Capítulo 34
Un mundo a escala: Memoria de un México perdido
Nada ocurrió de una sola vez.
Con los años, la memoria acostumbra a enderezar lo torcido. Le pone fechas precisas a lo que no las tuvo, limpia lo que fue turbio y cuenta las ruinas como si hubieran empezado una mañana exacta: una última llave girando en la cerradura, una persiana que baja para no volver a subir, un silencio repentino donde antes hubo voces, golpes de banco y metal vivo. Pero no fue así. Lo que vino para Alfonso en los primeros años de la década de 1970 no tuvo la nitidez de los finales, sino el desgaste de las cosas que se van estrechando poco a poco. Fue una época larga e ingrata, hecha de retrocesos, tanteos, alivios breves y amenazas nuevas. No una derrota de un solo golpe, sino una suma de renuncias administradas día con día.
La fábrica de rifles calibre .22, tal como él la había levantado, dejó de sostenerse. Habían cambiado demasiadas cosas a la vez: el mercado, los permisos, las posibilidades reales del negocio, el humor del país y, sobre todo, el aire de un tiempo que parecía empujar todo hacia otra parte. Alfonso tardó en aceptarlo. No porque no lo viera, sino porque los hombres hechos a sí mismos rara vez creen, a la primera, que el mundo que los formó ha empezado a retirarse sin pedirles permiso.
Lo más duro no fue entenderlo. Lo más duro fue empezar a actuar como si aquello fuera verdad.
El cierre de la fábrica de armas lo golpeó con una fuerza que no por esperada fue menor. Desde años atrás había aprendido a desconfiar de la estabilidad de aquel negocio, no sólo por lo delicado que era fabricar armas en cualquier circunstancia, sino porque el país mismo venía descomponiéndose de una manera que ya no admitía engaños. Algo se había roto en México desde 1968, y no se había roto en silencio. Aquel 2 de octubre no fue únicamente una matanza ni el acto final de brutalidad estatal contra un movimiento estudiantil: fue también la fecha en que el régimen dejó de parecer invulnerable y empezó a revelar, incluso para quienes durante mucho tiempo habían preferido no verlo, el miedo que le tenía a su propia sociedad. México nunca volvió a ser el mismo.
Lo que siguió fue una mezcla amarga de simulación, orgullo nacional herido y descontento creciente. Diez días después de la matanza, el país inauguró unos Juegos Olímpicos que debían mostrar al mundo una nación moderna, hospitalaria, capaz de organizar una fiesta global con orden y entusiasmo. Y lo hizo. La televisión, todavía incipiente pero ya poderosa, y una prensa mayoritariamente domesticada levantaron aquella escenografía: un México alegre, limpio, juvenil, colorido, en paz consigo mismo. Debajo de esa imagen, sin embargo, seguía latiendo la noticia verdadera: la de los muertos, la de los desaparecidos, la de los gritos callados a golpes, la de los argumentos enterrados bajo el peso del miedo. Aquellos juegos sirvieron, para buena parte del país, como bálsamo y como velo. Se celebró la entrada de México al escaparate del mundo al mismo tiempo que se obligaba a olvidar, siquiera por una temporada, el precio de aquella apariencia.
Pero el malestar no había desaparecido. Se había quedado ahí, fermentando. Las universidades entraban en huelga con una frecuencia cada vez mayor; los grupos de oposición informal, dispersos y mal vistos por el poder, comenzaban a hacerse visibles; la juventud quería participar, discutir, disentir, y pedía algo que durante décadas había sido casi una insolencia en la vida pública mexicana: democracia. También pedía libertad, otra palabra que el régimen admitía sólo mientras no pusiera en riesgo el decorado. La gente empezaba a cansarse del PRI, de su corrupción ya inocultable, del presidencialismo omnímodo, de aquella costumbre antigua de mandar sin escuchar y de decidirlo todo desde arriba como si el país entero fuera una prolongación dócil del escritorio presidencial. El largo camino mexicano hacia la democracia comenzó allí, o al menos allí tomó una forma más visible, y no empezó sin costo, sino entre golpes, miedo y agravios que tardarían muchos años en asentarse del todo en la memoria nacional.
