Capítulo 27 — Polvo, postas y presagios

Capítulo 27 — Polvo, postas y presagios

(Camino a Querétaro)

La Ciudad de México quedó atrás como se deja atrás un cuerpo enorme que sigue respirando sin nosotros. Martín no tuvo la sensación de despedida, sino la de haber salido de una sala demasiado llena: aire cargado, voces superpuestas, una vida que parece sostenerse por pura inercia. Aún le zumbaban en el oído los pregones —no los del que arenga, sino los del que vende—, porque en esa manera de ofrecer comida y agua iba también la noticia del día, el rumor, el miedo dicho con un chiste, o con una frase que se corta antes de volverse peligrosa.

Subió a la diligencia con un peso en el pecho que no era físico. Lo había sentido ya en otros tramos: ese instante en que el cuerpo se acomoda y la mente, en vez de descansar, se pone a fabricar preguntas como si fueran tortillas.

El Padre Costilla se sentó a su lado con la calma de quien lleva una procesión por dentro. Martín lo observó sin mirarlo de frente. Le inquietaba esa serenidad; a ratos le parecía virtud, a ratos una forma de esconder algo. Él mismo había aprendido a esconder: el miedo, el cansancio, la rabia, y sobre todo la duda. Había escondido la duda incluso de sí mismo, porque la duda —cuando se la deja crecer— no se limita a preguntar: exige cuentas.

La diligencia arrancó.

El primer tramo fue puro traqueteo y polvo. La madera gemía como si protestara. Cada bache era un golpe que subía por la espalda hasta la garganta. Martín apretó la mandíbula y miró por una rendija del mundo: huertas, lomas, hombres a pie, arrieros con recuas, alguna mujer con un niño dormido en el rebozo; gente que caminaba no por paseo sino por necesidad, como si el país entero estuviera en tránsito.

En la primera posta todo se volvió procedimiento: bajar, estirar las piernas, beber agua tibia, cambiar el tiro con una eficacia seca. El cochero dijo, casi sin levantar la voz:

—Aquí conviene no hacerse notar.

No era consejo: era diagnóstico.

Martín vio el patio: el barro pisoteado, el olor a sudor y a bestia, los ojos de algunos hombres que miraban demasiado y los de otros que no miraban nada. Pensó en España. Pensó en el mismo gesto repetido en otro continente: en las ventas, en las paradas, en esos lugares donde uno sabe —sin que se lo expliquen— que el peligro siempre está a dos curvas.

Aquí, desde Espronceda, uno aprende a mirar esas paradas con otra paciencia. No por romanticismo, sino porque aquí “la casa” es un cuerpo. No es una cosa: es una forma de estar en el mundo. La casa no se abandona; se deja, en todo caso, al cuidado de alguien, como se deja a un anciano o a un niño. La casa mira. La casa sabe. Y cuando uno la cruza por última vez sin saber que es la última, algo queda abierto como una puerta mal cerrada. Martín no lo sabía entonces, pero su casa —su casa de piedra y humo— iba a seguir viviendo sin él, y ese hecho simple, doméstico, terminaría persiguiéndolo más que la pólvora.

La diligencia, vista de cerca, no tenía nada de elegante. Era una caja de madera reforzada con herrajes, alta sobre sus ruedas para no morder tanto el lodo; un carruaje pensado para resistir, no para lucirse. Dentro, el banco era duro, y el aire se volvía una mezcla de polvo, sudor y cuero curtido. En el exterior, sobre la diligencia, lo que llamaban: baca, iban bultos amarrados con cuerdas: fardos, bolsas, algún cajón, pertenencias envueltas en manta. Todo vibraba; hasta el pensamiento vibraba. Y el viaje se medía por postas, no por leguas: cada cierto trecho —cuando los animales ya no daban más o cuando el camino lo exigía— se paraba a cambiar el tiro. A veces era una parada breve: agua, un mendrugo, un apretón de cinchas, un vistazo rápido a quién entra y quién sale. Otras, la posta era un pequeño mundo: corral, pilas de agua, paja, un cuarto con banco y mesa manchada, una olla con algo tibio si había suerte, un tenderete donde vendían pan, fruta o aguardiente, y un rincón donde se oían noticias como se oyen los cuchicheos en la iglesia: en voz baja, sin mirar a los ojos. En esas paradas uno podía encontrar de todo: arrieros que venían de lejos con cara de pocas palabras, soldados o milicianos de paso, comerciantes con prisa, viajeros con miedo y viajeros con secretos. Y, sobre todo, podía encontrarse la misma regla: no hacerse notar, no preguntar demasiado, no mirar demasiado.

