio compartido y terminan internándose, casi sin quererlo, en asuntos que nadie pensaba nombrar tan pronto. Les sirvieron pan, queso, algo de carne, frijoles bien sazonados, vino y fruta. Hidalgo comía con apetito moderado y hablaba con una soltura que a Martín le sorprendió desde el comienzo. Pasaba de una observación sobre la cosecha a un comentario sobre las dificultades del reino; de una referencia a los indios de la región a una ironía leve sobre los hombres que gobernaban desde lejos lo que no entendían de cerca.
—Este país da mucho más de lo que le permiten ser —dijo en algún momento, casi como quien comenta el tiempo.
Costilla lo miró por encima de la copa.
—Eso puede decirse de muchos países.
—Sí —respondió Hidalgo—. Pero no todos tienen tan claro el contraste entre lo que son y lo que se les deja ser.
Martín callaba y escuchaba. Aquellos dos hombres no hablaban como quienes discuten teorías para entretener una sobremesa. Se tanteaban. Medían palabras. El verdadero asunto no estaba en lo que se dijera abiertamente, sino en lo que cada uno fuera capaz de entender sin necesidad de oír el resto.
Hidalgo servía el vino con una serenidad que contrastaba con la agudeza de algunas de sus frases. No elevaba la voz. No dramatizaba. Había en él una manera de hablar que volvía más inquietante lo que decía precisamente porque no necesitaba adornarlo.
—En Dolores —comentó, limpiando con el pulgar una gota caída junto a la copa—, uno aprende a escuchar antes de hablar. Los labradores, los arrieros, los pequeños propietarios, incluso los que parecen más conformes, todos terminan diciendo alguna verdad si uno no los apura demasiado.
Costilla asintió.
—Y últimamente, ¿qué verdades andan diciendo?
Hidalgo sonrió apenas.
—Las de siempre, pero con menos paciencia.
El sacerdote de Guadalajara dejó la copa sobre la mesa.
—En Querétaro he oído más de una conversación que no me gustó.
—Eso no me sorprende —dijo Hidalgo.
—A mí tampoco —replicó Costilla—. Lo que me inquieta es que ya no parezcan conversaciones de desahogo, sino de cálculo.
Por primera vez, el silencio se sentó con ellos de un modo distinto.
Martín sintió que algo en el aire se había tensado. No en forma de amenaza, ni siquiera de peligro inmediato, sino como cuando una cuerda empieza a afinarse sin que todavía haya música. Hidalgo apoyó los dedos en la mesa y los mantuvo quietos.
—Valladolid ha dejado una impresión profunda —dijo al fin.
No hacía falta decir más para saber de qué hablaba.
Costilla no respondió enseguida. Había esperado esa palabra desde que entró en la casa.
—¿Tú qué crees que ha sido? —preguntó.
Hidalgo miró la llama de la vela un instante antes de contestar.
—Una advertencia.
—¿De qué tipo?
—De que la obediencia ya no está asentada sobre el mismo suelo.
Martín mantuvo los ojos bajos, pero escuchaba con toda el alma del cuerpo. Comprendía menos de lo que habría querido, aunque bastante más de lo que habría deseado comprender un mes antes. La palabra Valladolid seguía teniendo para él una resonancia incierta, pero ya había aprendido a reconocer cuándo una ciudad dejaba de ser ciudad y se convertía en señal.
Costilla apoyó ambos antebrazos sobre la mesa.
—Algunos dirán que fue solo un exceso de jóvenes impacientes.
Hidalgo dejó escapar un sonido breve, casi una risa, aunque sin alegría.
—Siempre es cómodo llamar impaciencia a lo que no se quiere escuchar.
—¿Y tú qué escuchas?
—Cansancio —respondió Hidalgo—. Mucho cansancio. Y no solo entre criollos ambiciosos, como les gusta pensar a ciertos hombres de gobierno. Hay cansancio en todas partes. En quienes trabajan para otros, en quienes producen para otros, en quienes obedecen a hombres que no conocen más realidad que la de sus escritorios y sus honores.
Costilla lo observó con una atención nueva. Sabía que su primo era hombre culto, curioso, inclinado a las ideas de la Ilustración, pero allí, en la medida exacta de sus palabras, había algo más que cultura. Había experiencia, roce, escucha larga.