Ni siquiera la euforia del Mundial de 1970 logró ocultarlo por completo. Aquel día, cuando el presidente apareció en la inauguración y recibió la rechifla unánime de más de cien mil personas, ocurrió algo profundamente revelador: por un instante, un país acostumbrado a callar se puso de acuerdo en una sola cosa. El hombre más poderoso de México había conseguido unir a todos, sí, pero no en torno a su autoridad, sino en su repudio. El relevo presidencial no trajo alivio. El dedazo había recaído en una figura todavía más sombría, directamente asociada con la maquinaria represiva de 1968, y la nueva administración confirmó muy pronto que no llegaba para rectificar nada. En 1971, otra explosión de violencia cayó de nuevo sobre los estudiantes y volvió a dejar muertos en las calles. Era la confirmación, para quien quisiera verla, de que el régimen prefería repetir el crimen antes que ceder un ápice de control.
Al día siguiente, el cierre se volvió definitivo.
Aunque Alfonso lo había sospechado, aunque desde tiempo atrás venía preparándose en su imaginación para ese desenlace, el golpe no dejó de ser brutal. Lo fue para él y, a través de él, para todos los suyos. No porque la familia viviera entonces en una holgura que el cierre viniera a destruir de pronto, sino porque aquella clausura tocaba algo más hondo: el orgullo, la continuidad, la idea misma de sostener una casa desde un oficio al que se le habían entregado años, inteligencia, carácter y una parte entera de la vida. De un día para otro, aquello que durante mucho tiempo había sido el centro material y simbólico de su mundo quedó suspendido, como si alguien hubiera retirado el suelo y aun así exigiera seguir de pie.
Fue entonces cuando las frases sombrías, ya conocidas en la familia, encontraron un motivo mayor para repetirse. El pesimismo que desde antiguo rondaba a Alfonso empezó a caer sobre la casa con más ímpetu, convertido unas veces en sentencias casi teatrales y otras en pronósticos tan negros que rozaban lo absurdo. Decía que quizá acabarían pidiendo limosna para sobrevivir. Se lo decía a los hijos. Lo decía como si estuviera viendo venir una ruina absoluta. Pero en la práctica el derrumbe no se manifestó del modo en que él lo anunciaba. Había otras entradas, otras maneras de sostener la vida, y la familia llevaba ya tantos años instalada en una austeridad casi natural que el cierre de la fábrica alteró menos de lo que sus palabras hacían suponer. En la mesa no hubo abundancia que perder. En la casa no desapareció ningún lujo, porque casi no los había. El golpe fue real, sí, pero su zona de destrucción estuvo más en el ánimo que en las costumbres.
Los hijos, que lo oían hablar de catástrofes con la insistencia de quien se escucha a sí mismo al borde del abismo, terminaron por desconfiar un poco de aquellas profecías. A fuerza de oírlo anunciar lo peor, habían aprendido a no creer del todo en su desesperación. No porque no lo quisieran ni porque no advirtieran su sufrimiento, sino porque conocían también el otro mecanismo que operaba en él: esa manera de dramatizar la amenaza, de nombrar la caída como si el mero hecho de exagerarla le permitiera dominarla un poco. El truco, con el tiempo, se volvió visible para todos. Aun así, nadie confundía esa exageración con frivolidad. Había dolor verdadero detrás de aquellas frases, aunque no siempre el desastre tuviera las dimensiones que él le atribuía.
Lo primero que hizo fue despedir a casi toda la plantilla. No había manera de sostener la estructura que había tenido la fábrica en otros tiempos. Se quedó sólo con dos o tres de los más experimentados, hombres en los que confiaba por su capacidad, por su antigüedad y por esa lealtad sobria de quien ha trabajado mucho tiempo junto a otro y conoce el espesor de sus silencios. No cerró del todo la puerta a una reapertura futura. Más bien dejó la empresa en una especie de espera, como un cuerpo reducido a sus órganos esenciales mientras su dueño pensaba qué podía salvarse, qué podía transformarse y qué nuevo camino podía abrirse allí donde, en apariencia, sólo quedaban restos. La vieja fábrica, disminuida y casi en suspenso, empezó entonces a convertirse en otra cosa.
