Capitulo 31
El rumor del Bajío a lomos de un caballo
El padre Costilla había pasado buena parte de la tarde observando el patio del Mesón de San Pedro y San Pablo en Querétaro.
No parecía hacerlo con prisa. Sentado junto a una mesa de madera oscura, miraba el movimiento del lugar con la calma de quien sabe que en los caminos del mundo conviene primero entender el ritmo de las cosas antes de decidir el propio. En el patio entraban y salían recuas de mulas cubiertas de polvo. Los arrieros gritaban órdenes breves mientras los mozos corrían de un lado a otro llevando agua o maíz para los animales. De cuando en cuando llegaba alguna carreta pesada, seguida por viajeros que bajaban lentamente, estirando la espalda después de largas jornadas.
Martín también observaba.
Habían llegado a Querétaro después de semanas de viaje desde Veracruz. Desde aquel día de agosto en que había puesto pie en tierra novohispana, el camino había sido una sucesión de montañas, llanuras, mesones y pueblos; ciudades también, que a ratos parecían repetirse como estaciones inevitables del mundo. Sin embargo, Querétaro tenía algo distinto. Algo más vivo, pero también algo más revuelto, aunque nadie levantara la voz. No era solo una ciudad importante del camino. Parecía un lugar donde muchas cosas se cruzaban sin tocarse del todo: mercancías, noticias, hombres, intereses, resentimientos. Había movimiento, sí, pero no el movimiento sereno del comercio satisfecho, sino otro más hondo, como si por debajo de lo visible corriera una impaciencia contenida.
Martín no habría sabido decir por qué, pero aquella ciudad le produjo una inquietud nueva. No la extrañeza limpia de Veracruz, donde todo había sido novedad, sino otra más difícil: la impresión de que el país al que había llegado no era solo vasto y desconocido, sino un lugar atravesado por fuerzas que aún no comprendía y que, sin embargo, podían alcanzarlo.
Costilla parecía haberlo notado desde el primer momento.
Al cabo de un rato dejó el tarro de barro sobre la mesa y habló con esa serenidad que Martín ya conocía bien, una serenidad que no era frialdad sino costumbre de pensamiento.
—Martín, creo que ya hemos viajado bastante tiempo como pasajeros.
Martín levantó la vista.
—¿A qué se refiere, padre?
Costilla inclinó ligeramente la cabeza hacia el patio.
—A esos caballos.
En uno de los extremos del mesón, un tratante revisaba las patas de un animal oscuro mientras discutía con otro hombre el precio de la montura.
—Desde Veracruz hemos avanzado como se ha podido: diligencias, recuas, carretas… lo que el camino ha querido prestarnos. Pero lo que queda hasta Guadalajara es distinto.
Guardó silencio un instante, como si le gustara dejar que sus palabras se posaran antes de añadir la siguiente.
—Y creo que debemos hacerlo de otra manera.
Martín comprendió casi de inmediato.
—¿A caballo?
Costilla asintió.
—A caballo.
Martín volvió la mirada hacia el patio. Los animales resoplaban bajo la luz oblicua de la tarde, impacientes, tensos, llenos de una fuerza que no tenía nada de aparente. Sintió, sin saber bien por qué, que aquella decisión era menor solo en apariencia. Hasta entonces había sido llevado: de un tramo a otro, de una posada a la siguiente, de una incomodidad a otra. Había obedecido al mar, a las ruedas, a las mulas, al horario de otros. Montar a caballo significaba algo distinto. No exactamente libertad, porque no era libre un hombre que viajaba llamado por otro. Pero sí una manera más desnuda de hacerse cargo del camino.
—¿Por qué ahora? —preguntó—. Hasta aquí hemos venido bien.
Costilla apoyó los codos en la mesa y entrelazó las manos.
—Porque una cosa es atravesar la tierra para llegar a ella y otra muy distinta empezar a recorrerla de verdad. Desde Veracruz hemos venido entrando en la Nueva España; de aquí en adelante empezaremos a conocerla. El Bajío no se atraviesa como se atraviesa una montaña. El Bajío se recorre.
Martín sonrió apenas.
—Habla de los caballos como si fueran una forma de pensar.
Costilla le devolvió la mirada con una media sonrisa.
—Lo son. En diligencia uno llega; a caballo uno entiende.