—Hablas como quien ha medido de cerca el malestar.
—Lo he visto de cerca —dijo Hidalgo con calma—. Y lo he visto crecer.
La frase quedó suspendida.
Afuera se oía, de cuando en cuando, una voz aislada, el paso de alguien por la calle, el ladrido de un perro. La noche caía sobre Dolores con esa quietud engañosa de los lugares donde nada parece ocurrir y, sin embargo, todo está madurando por dentro.
Martín se atrevió entonces a intervenir.
—¿Y qué se espera? —preguntó—. ¿Qué espera la gente?
Hidalgo volvió hacia él una mirada viva, nada condescendiente.
—No todos esperan lo mismo —dijo—. Ese es el primer error de quienes miran estos asuntos desde lejos. Unos quieren reformas. Otros, alivio. Otros, oportunidad. Algunos ni siquiera sabrían ponerle nombre a lo que desean. Solo saben que la vida se les ha vuelto estrecha y que ya no creen en quienes les piden paciencia.
—La paciencia —murmuró Costilla— ha sido siempre una virtud barata cuando la recomienda quien no paga su precio.
Hidalgo lo miró con aprecio.
—Exactamente.
El vino había aflojado apenas la conversación, pero no su filo. Martín sentía que ambos sacerdotes estaban avanzando sobre un terreno resbaladizo con una seguridad que solo podía venir de años de pensamiento y de disciplina interior. Ninguno quería parecer imprudente. Ninguno lo era. Y, sin embargo, lo que se estaba diciendo habría bastado para inquietar a más de un oidor real.
Costilla optó por ir un poco más lejos, aunque todavía sin saltar del todo.
—En Querétaro oí decir que Valladolid no fue un simple accidente. Que puede haber más.
Hidalgo no se alteró. Pero tampoco respondió de inmediato.
—En tiempos como estos —dijo por fin—, la verdadera pregunta no es si habrá más. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse un orden que ya necesita del miedo para parecer firme.
Martín alzó apenas la vista.
—¿Tan grave lo ve usted?
Hidalgo tomó la copa y la hizo girar entre los dedos antes de beber.
—Lo veo maduro —dijo—. Y no sé si eso es tranquilizador o alarmante.
Costilla se recostó un poco en la silla.
—No he venido a buscar fuegos, Miguel.
—Ni yo te los estoy ofreciendo —respondió Hidalgo con la misma serenidad—. Pero sería imprudente fingir que la leña no está seca.
Aquello fue, quizá, lo más cerca que estuvieron esa noche de nombrar lo innombrable.
Después la conversación se desplazó a otros temas, o al menos fingió hacerlo. Hablaron de los pueblos del Bajío, de la calidad de ciertas tierras, de la dificultad creciente para gobernar bien lo que se conoce mal, de los indios de la comarca, de oficios, de cultivos, de vino, de la educación de los hijos, de lo poco que entienden los hombres del poder cuando miran desde arriba una realidad que solo se comprende caminándola. Pero incluso en esos asuntos menos directamente políticos seguía latiendo lo mismo: una sensación de desgaste, de madurez tensa, de tiempo cargado.
Martín, que había empezado la cena sintiéndose casi un intruso respetuoso, terminó la noche con la impresión de haber asistido a una conversación que pertenecía a algo más grande que él mismo. No sabía todavía qué nombre darle. Tampoco habría sabido decir si acababa de oír una advertencia, un diagnóstico o un presagio. Quizá las tres cosas.
Costilla, por su parte, salió de la mesa sin certezas completas, pero con algo mejor que una certeza: una intuición afinada. Lo que había oído en Querétaro no era humo de tertulia. Valladolid no había sido un sobresalto aislado. Y Miguel, sin querer decir más de lo debido, le había confirmado lo esencial: el Bajío estaba despierto, aunque aún no supiera del todo para qué.
Aquella noche durmieron en la casa cural.
Antes de apagar la vela, Martín oyó durante un rato el rumor amortiguado de voces en otro cuarto. No distinguió palabras. Solo el tono. Era el de dos hombres que, aun callando mucho, seguían hablando de cosas que no podían dejar del todo en paz. Luego llegó el silencio verdadero.