Reanudaron. La diligencia volvió a ser esa caja viva que avanza a golpes. En el camino, la conversación de los otros viajeros aparecía y se cortaba como un hilo que teme romperse:

—En Europa ya no manda igual el rey…

—Cortes… Constitución… ¿A dónde van allá… y aún peor, a dónde vamos acá?

—Que el mundo se está llenando de cosas nuevas… y yo no entiendo.

—Esto no puede ser bueno. No lleva a nada bueno…

Martín escuchaba sin participar. Esas frases no eran teoría: eran humo que sale de una casa antes de verse el incendio. Le incomodaba admitirlo, pero el rumor del mundo lo seguía. Había cruzado el océano para apartarse de una guerra, y sin embargo la guerra —o algo parecido— viajaba también en las palabras.

Cuando el día empezó a caer, hicieron una parada corta. Comieron sin gusto: pan, carne, agua. Martín miró el cielo. En Navarra, la noche tenía otra frialdad, otra claridad. Aquí la oscuridad parecía tibia, como si el aire no se atreviera a enfriarse del todo. De pronto lo golpeó una nostalgia rápida y punzante: no por lo que había sido, sino por lo que había perdido sin darse el derecho de llorarlo.

Hay una pobreza que no se confiesa. En Navarra no siempre se dice “pobreza”. Se disfraza de prudencia, de austeridad, de orgullo. Se come con pan duro y se calla. Se hereda como se hereda el modo de cerrar las ventanas en invierno. Martín venía de una casa donde las cuentas no daban, y donde el honor era a veces la manera más elegante de no nombrar la necesidad. A veces, salir no es ambición: es respiración.

La segunda etapa hacia Arroyo Zarco se volvió más silenciosa. No porque faltara gente, sino porque la gente se cuidaba. El silencio tenía su propio idioma y Martín empezaba a entenderlo: un país tenso aprende a hablar sin hablar. Y cuando los silencios son más elocuentes que las palabras, la inquietud no baja: crece.

Hubo un tramo estrecho, una garganta del camino donde las sombras se juntaban como si fueran una emboscada preparada por el paisaje. El cochero hizo un gesto brusco: nadie debía asomarse. La diligencia bajó la velocidad. Las ruedas parecían demasiado ruidosas. Martín sintió el reflejo viejo —el de España—: la mano buscando un arma que no estaba. No era miedo de morir; era miedo de morir sin comprender por qué, o de qué lado estaba uno, o si había lados.

Los que no han visto una guerra creen que el valor es una línea recta. Los que la han visto saben que el valor se quiebra, se recompone, se mancha. Martín no salió de España por falta de amor a su tierra: salió porque había empezado a desconfiar de la parte de sí mismo que se endurecía demasiado fácil, de la parte que, bajo el pretexto de una causa, aceptaba la violencia como costumbre. Y cuando uno descubre eso, el heroísmo se vuelve una palabra peligrosa: puede salvarte o puede condenarte.

No ocurrió nada. La amenaza no cobró, pero dejó su marca.

Llegaron a Arroyo Zarco ya entrada la noche.

La posada olía a paja y a cansancio. Había un patio para animales, una lámpara que no alcanzaba a iluminarlo todo, y un murmullo de voces como de gente que se finge tranquila. Martín bajó, estiró la espalda y sintió, con una claridad extraña, que el descanso era apenas un préstamo: en el camino, todo lo que se da se cobra después.

Pidieron un rincón discreto. Se acomodaron. Costilla parecía no tener prisa; Martín sí, aunque en el fondo reconocía que no sabía bien de qué tenía prisa, o si lo que apuraba era el corazón.

Fue entonces cuando la conversación —la que venía subiéndole desde hacía días— se le abrió paso. No era curiosidad. Era una necesidad íntima: ponerle nombre a lo que lo estaba mordiendo por dentro.

—Padre… —dijo al fin, en voz baja, como si las paredes pudieran delatarlo—. ¿Qué impresión tiene usted de lo que está pasando?

Costilla lo miró con esa atención que no juzga de inmediato. No respondió enseguida. Martín sintió el silencio como una balanza.

—¿Se refiere a Nueva España… o al mundo? —preguntó Costilla.

—A todo —dijo Martín—. En el camino se oye inquietud. La gente habla como si ya no tuviera claro el futuro del reino, como si ya no supiera si se puede seguir siendo monarquía. Como si el siglo… empujara en otra dirección.

Costilla exhaló una especie de risa mínima, sin alegría.

—No se equivoca. Este inicio de siglo viene cargado de cambios, de una transición —dijo—. Del absolutismo al liberalismo, le llaman. Suena limpio… pero no lo es.