Fue en ese punto cuando Alfonso decidió incursionar en la construcción de juguetes. No lo hizo como quien cambia de oficio por entusiasmo, sino como quien busca una salida para enfrentar una etapa nueva sin traicionarse del todo. Si ya no podía sostener la fábrica como la había conocido, todavía podía sostener algo de sí mismo en el taller: el gusto por las máquinas, la paciencia del oficio, la alegría de resolver problemas con las manos. De esa necesidad nacieron, en los meses y años que siguieron, varios intentos de reconversión que no dieron a la familia la prosperidad que quizá soñó, pero que dejaron una huella profunda en la casa, en los hijos y en la memoria material de aquel tiempo.

El primero de esos intentos fue un automóvil extraordinario. Medía entre cuarenta y cincuenta centímetros de largo y estaba hecho casi por entero de metal. Alfonso lo había concebido a la manera de un coche antiguo, inspirado en aquellos Stutz de principios de siglo que todavía conservaban algo de carruaje elegante y algo de máquina orgullosa. Era, sin exageración, un objeto bellísimo. No un juguete improvisado ni una ocurrencia de emergencia, sino una pieza trabajada con paciencia, inteligencia mecánica y un gusto minucioso por el detalle.
Años atrás, Alfonso contaba que, siendo niño, había fabricado uno parecido con los recursos precarios de entonces: hoja de lata, herramientas elementales y una imaginación empeñada en suplir lo que no había. Aquel coche rudimentario se conducía por medio de hilos, casi como una marioneta. La dirección respondía a ese sistema sencillo y maravilloso, nacido más del ingenio que de la técnica. Pero ahora las cosas eran distintas. Aunque la fábrica hubiese entrado en una etapa incierta, seguía teniendo a su alcance un mundo de máquinas, materiales y procedimientos que le permitían llevar aquella vieja intuición infantil mucho más lejos. Ya no trabajaba con la fragilidad de una lámina delgada y unas tijeras de mano, sino con calibres mayores, soldaduras más firmes, herramientas más precisas y toda la experiencia acumulada de tantos años de taller.
El pequeño automóvil fue naciendo así, no como una nostalgia, sino como una segunda oportunidad de perfeccionar un sueño antiguo. Alfonso diseñó una dirección mucho más eficaz y sustituyó los hilos de la infancia por una solución más elegante: una varilla larga, terminada en un gancho que se engarzaba en el volante del cochecito. Esa varilla remataba en un doblaje perpendicular, forrado de madera, que permitía manipular el vehículo casi a un metro de altura. Quien lo llevaba podía caminar detrás de él y sentir, de algún modo, que realmente lo conducía. El efecto no era menor. No se trataba sólo de empujarlo, sino de gobernarlo, de verlo obedecer, de sentir en miniatura el misterio de una máquina viva.
Todo en aquel automóvil hablaba del gusto de Alfonso por las soluciones completas. Con la rectificadora-fresadora fabricó moldes para piezas plásticas de inyección, entre ellas los rines de rayos que debía llevar un coche de aquella época. No se conformó con que fueran funcionales: quiso que fueran hermosos. Eligió colores que evocaban los acabados de madera barnizada que tantos autos antiguos simulaban o llevaban realmente en algunos detalles. También construyó un molde para vulcanizar llantas pequeñas, admirables, que montadas sobre aquellos rines reproducían con asombrosa fidelidad el aspecto de unas verdaderas. Con fleje, de ese que entonces se usaba para cerrar empaques, fabricó los muelles. Aprendió, además, a pintar con técnicas que daban a la carrocería una presencia casi real: brillo, profundidad, matices, la dignidad material de un automóvil verdadero reducido a escala.