Y, sin embargo, ni siquiera ese silencio le pareció inocente.
La mañana en Dolores amaneció con una claridad fría.
No la claridad limpia y ligera de ciertos pueblos que despiertan sin peso, sino una luz más quieta, más contenida, como si la noche hubiera dejado algo suspendido en el aire. Martín abrió los ojos antes de que llamaran a la puerta y, durante unos segundos, no supo bien dónde estaba. Luego volvió a reconocer el cuarto sobrio, el techo alto, el olor leve de cera apagada, la silla donde había dejado la ropa y, detrás de todo eso, la conversación de la noche anterior, que regresó a su memoria con una nitidez casi incómoda.
Se incorporó despacio.
Había dormido, sí, pero no con descanso entero. Las frases de Hidalgo seguían dándole vueltas en la cabeza. No tanto por lo que habían dicho como por la manera de decirlo. Nada había sido expresado de forma abierta, y sin embargo Martín tenía la impresión de haber asistido a una conversación más peligrosa que muchas disputas declaradas. Allí nadie había gritado. Nadie había jurado nada. Nadie había invocado rupturas ni futuros nuevos. Y, con todo, la sensación que le quedaba era la de haber rozado el borde de algo que todavía no tenía nombre, pero que ya estaba vivo.
Cuando salió al corredor, el aire de la mañana le despejó un poco la frente.
La casa cural estaba ya en movimiento. Se oían pasos, voces bajas, el golpe de unos recipientes, el abrir y cerrar de una puerta al fondo. Nada desordenado. Nada apresurado. Todo tenía la eficacia discreta de los lugares donde la jornada empieza temprano y cada quien sabe, sin que se lo repitan, lo que tiene que hacer. Martín avanzó hasta el patio y encontró a Costilla ya vestido, de pie junto a una pilastra, con una taza humeante entre las manos.
—Despertaste pronto —dijo Martín.
—En casas ajenas duermo como quien vela un poco —respondió Costilla.
Martín asintió. Era una de esas frases suyas que podían ser literales o esconder otra cosa.
—¿Ya hablamos con tu primo? —preguntó.
Costilla bebió antes de responder.
—Anoche hablamos bastante.
—No me refiero a eso.
El sacerdote levantó la vista hacia él y durante un instante pareció divertido.
—Lo sé.
Martín aguardó.
—¿Y bien?
Costilla sostuvo un momento más la taza entre las manos, como si necesitara el calor para ordenar la respuesta.
—Bien.
La contestación arrancó a Martín una media sonrisa.
—Eres un hombre difícil de aprovechar en la sobremesa y peor al amanecer.
—Eso me ha evitado muchos problemas.
—Y a otros, seguramente, se los ha causado.
Costilla aceptó la observación con un leve movimiento de hombros. Luego dejó la taza sobre el alféizar y salió con él al patio, donde los caballos ya estaban siendo preparados.
La luz entraba en ángulo por encima de los muros. El polvo fino que habían dejado los animales en el suelo se mezclaba con la humedad breve de la mañana, y por un momento Martín sintió una paz casi absurda. Si no hubiera sabido nada de lo hablado la noche anterior, si hubiera llegado allí como un viajero cualquiera, Dolores le habría parecido un sitio digno, ordenado, casi amable. No un lugar donde el porvenir pudiera estar afilándose en voz baja.
Miguel Hidalgo apareció poco después.
Venía sin prisa, pero tampoco con desgano. Ya no era el hombre de la mesa y el vino, sino el sacerdote dueño de su día, atento a cuanto ocurría en su casa, en su parroquia y quizá también un poco más allá. Saludó a Martín con cordialidad sobria y luego se volvió hacia Costilla.
—No pensarás irte sin desayunar como un hereje.
—Con el café basta.
—En esta casa no basta —replicó Hidalgo.