Martín bajó la mirada. “Absolutismo”, “liberalismo”… palabras nuevas que, sin embargo, le recordaban una cosa vieja: el momento en que el suelo se mueve bajo los pies y uno descubre que no hay lugar seguro; sólo lugares donde la caída es más lenta.

Costilla continuó:

—En Europa, las monarquías siguen. Pero ya no como antes. Se discute el poder real. Se intenta limitarlo. Aparecen parlamentos, constituciones. Y con eso… una idea peligrosa para los de siempre: que la soberanía no sea del rey, sino de la nación. Soberanía nacional.

“Soberanía nacional.” Martín sintió que esa frase le tocaba un nervio. En España la había oído como consigna; aquí, en boca de un sacerdote viajero, sonaba más grave: como una fuerza que tarde o temprano iba a buscar cuerpo.

—¿Y aquí? —preguntó Martín.

Costilla miró hacia un punto del cuarto, como si viera lo que no estaba a la vista.

—Aquí todo llega mezclado: ideas, miedos, ejemplos. Pero llegan también las cadenas viejas. La gente escucha, comenta, duda. Y a la vez teme, como siempre ante lo desconocido. Porque el poder aquí no es sólo rey: también es virrey, es ejército, es costumbre. Es una red. Complicada.

Martín sintió un calor súbito en la cara, como una vergüenza. Porque “red” era una palabra exacta para describir lo que él mismo había vivido: redes familiares, redes de honor, redes de obediencia. Redes que sostienen… y también aprietan.

—Entonces… —dijo, casi sin quererlo— ¿monarquía o no?

Costilla lo miró de frente.

—Predomina la monarquía. Pero no necesariamente absoluta. Y ahí está el conflicto. Unos querrán una monarquía limitada, constitucional. Otros querrán ir más lejos. Y otros querrán que nada cambie.

Martín apretó los dedos sobre su propia rodilla, como si quisiera anclarse. De pronto comprendió que no era el mundo lo que lo inquietaba, sino su lugar en el mundo. Había salido de una guerra, sí, pero no había salido de sí mismo.

Y entonces, como si alguien abriera una compuerta, las preguntas que llevaba semanas evitando se le vinieron encima, una tras otra, sin darle tregua.

¿Por qué había venido a la Nueva España?

Podía decirse la respuesta limpia: por destino, por orden, por consejo; por el llamado del Obispo, por el “porvenir” prometido, por un puesto, por una salida. Podía decirse incluso con un cierto orgullo: por servir, por rehacer vida, por cumplir.

Pero dentro de él la respuesta no era limpia. Dentro, la respuesta era un nudo.

Aquí, con los años, uno aprende a distinguir entre obedecer y refugiarse. Hay obediencias que son dignidad; hay otras que son miedo con buenos modales. Martín pronunciaba “el Obispo” como quien pronuncia una autoridad, pero debajo de esa palabra había otra: alivio. Alivio de no decidir a solas. Alivio de que alguien le diera un camino cuando el suyo se había vuelto un laberinto.

Había abandonado la guerra en España. Había dejado su patria invadida y bajo tutela ajena. Había dejado la guerrilla, el barro de los caminos navarros, la rabia de ver al invasor y la humillación de sentir que la tierra propia se volvía campo ajeno. Había dejado el riesgo —sí—, pero también había dejado algo que se parecía demasiado a una fe.

¿Había hecho bien?

¿Había sido cobarde?

La palabra “cobarde” le quemaba por dentro. No quería pronunciarla, porque sabía que, una vez pronunciada, se vuelve una sombra que se sienta contigo en cada mesa.

Recordó Espronceda. Recordó la casa. Recordó el peso de lo cotidiano: una economía frágil, una familia que mira al hijo como se mira a quien puede sostener una viga antes de que la casa se venga abajo. Recordó el cansancio de la pobreza, esa pobreza que no siempre es miseria visible, pero que se mete en la sangre como una prudencia triste: no arriesgues demasiado, no provoques, busca el camino seguro.

¿La situación económica de su casa lo había forzado?

¿Había sido cómodo hacer caso al Obispo y dejarla?

Esa pregunta le dolió de un modo particular, porque era una pregunta contra su orgullo. No era lo mismo decir “obedecí” que decir “me refugié en la obediencia”. Obedecer, a veces, es un modo elegante de no decidir.

Y sin embargo… ¿qué otra cosa había podido hacer?

En España, la guerra no era sólo heroísmo: era hambre, era miedo, era el vecino delatando al vecino, era la violencia como costumbre. Martín había visto demasiado. Había sentido el filo de esa guerra que, incluso cuando te da un motivo, te roba el alma por partes.