Y no se detuvo allí. Le puso faros de gota. Le añadió un radiador de plástico que simulaba con precisión el original. Ajustó proporciones, remates, perfiles. Todo estaba pensado para que el objeto no fuera una caricatura de automóvil, sino un automóvil en miniatura, con alma de máquina y no de baratija. Cuando se le veía avanzar, guiado por aquel bastón ingenioso que se prendía al volante, con la dirección respondiendo, las ruedas girando, las llantas asentándose bien sobre el piso y los muelles haciendo visible su trabajo, el efecto era fascinante. No sólo se veía bonito: se entendía cómo funcionaba.
Pero el coche de Alfonso era demasiado hermoso, demasiado pesado, demasiado mecánico para el mercado que empezaba a imponerse. En esos años, las jugueterías y los escaparates comenzaron a llenarse de otra clase de objetos: juguetes de plástico, producidos por miles, más baratos, más ligeros, más ruidosos, sostenidos además por una publicidad nueva y avasalladora. En los espacios infantiles de la televisión, entre caricaturas, concursos y programas hechos para retener a los niños frente a la pantalla, se repetía hasta el cansancio qué debían pedirle a Santa Claus, qué debían desear, qué objeto garantizaba la felicidad navideña. Era un mercado ya no sólo de fabricación, sino de persuasión. El juguete triunfante no era necesariamente el mejor hecho, ni el más ingenioso, ni el más durable, sino el más repetido, el más visible, el más anunciado.
Frente a eso, el automóvil de Alfonso parecía venir de otro mundo. Exigía una atención distinta. No apelaba al sobresalto instantáneo ni al capricho de una moda. Pedía curiosidad, paciencia, gusto por el mecanismo, cierta disposición a maravillarse no sólo con la forma, sino con el funcionamiento. Era un juguete para manos que quisieran entender, no sólo poseer. Y los niños a quienes empezaba a dirigirse el mercado ya estaban siendo educados para otra cosa. Aquel coche, metálico, grande, refinado, era una pieza admirable, pero llegaba a un tiempo que empezaba a perder el gusto por esa clase de admiración.
No tuvo el éxito que Alfonso había imaginado. No encontró un lugar verdadero en un mercado dominado por el plástico, la repetición industrial y la promesa televisiva de una felicidad fácil. Pero en la casa aquel automóvil significó mucho más que un intento fallido de venta. Fue la prueba de que Alfonso no sabía rendirse sin pelear. Fue una manera de responder al cierre, al miedo y a la reducción con lo único que nunca le abandonó del todo: las manos, la cabeza y esa forma tan suya de seguir construyendo aun cuando el mundo parecía decirle que ya no había para qué.
El segundo juguete fue todavía más sofisticado, y quizá también más revelador de la clase de imaginación mecánica con la que Alfonso se negaba a dejarse vencer. Si el pequeño automóvil hablaba de elegancia, memoria y destreza manual, esta otra invención entraba ya de lleno en un territorio más ambicioso: el de las máquinas que no sólo se mueven, sino que producen y transmiten movimiento.

En la familia había un amigo que conservaba una máquina extraordinaria, recibida años atrás de su padre. Era una pequeña máquina de vapor alemana, de la marca Wilesco, una de esas piezas finísimas en las que el juguete se acerca mucho más a un modelo funcional que a un simple objeto de entretenimiento. Aquella caldera, montada sobre una base metálica, con su volante, su cilindro y sus accesorios, tenía la capacidad de generar movimiento a partir de algo tan antiguo y tan poderoso como el vapor. El agua, depositada en un pequeño tanque, era llevada a ebullición; el vapor recorría un conducto de cobre hasta alimentar un motor de un cilindro; el émbolo entraba y salía de su alojamiento y, mediante una biela y un contrapeso, aquel movimiento alternativo acababa convertido en giro. Desde allí, la energía podía transmitirse a otras máquinas a escala, pequeñas herramientas metálicas que parecían resumir en una mesa toda la poesía del mundo industrial.