Luego añadió, con naturalidad:
—Además, cuando lleguemos a Guadalajara tendremos que presentarnos ante el señor obispo Cabañas.
Martín no necesitaba explicación alguna. El nombre del obispo no era para él el de una autoridad distante. Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo era su tío, y había sido precisamente su llamada la que lo había arrancado de España y lo había traído hasta la Nueva España. En cierto modo, todo aquel viaje existía por ese hombre. No avanzaba solamente hacia una ciudad desconocida ni hacia una oportunidad incierta. Avanzaba hacia una voluntad que parecía haber comenzado a ordenar su vida antes incluso de que él terminara de aceptarlo.
A veces quería pensar aquella llamada como un amparo. Otras, no podía evitar sentirla como una disposición ajena, una mano tendida desde lejos que al mismo tiempo ayudaba y decidía. No sabía si viajaba hacia una protección o hacia una obediencia nueva, y esa duda empezó a pesarle con más nitidez en Querétaro que en alta mar o en los caminos de Veracruz.
Costilla lo observó un momento, como si comprendiera el peso silencioso de aquel nombre.
—No sería apropiado —continuó— presentarnos después de semanas de camino como dos viajeros vencidos por el polvo. Es mejor que el último tramo lo hagamos con la dignidad que exige ese encuentro.
Martín siguió con la mirada el movimiento del tratante en el patio.
—Entonces compraremos caballos.
Costilla se levantó con naturalidad.
—Eso parece lo más sensato.
Mientras caminaban hacia el tratante añadió, en tono más bajo:

—El señor obispo ha tenido la prudencia de prever los medios necesarios para este viaje. Sería poco sensato no aprovecharlos ahora.
La frase, dicha con la sobriedad habitual del sacerdote, dejó en Martín una impresión incómoda. Había algo inquietante en esa eficacia del nombre: la sensación de que otros habían pensado de antemano los pasos que él apenas comenzaba a dar.
El tratante era un hombre de rostro curtido por el sol y bigote espeso. Observó a Costilla con cierta cautela al principio, pero al escuchar la palabra sacerdote su actitud cambió de inmediato. En el Bajío todavía se respetaba la sotana, quizá por costumbre, quizá por conveniencia, quizá porque la fe seguía siendo la única autoridad que muchos reconocían sin reservas.
—Buscamos dos caballos de camino —dijo Costilla con calma—. No animales de carrera. Animales que sepan sostener una jornada larga sin perder el paso.
El hombre asintió y los condujo hasta uno de los extremos del patio, donde había tres caballos atados a una viga baja. No eran animales espectaculares, pero tenían el tipo de cuerpo que inspira confianza en los caminos largos: pecho amplio, patas firmes, mirada tranquila. Eran, pensó Martín, caballos que no pretendían deslumbrar a nadie, sino llegar.
—Este ha hecho la ruta de León varias veces —dijo el tratante señalando uno de color castaño oscuro—. Aguanta el polvo y el calor.
Costilla examinó al animal con paciencia.
—Un buen caballo no necesita correr. Solo no cansarse de caminar.
Luego miró el segundo.
—¿Y este?
—Ese viene de Lagos. Más joven, pero con buen paso.
Martín se acercó al animal. El caballo levantó la cabeza con un pequeño resoplido, como si también él evaluara al hombre que tendría encima.
—Este será para ti —dijo Costilla.
Martín pasó la mano por el cuello del animal. Sintió bajo la piel el calor vivo y la energía contenida.
—Parece inquieto.
—Los buenos caballos siempre lo están un poco —respondió Costilla—. La calma absoluta solo la tienen las bestias resignadas y los hombres sin curiosidad.
Martín no respondió. Siguió acariciando el cuello del animal, que por un momento tensó el lomo como si midiera el peso futuro de su jinete. Le gustó aquella inquietud. Le recordó algo de sí mismo, algo que no había sabido nombrar con claridad en las semanas anteriores: no solo el cansancio del viaje, sino una desazón más honda, la de quien ha dejado atrás una vida sin alcanzar todavía la forma de la siguiente.
La negociación fue breve pero cuidadosa. Al final llegaron a un acuerdo, y el tratante recibió las monedas con el gesto satisfecho de quien siente que ha vendido bien sin haber ofendido al comprador. Los mozos del mesón se encargaron de preparar las monturas y las alforjas.