Pero también había sentido algo que le era difícil admitir: cansancio. Cansancio de pelear por una idea cuando lo que tenía delante era barro, sangre y gritos. Cansancio de vivir con el corazón siempre a punto de romperse. Había sentido que el cuerpo no siempre alcanza para la épica.

Y entonces la duda más honda:

¿Volvería algún día a Espronceda?

Esa pregunta no era política; era amor. Y por eso dolía más. Porque volver no era sólo regresar al mapa: era recuperar un pedazo de sí mismo que había dejado allá, entre piedra y viento, como quien deja una prenda en una casa a la que teme no regresar.

Y luego apareció la pregunta que nunca se había permitido hacer con honestidad:

¿Estaba dispuesto a amar este nuevo país?

No la “Nueva España” como palabra oficial. No la colonia como destino administrativo. Sino la tierra real: sus olores, su luz, su gente, su dolor. ¿Podía Martín amar un lugar al que había llegado empujado por necesidad, obediencia, conveniencia? ¿O su corazón iba a quedarse siempre en Navarra, congelado en la forma exacta de un recuerdo?

Hay una pregunta que no se responde con ideas: “¿puedo amar esta tierra?” Amar no es jurar, ni agradecer, ni justificarse. Amar es dejar que el lugar se te meta en el cuerpo. A Martín le faltaba aún ese tiempo: el tiempo de permitir que la luz mexicana le cambiara el ojo… o de resistirse a que se lo cambiara.

Sintió que la garganta se le cerraba. Se obligó a hablar, porque si no hablaba, el silencio se lo iba a comer.

—Yo creí… —dijo, y la sinceridad lo sorprendió como una traición a sí mismo— que al dejar España encontraría paz.

Costilla no se movió. Sólo dejó que la frase tuviera su peso. Martín se sintió expuesto, como si hubiera mostrado una herida bajo la camisa.

—La paz —respondió Costilla al fin— no siempre está en la distancia. A veces está en el modo en que uno aprende a mirar lo que le toca vivir.

Esa frase no lo consoló. Lo enfrentó.

Porque Martín comprendió, con una claridad que asusta, que su decisión tenía límites y consecuencias. Había querido salir de un incendio, y ahora estaba en otro cuarto donde el humo empezaba a entrar. Había querido salvar su vida, su futuro, quizá el de su familia; pero al hacerlo había puesto en juego otra cosa: la propia idea de sí mismo.

¿Quién era él si no era el que resistía?

¿Quién era si no era el que volvía?

El patio crujió con el movimiento de los animales. Alguien rió en algún rincón. La vida seguía, indiferente. Pero dentro de Martín algo se movía con violencia silenciosa: una conciencia nueva, incómoda, que ya no lo iba a dejar en paz.

—Entonces… —preguntó, y su voz salió más baja— ¿qué cree usted que pasará?

Costilla tardó un instante, como si midiera el daño que una respuesta puede causar.

—Pasará lo que pasa siempre cuando un orden se resiste a morir y otro intenta nacer —dijo—. Habrá debate. Habrá violencia. Habrá traiciones. Y habrá hombres que, sin quererlo, se verán obligados a elegir.

Elegir.

La palabra le cayó encima como un golpe.

Porque Martín ya había elegido una vez: apartarse de la guerra de España. Y ahora, en esta tierra nueva, el mundo parecía prepararle otra elección —más difícil—, porque aquí no tenía recuerdos propios que lo defendieran, sólo una intuición y una culpa.

Se quedaron en silencio.

Afuera, el viento movió la paja con un sonido seco. Y en ese ruido pequeño Martín creyó oír algo más grande: el crujido de un sistema que se empieza a resquebrajar sin saber todavía cómo se llama.

La noche avanzó. El descanso fue apenas un préstamo.

Durmieron en Arroyo Zarco, si a eso se le puede llamar dormir. La posada tenía el sueño cortado: el paso de alguien en el corredor, un relincho en el patio, el roce de la paja, el golpe de una puerta que no ajusta. Martín, acostado sin comodidad, miró la oscuridad como quien mira una pared. Costilla no insistió en hablar; quizá entendió que, en ciertas noches, cualquier palabra es una intrusión. Afuera, el mundo seguía haciendo sus ruidos como si nada hubiera pasado, como si las preguntas de un hombre no fueran asunto de nadie.

Al amanecer volvieron al camino. Había luz, pero no alivio. Partieron hacia Querétaro y, durante toda esa jornada, Martín enmudeció. No fue un silencio de cortesía; fue un silencio de fondo, como una piedra en la boca. Respondía lo indispensable con un gesto, con un “sí” apenas dicho, con una mirada que pedía que no le preguntaran más. Iba sentado con el cuerpo presente y la cabeza en otro sitio.