A Alfonso aquello no lo asombró como novedad, sino como reencuentro. Entendía perfectamente lo que estaba viendo, porque no conocía el vapor sólo por libros, láminas o explicaciones ajenas. En su infancia y en su juventud había visto en la realidad muchas plantas y muchos sistemas que funcionaban con calderas de vapor. Había conocido de cerca aquel principio en grande: el combustible convertido en calor, el calor en presión, la presión en movimiento, y el movimiento en trabajo. Por eso, cuando encontró ese mecanismo reducido a escala, no vio únicamente un juguete hermoso. Vio la miniatura de una época que él había alcanzado a conocer en la vida real. Y eso lo tocó de una manera más honda. Aquella pequeña máquina no le revelaba un mundo desconocido: le devolvía, en forma concentrada y admirable, la memoria de un mundo verdadero.
Tal vez por eso decidió construir la suya. No para copiar sin más aquella pieza fina de Wilesco, sino para recrear, perfeccionándola, una de las formas de belleza mecánica que más lo habían deslumbrado desde joven. Había en el vapor algo que seguía fascinándolo: la idea de que una materia aparentemente quieta pudiera, con el calor suficiente, transformarse en fuerza; que de un combustible naciera una presión invisible; y que de esa presión surgiera, casi como un prodigio domesticado, el movimiento de una máquina. Le parecía una de las expresiones más elegantes de la inteligencia humana. Y encontrar ese principio condensado en un juguete sólo hizo que se planteara hacerlo mejor, también como una suerte de homenaje a esa época que él había vivido de verdad y que empezaba a quedar atrás.
La versión de Alfonso era algo más compacta, acaso más sobria en ciertas proporciones, pero igual de hermosa y, sobre todo, mucho más eficaz. Donde aquellas máquinas apenas conseguían unos minutos de movimiento, y a veces de un modo entrecortado, más a saltos que con verdadera continuidad, Alfonso se propuso obtener un rendimiento muy superior. No quiso limitarse a reproducir el principio: quiso mejorarlo. Experimentó con distintas formas de calentar el agua. Probó una resistencia eléctrica. Probó también el alcohol sólido que entonces se vendía en latas redondas, tan usado para mantener calientes los alimentos en restaurantes de bufet. Ensayó, corrigió, volvió a probar. Como siempre, no se conformó con que la cosa funcionara; necesitaba que funcionara bien.
El resultado fue una pequeña máquina impresionante. Con unos pocos centilitros de agua en el tanque, su caldera podía trabajar entre cuarenta y cinco minutos y una hora, algo muy por encima de otros modelos que apenas lograban moverse durante tres o cuatro minutos. Y no era sólo cuestión de duración, sino de calidad del movimiento. El pequeño motor de un cilindro, con su émbolo, su biela y su contrapeso, encontraba una cadencia mucho más sostenida. Cuando el cilindro, empujado por la presión del vapor, se elevaba, el contrapeso ayudaba a devolverlo y aprovechaba la inercia para mantener la continuidad del giro. Todo aquello, en miniatura, era una lección viva de mecánica y de termodinámica.
Había en ese juguete algo profundamente afín al carácter de Alfonso. No bastaba con copiar una idea hermosa; había que entenderla desde dentro, someterla al propio juicio, mejorarla, volverla más precisa, más eficiente, más digna. La pequeña caldera decía mucho de él: de su orgullo de taller, de su inteligencia manual, de su paciencia, y también de su incapacidad para resignarse a la derrota sin antes oponerle alguna forma de invención. Allí donde otros habrían visto un objeto delicado y curioso, él vio un principio, una posibilidad, casi un viejo sueño.
Tampoco aquella pequeña maravilla fue un éxito de mercado, y por razones muy parecidas a las del automóvil. El niño mexicano de la época, moldeado por una educación pobre en curiosidad científica y casi nula en comprensión mecánica, difícilmente podía sentirse atraído por un juguete así. No era sólo que el mercado prefiriera el plástico, lo inmediato y lo vistoso: era también el reflejo de una formación deficiente, incapaz de despertar interés por el funcionamiento real de las cosas. En ese sentido, el fracaso comercial de la caldera decía algo más hondo que una simple mala venta: hablaba también de un sistema educativo sin verdadero sustento.