Esa noche Martín durmió con una sensación distinta a las anteriores. Desde Veracruz había sido siempre un pasajero del camino: subiendo y bajando de diligencias, acomodándose en carretas, siguiendo el ritmo de recuas ajenas. Ahora tendría que sostener él mismo el paso, el polvo y el pensamiento. Y le sorprendió advertir que aquello lo aliviaba y lo inquietaba al mismo tiempo.
Salieron de Querétaro al amanecer.
La ciudad todavía despertaba cuando cruzaron las primeras calles. Algunas tiendas abrían lentamente sus puertas, los vendedores acomodaban mercancías en los portales y el sonido de una campana lejana anunciaba la primera misa del día. Cuando dejaron atrás las últimas casas, el paisaje cambió. El camino del Bajío se abrió delante de ellos como una cinta clara que parecía perderse en la distancia.
Los caballos avanzaban al paso, levantando pequeñas nubes de polvo que el aire fresco de la mañana dispersaba con rapidez. Durante un buen rato ninguno de los dos habló. El movimiento del caballo tiene una forma particular de ordenar el pensamiento: cada paso marca un ritmo que obliga a la paciencia, y cada silencio parece durar lo necesario para que una idea se vuelva más honda o más incómoda.
El Bajío se extendía a su alrededor con una amplitud que Martín no había visto antes. Campos de trigo. Magueyes alineados. Haciendas blancas a lo lejos. Todo parecía más ancho, más suelto, menos recogido que en la tierra que había dejado atrás. Aquellos campos no se parecían a los de Navarra. No tenían la contención de los valles conocidos ni el abrigo de las montañas familiares. Había en aquella llanura una sensación de abundancia abierta, casi desmedida, que lo atraía y lo desorientaba al mismo tiempo. Era una tierra que no parecía pedir permiso para extenderse. Tampoco parecía necesitar a nadie. Y, sin embargo, algo en ella empezaba ya a tocarlo como si reclamara, en silencio, una parte de su porvenir.
Sintió entonces una punzada extraña. No nostalgia. Tampoco miedo. Más bien la impresión de que mientras más avanzaba por aquellas tierras, menos intacto quedaba el hombre que había salido de España.

De vez en cuando cruzaban con otros caminantes: arrieros conduciendo recuas cargadas con mercancías, campesinos con carretas de maíz, algún viajero solitario que saludaba levantando apenas la mano.
El padre Costilla parecía conocer aquel mundo con una familiaridad tranquila, como si hubiera aprendido a leerlo a fuerza de años, de caminos y de conversaciones.
—Esta tierra es rica —dijo al fin, señalando con el mentón la llanura que se abría ante ellos.
Martín lo miró.
—Muy rica.
—Más de lo que parece a simple vista. Aquí se cultiva trigo, maíz, ganado; de aquí se alimenta buena parte de lo que sostiene a las minas de Guanajuato. A veces los hombres creen que la riqueza está solo en la plata porque brilla. Pero sin estos campos no brilla nada.
Guardó silencio unos pasos.
—Recuerda algo, Martín: donde hay riqueza también aparecen hombres que quieren decidir cómo se reparte.
Martín volvió la mirada hacia el horizonte.
—¿Y eso es lo que inquieta esta región?
—Eso y otras cosas. La riqueza no trae solo abundancia. Trae comparación. Y cuando los hombres comparan demasiado, acaban por contar agravios.
—¿No le gustan mucho los poderosos, padre?
Costilla soltó una breve risa por la nariz.
—No desconfío de los poderosos por ser poderosos. Desconfío de cualquiera que se acostumbra demasiado a mandar. La costumbre del mando es una enfermedad del juicio.
Martín sonrió.
—No habla usted como muchos sacerdotes.
—Eso espero.
Volvieron al silencio un rato. El sol subía despacio. En una venta junto al camino se detuvieron a dar agua a los caballos. Mientras los animales bebían, dos arrieros discutían en voz baja cerca del bebedero.
—Cada año es un impuesto nuevo.
—Y siempre para beneficio de los mismos.