La diligencia avanzó entre paradas y polvo, entre el chirrido de los herrajes y el resuello de los animales. En alguna posta bebieron agua, mordieron pan, escucharon una frase suelta sobre caminos peligrosos y otra sobre lo que se comenta en las ciudades; y Martín lo oyó todo como si lo oyera desde lejos. Ya no estaba en la discusión del mundo, ni siquiera en la conversación. Estaba dentro de sí.

Se habló por dentro con una dureza que no se permitía en voz alta. Se preguntó lo mismo una y otra vez, como si el trayecto pudiera darle una respuesta: si había sido cobarde, si había sido prudente, si había elegido por amor a los suyos o por alivio propio; si el Obispo le había dado un camino o si él se había escondido en ese camino. Se preguntó, con una punzada casi física, si una casa puede perdonar a quien la deja. Y se preguntó si él —Martín— podría perdonarse alguna vez.

Costilla lo miró en más de una ocasión, pero no lo apuró. Y ese respeto, lejos de tranquilizarlo, le confirmó que su silencio era verdadero, que no era un capricho del cansancio sino un trance: la mente ajustando cuentas con lo que había hecho.

Llegaron a Querétaro por la noche. Las sombras de la ciudad se les ofrecieron como una promesa y una advertencia. Martín bajó de la diligencia con el cuerpo molido y la boca cerrada, como si temiera que, al hablar, se le saliera algo que aún no estaba listo para tener forma.

Y el siglo —joven pero paciente— siguió acercándose a una nueva realidad.

 

5 comentarios en “Capítulo 27 — Polvo, postas y presagios”

  1. ROSA MARTHA LÓPEZ RUIZ CABAÑAS

    Muy interesante esta historia. Me resuena a lo que hoy vivimos. Escribes. «Martín creyó oír algo más grande del crujido de un sistema que se empieza a resquebrajar sin saber todavía, como se llama.»
    Martín se habla con una dureza al tomar esa decisión de venir a la Nueva España y se pregunta, si alguna vez se podría perdonar.
    Qué historia!!! Me encanta. Gracias

  2. Preciosa descripción de la lucha interna, de la conciencia y consciencia de la realidad propia y ajena. Qué bien expresas sus sentimientos sobre el remordimiento! ¿Se autoperdonará?

    Me ha gustado también cómo expresas el horror de la guerra. Me ha recordado a los desastres de la guerra que pintó Goya. «La tierra propia se vuelve campo ajeno.» Pues sí, ayer, hoy y siempre igual.

    Me encantan las ilustraciones, muy buen gusto. También intuyo que tienes buen gusto en el paladar tal y como describías los nuevos olores y sabores que descubrió Martín. Y deduzco que tu olfato no tiene nada que envidiar al de los roedores de la Barranca. Valdrías de sumilier y catador de quesos.

    Un apunte sobre la sintaxis. Cuando Costilla habla sobre el poder, termina el párrafo: «Es una red. Complicada.» Me ha descolocado, tal vez una coma en lugar de punto, o una sola frase sin pausa si la red es complicada. Si lo complicado es el poder, entonces en masculino.
    Como soy un ratón de biblioteca, me he maravillado al descubrir cómo es la Biblioteca Palafoxiana de la Puebla de Los Angeles. Tiene el título de la UNESCO de Registro de Memoria del Mundo. Fundada por otro obispo navarro, de Fitero, hijo del marqués de Ariza. Primera Biblioteca de América abierta a todos los públicos, con lo mejorcito publicado en todos los saberes en Europa y América. 50.000 volúmenes y manuscritos, 9 incunables anteriores al año de 1.500.

    La Revolución francesa inventó la guillotina, rodaron cabezas para acabar con el absolutismo. ¿Qué vino? Supernapoleón, pero no como rey, sino emperador. Liberté, égalité, fraternité, ou… morte. No quedó ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad. Constitución, Liberalismo… Sí la muerte y cuatro guerras fraticidas en cien años. En Hispanoamérica el caldo de cultivo ideal para independizarse.

    1. Muchas gracias por tu comentario Javier!!, anima mucho el trabajo de escribir con lectores como tu. Gracias por la corrección, creo que tienes razón… hay veces que lo que me suena bien, no es correcto aunque uno quiera. Gracias!!

  3. Gracias Benjamín
    La historia va cambiando según uno va leyendo, que bonito Querétaro
    Me dejas a la espera del siguiente capítulo. GRACIAS!!!
    Un abrazo, Maestro

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