Desayunaron algo más que la víspera. Pan reciente, algo de fruta, queso, un poco de atole. La conversación, sin ser fría, ya no tuvo el voltaje de la noche anterior. Parecía como si ambos sacerdotes hubieran decidido, de común acuerdo, no volver a tocar demasiado pronto las mismas brasas. Hablaron del camino, del estado de las lluvias, de las tierras que venían dejando atrás, de ciertas cosechas, de un conocido común en Valladolid, de un canónigo de Guadalajara que Costilla detestaba con una ironía casi piadosa. Martín escuchó sin intervenir demasiado. Tenía la impresión de que, aun en la ligereza de aquellos asuntos, seguía circulando por debajo otra conversación más seria, como un río subterráneo que no necesitara mostrarse para seguir corriendo.
Hidalgo lo notó quizá más de una vez observándolo.
—¿Qué piensa usted de Dolores? —le preguntó de pronto.
Martín tardó un instante en responder.
—Que no se parece a otros pueblos.
—Eso puede ser elogio o sospecha.
—Todavía no sé cuál de las dos cosas es.
Hidalgo sonrió.
—Entonces ha mirado bien.
La respuesta lo desarmó más de lo que habría esperado. Había en aquel hombre una agudeza ligera, una manera de volverse incisivo sin dejar de parecer afable, que obligaba a no dormirse nunca del todo en su presencia.
Cuando terminó el desayuno, Costilla y él salieron un momento al corredor mientras terminaban de ensillar. Martín se quedó a una distancia prudente. No oía las palabras, solo el tono. Hidalgo hablaba poco y con los ojos fijos; Costilla respondía más brevemente aún. Ninguno gesticulaba. Ninguno necesitaba hacerlo. Lo que se decían parecía tener ya forma desde antes de pronunciarse.
Al cabo de unos minutos, Hidalgo puso una mano en el antebrazo de su primo y dijo algo que Martín no alcanzó a escuchar. Costilla inclinó apenas la cabeza. No era asentimiento pleno, ni desacuerdo. Era la señal de un hombre que recibe una advertencia y sabe que no conviene repetirla en voz alta.
Partieron poco después.
Hidalgo los acompañó hasta la puerta. La villa iba despertando del todo. Pasó una mujer con un canasto cubierto, dos muchachos cruzaron la calle corriendo, se oyó a lo lejos un martillo sobre metal, una campana temprana, la voz de un hombre llamando a otro desde la esquina.
Antes de montar, Costilla se volvió una vez más.
—Te debo la hospitalidad.
—Me la pagarás no empeorando el reino por los caminos —respondió Hidalgo.
—Haré lo posible.
—Eso nunca significa mucho.
Costilla dejó escapar una sonrisa breve.
—A veces es todo lo que hay.
Hidalgo miró entonces a Martín.
—Buen viaje, don Martín.
—Gracias, padre.
—Y procure aprender algo de este hombre —dijo, señalando a Costilla con un gesto leve—. Aunque no le enseñe todo.
Martín estuvo a punto de contestar algo ingenioso, pero la frase le cayó encima con más verdad de la que parecía. Solo asintió.
Montaron.

Dolores fue quedando atrás con la misma discreción con que los había recibido. La luz de la mañana ya empezaba a endurecerse sobre las bardas. Durante un buen trecho no hablaron. Martín no quiso romper el silencio demasiado pronto. Sabía ya que Costilla necesitaba primero acomodar por dentro lo que había ido a buscar.
El camino de regreso hacia la ruta principal les devolvió otra vez el Bajío abierto, las tierras largas, los árboles dispersos, la sensación de que el reino seguía allí, trabajando, respirando, produciendo como si nada decisivo estuviera gestándose bajo la costra visible de los días. Y, sin embargo, después de Dolores, a Martín todo le parecía un poco distinto. No porque hubiera aprendido algo preciso. Más bien porque había aprendido a sospechar mejor.
Fue él quien habló primero, ya avanzada la mañana.
—¿Encontraste lo que buscabas?
Costilla no respondió enseguida. Miró al frente, al camino, a una línea de polvo que levantaban unos arrieros a lo lejos.
—Encontré bastante para saber que conviene mirar con más cuidado.
—Eso no dice mucho.
—Dice lo suficiente.
Martín resopló apenas.
—Tu primo no es un cura cualquiera.
—No.
—Y sabe más de lo que dijo.
—Sí.
Esa vez Costilla no se escondió.
Martín giró un poco el cuerpo sobre la silla.
—Entonces también tú sabes más de lo que me dices.