No hablaban fuerte, pero tampoco con el cuidado extremo del conspirador; hablaban con el desgaste del que siente quejarse inútil pero inevitable. Más adelante, ya sobre el camino, alcanzaron a un comerciante que murmuraba su enojo a otro hombre:
—Los peninsulares siempre salen ganando.
Martín escuchó aquella frase y sintió en el cuerpo una incomodidad inmediata. Le bastó un instante para comprender que, en aquellas tierras, su origen no sería nunca un dato inocente. Hasta entonces había pensado su viaje desde la familia, desde la llamada del obispo, desde la promesa de una vida nueva. De pronto apareció también otra posibilidad: la de ser mirado como parte de un orden que no conocía del todo y del que, sin embargo, podía resultar beneficiario.

Costilla también había escuchado, aunque no intervino. Solo cuando volvieron a quedarse solos sobre la ruta habló de nuevo.
—Los tiempos están cambiando, Martín.
El lo miró.
—No siempre se nota en las ciudades, donde las ceremonias tapan muchas cosas. Pero en los caminos sí. Los caminos son sinceros: por ellos circula lo que la gente piensa cuando cree que nadie importante escucha.
—¿Y qué cree usted que está cambiando?
Costilla tardó en responder. Miró primero a un grupo de mulas que avanzaba lentamente delante de ellos.
—Cuando los arrieros empiezan a hablar de injusticias y los comerciantes de impuestos, es porque algo lleva tiempo moviéndose debajo. Las cosas grandes no empiezan el día en que se anuncian. Empiezan mucho antes, cuando el malestar deja de ser privado y se vuelve conversación.
Martín guardó aquellas palabras sin responder. A lo largo del viaje había ido descubriendo que Costilla no era hombre de largas arengas ni de sabidurías declamadas. Hablaba poco, pero cuando lo hacía dejaba frases que continuaban pensando solas mucho tiempo después. No era un sacerdote severo ni un viajero frívolo; tenía el aire de esos hombres que han observado bastante para no dejarse impresionar fácilmente por la superficie de las cosas. Había en él cultura, sin duda, pero también mundo. No parecía mirar la Nueva España con codicia ni con desdén, sino con una mezcla de atención y prudencia que a Martín empezaba a resultarle valiosa. Y comprendió entonces que el padre Costilla no le estaba hablando solo del camino ni de las gentes con las que se cruzaban; le estaba enseñando a mirar la tierra a la que había llegado.
—Usted escucha mucho —dijo después de un rato.
—Escuchar es barato y suele rendir mejores frutos que hablar demasiado.
—¿Y hablar poco no hace que los demás lo tomen a uno por frío?
Costilla sonrió.
—Que me tomen por lo que quieran. Yo prefiero entender primero lo que veo.
La ruta siguió desplegándose ante ellos, amplia y mansa. A media mañana pasaron junto a una hacienda cuya fachada blanca reverberaba bajo el sol. Más adelante encontraron un pequeño destacamento de soldados descansando a la sombra de unos árboles. Uno de ellos saludó a Costilla con respeto; el sacerdote respondió con la misma cortesía contenida con la que parecía tratar a todo el mundo, sin servilismo y sin altivez.
Martín comenzó a sospechar que esa forma de estar en el mundo era parte de su fuerza. Costilla no imponía presencia por volumen ni por solemnidad, sino por una rara economía de gestos. Hablaba como quien no necesita adornarse para ser escuchado.
El campanario de Celaya apareció a media tarde. Primero fue solo una línea oscura. Luego las casas bajas y los árboles cercanos a la plaza. Después el movimiento tranquilo de una ciudad acostumbrada al comercio y al paso.
—Ahí pasaremos la noche —dijo Costilla.
Entraron sin prisa. Algunos comerciantes instalaban puestos bajo los portales, mientras vecinos y viajeros transitaban con esa calma de las poblaciones cuya vida depende tanto del campo como de los caminos. El Mesón de la Purísima no fue difícil de encontrar. El patio estaba lleno de caballos, mulas y voces, creando ese murmullo continuo que acompaña a los lugares donde confluyen rutas diversas.
Los caballos quedaron en manos de un mozo que los condujo hacia el bebedero. Martín estiró la espalda al bajar de la montura.
—Hoy ha sido una buena jornada.
—Y mañana será otra —respondió Costilla—. Los caminos enseñan a no exagerar ni el cansancio ni el alivio.
Entraron en el salón del mesón. El aire estaba cargado con el olor de frijoles recién hervidos, cuero húmedo y polvo del camino. En una mesa cercana varios arrieros conversaban en voz baja mientras uno de ellos golpeaba distraídamente la madera con la copa de aguardiente. De cuando en cuando se oía una palabra suelta: impuestos, autoridades, los de España. Nadie hablaba demasiado alto, pero todos parecían escuchar.
Martín se sentó y dejó que el cansancio de la jornada bajara lentamente por sus hombros. Por un instante pensó en el hombre que lo esperaba al final de aquel camino. Su tío. El obispo Cabañas. Había cruzado el océano siguiendo una carta, una invitación, una promesa apenas explicada. Sabía el prestigio de aquel hombre, la autoridad que ejercía en aquellas tierras, la dimensión de su nombre. Pero no sabía todavía qué esperaba realmente de él, ni de qué manera iba a entrar en una vida que parecía ya estar organizada sin contar con su presencia. Guadalajara dejaba de ser una idea lejana para empezar a convertirse en una cita. Y las citas importantes, pensó, a veces no anuncian una bienvenida, sino una medida.
Miró alrededor del mesón. Los viajeros hablaban de caminos, de negocios, de cargas fiscales, de agravios. Parecía que todo el virreinato estuviera murmurando algo que todavía nadie se atrevía a decir en voz alta.
Costilla observaba en silencio. Luego, como si retomara un pensamiento que llevaba rato madurando, dijo:
—No creas que un país se conoce por sus ciudades principales. Se conoce por lo que la gente murmura cuando cena, por lo que los arrieros repiten de pueblo en pueblo, por lo que los comerciantes se atreven a decir cuando creen que nadie de arriba los oye. Ahí empieza la verdad de una tierra.
Martín se volvió hacia él.
—¿Y cuál cree que es la verdad de esta?
Costilla tomó un sorbo, dejó la taza y respondió con calma:
—Que ha prosperado mucho y que no todos sienten haber prosperado con ella. Esa diferencia, cuando se vuelve costumbre, termina por volverse herida.
Martín guardó silencio.
Afuera, en el patio, un caballo golpeó una vez el suelo con la pezuña. El ruido fue seco, breve, pero Martín levantó la vista, como si en ese sonido hubiera algo más que impaciencia animal.
Y mientras la noche caía lentamente sobre Celaya, comprendió que aquel viaje no lo estaba llevando solamente hacia Guadalajara. Lo estaba acercando también a una tierra que empezaba a cambiar de ánimo, y acaso a una vida que muy pronto dejaría de pertenecerle del todo. Todavía no podía nombrarlo con precisión, pero ya lo sentía en el polvo del camino, en las voces bajas de los mesones, en esa manera nueva que tenían los hombres de mirar alrededor antes de hablar.
Sintió entonces algo que no quiso confesar ni siquiera para sí: que tal vez no había cruzado el océano para encontrar su lugar, sino para entrar, sin saberlo, en una historia mayor que él, una de esas historias que primero parecen promesa y solo después revelan su precio.









Gracias Benjamín!!!!
Genial, me haces recordar el mes y pico que pude disfrutar de México y algunos de sus Estados
Precioso capitulo, sí señor, que siga el siguiente
A la espera de vernos pronto te envío un cálido abrazo
A escribir 💪
En la villa palacio de un indiano en Donostia-San Sebastián está escrito en piedra junto a la entrada desde el Río Urumea: «Oh, qué mucho lo de allá. Qué poco lo de acá».
He consultado en la wikipedia los datos demográficos de esa espléndida explanada de Celaya, hoy metrópoli con más de 700.000 habitantes, más que toda Navarra entera. Querétaro con 1.600.000 queretaritos y no te digo nada de la megápolis de Guadalajara con diez millones.
Para uno de un pueblo como Espronceda con sus cien habitantes, aquello son cifras que escapan casi el poder imaginar tal concentración humana.
No es de extrañar la sorpresa que aquellas inmensidades produjeran en nuestro Martín.
Me ha encantado este capítulo, mucho más amable que el anterior.
¡Mucho bien!-dicen en mi pueblo.
Gracias Benjamín