Costilla lo miró por fin, sin dureza.
—Probablemente.
Martín sostuvo la mirada un instante y luego la dejó ir.
—Empiezo a acostumbrarme.
—No te acostumbres demasiado —respondió el sacerdote—. Es una mala costumbre en tiempos como estos.
Siguieron avanzando.
Martín no insistió más. Le bastaba, por el momento, con aquella admisión parcial. Lo que había oído en Dolores, unido a lo escuchado en Querétaro, empezaba a formar dentro de él una figura todavía borrosa, pero reconocible. Como esas imágenes que primero se adivinan por sus contornos y solo después dejan ver los detalles.
Costilla, por su parte, cabalgaba con una reserva más espesa que la víspera. No iba satisfecho, pero tampoco decepcionado. Iba alerta. Había buscado en Hidalgo confirmación o desmentido, y había recibido algo más útil que cualquiera de las dos cosas: medida. El Bajío estaba tenso. Valladolid no había sido un simple accidente. Había cansancio, sí; había descontento; había una madurez peligrosa en el aire. Aún no podía decir dónde rompería primero la superficie ni en qué forma. Pero ya no dudaba de que algo estaba creciendo.
Y eso bastaba.
No para precipitarse.
Pero sí para mirar cada pueblo, cada conversación, cada silencio, como se mira el cielo cuando empieza a oler a tormenta.
Martín cabalgaba a su lado, sintiendo por momentos el peso del sol y por momentos el de las ideas. Pensó en Hidalgo, en sus ojos, en la manera en que hablaba del reino como si lo conociera no desde los mapas ni desde los decretos, sino desde la entraña de quienes lo trabajaban. Pensó también en Costilla, en su reserva, en ese modo suyo de no mentir y sin embargo no darse nunca entero. Y comprendió que entre ambos había circulado algo más que información.
Había circulado un reconocimiento.
El de dos hombres que, aun sin decirlo del todo, sabían que el tiempo en que vivían estaba a punto de dejar de ser el mismo.
Desde Dolores no volvieron sobre sus pasos más de lo necesario. Costilla corrigió el desvío buscando la ruta de San Felipe, con la idea de reconectar desde allí el camino que los llevaría, más adelante, hacia Lagos y luego a Guadalajara. El paisaje empezó a mudar otra vez: menos la anchura amable del Bajío, más sequedad en ciertos trechos, más piedra, más polvo levantado por el viento de la tarde. Era como si el reino mismo cambiara de respiración a medida que dejaban atrás a Hidalgo y lo que su casa había dejado flotando en ellos.
Aquella noche durmieron en San Felipe.
Martín tardó en entregarse al sueño. Acostado en la oscuridad del mesón, con el cuerpo vencido por el caballo y la cabeza todavía llena de voces ajenas, pensó en Querétaro, en Valladolid, en Dolores, en la manera en que ciertos hombres hablaban ya del orden como si fuera una cosa resquebrajada. Entonces entendió, no del todo con la razón sino con esa parte más honda donde el miedo se parece al presentimiento, que acaso su sino no fuera escapar de la guerra, sino rozarla siempre. La había dejado atrás en España, creyendo que el mar bastaría para poner distancia entre él y la violencia de los hombres. Y, sin embargo, algo en su interior le susurraba ya que, tarde o temprano, la guerra volvería a encontrarlo.









Ene Benjamín, largo y contenido capitulo.
Desde luego,cautos dando ambos, tanto noticias como explicaciones
No me extraña que Martin tardara en darse al sueño.
Así pués,de descanse y continúe el ritmo de la Historia.
Un abrazo, Maestro…… seguimos adelante con el siguiente capítulo
Me ha disfrutado del encuentro de Costilla y Hidalgo. Me ha recordado a dos jugadores de mus que llevan muchas partidas en la misma mesa. Que hablan con la mirada y dicen sus cartas de juego sin mostrarlas. Martín de espectador, observando sin entender qué cartas tienen e intentando entender psicológicamente a qué va cada jugador, a grande o a pequeña… Creo que van a echar algún órdago a juego.
La leña está muy seca y las conjuras y conspiraciones le prenderán fuego. Esto está que arde.
Ansío el siguiente capítulo!