Fue también después de esa caldera cuando Alfonso llevó el juego todavía más lejos. En una de sus muchas exploraciones, llegó a instalarle al pequeño automóvil un motor de cuatro cilindros accionado por su propio sistema de vapor. El resultado era encantador y un poco disparatado: el coche podía moverse de una manera muy atractiva, viva, casi hipnótica, pero sin verdadero control sobre la dirección. No servía para comercializarlo así ni para conducirlo con precisión. Era otra cosa: una forma de jugar con el objeto, de experimentar con él, de ver hasta dónde podían encontrarse la memoria, la mecánica y el placer puro de hacer que algo funcionara. Alfonso era experto en gozar esa clase de juguetes. No necesitaba siempre un fin práctico para seguir probando. A veces bastaba el asombro. Bastaba la alegría profunda, casi infantil, de comprobar que una idea podía cobrar vida en las manos.
Aun así, tanto el automóvil como la caldera dejaron algo más importante que su mala fortuna comercial. En la casa quedaron como dos pruebas de la obstinación de Alfonso, de su capacidad para responder al golpe no sólo con oscuridad y malos presagios, sino también con inteligencia, memoria y belleza.
El tercer juguete fue, en muchos sentidos, el más ambicioso de todos. Si el automóvil había condensado la elegancia mecánica de un pasado artesanal, y la pequeña caldera de vapor había rescatado en miniatura la belleza de una energía que Alfonso conocía desde antiguo, el tranvía reunía algo todavía más hondo: la memoria de la ciudad, el recuerdo del movimiento ordenado de otro tiempo y la emoción de ver volver, aunque fuera por un instante, una forma de mundo que él había conocido de verdad.

Alfonso no descubrió el tranvía en la vejez ni lo miró como simple curiosidad turística. Lo había conocido desde niño. Lo había visto y usado en Querétaro, y más tarde en la Ciudad de México de los años treinta, cuando aquel modo de transporte formaba todavía parte de la vida cotidiana y no de la nostalgia. Para él, el tranvía no era una extravagancia urbana ni una reliquia pintoresca, sino una presencia familiar: el trole en contacto con el cable elevado, el avance firme sobre los rieles, el sonido particular del desplazamiento eléctrico, la dignidad silenciosa de un vehículo que parecía moverse con una lógica más limpia y más civilizada que la del tráfico que vendría después. Había sido usuario suyo durante muchos años.
Por eso, cuando en 1971 el gobierno de la ciudad decidió poner nuevamente en circulación el tranvía 0 por una parte de la Ciudad de México como atracción turística, algo se removió en Alfonso y en muchos de sus contemporáneos. Verlo avanzar otra vez no era encontrarse con una novedad, sino con una memoria en movimiento. El tranvía regresaba, y con él regresaba también una parte de la ciudad que Alfonso había conocido y amado.
En él produjo, además, una idea. Si aquel tranvía volvía a circular de verdad por la ciudad, también podía revivir en su taller, reducido a escala, con la misma fidelidad y el mismo espíritu con que él había intentado rescatar otras maravillas mecánicas que el tiempo parecía dejar atrás. Pero esta vez el desafío era todavía mayor. No bastaba con reproducir una silueta o un mecanismo aislado. El tranvía tenía que ser y funcionar como el original. Tenía que desplazarse sobre sus vías, tomar corriente desde arriba, encender luces, moverse con verdad. Para conseguirlo, Alfonso tuvo que entrar en un territorio que, aunque no le era ajeno, exigía aprendizaje adicional: la electricidad, los motores eléctricos, la transmisión del movimiento en un sistema distinto del puramente mecánico que dominaba tan bien.
Se aplicó a ello con la seriedad con que se aplica un artesano cuando sabe que está persiguiendo una obra mayor. Aprendió más, probó, corrigió, adaptó, y al final construyó lo que acaso fue el juguete más hermoso y más caro que alguna vez se vendió en México. Era una réplica exacta del tranvía 0. No una interpretación libre ni una versión simplificada, sino una miniatura rigurosa, hecha con un nivel de detalle exquisito. Tenía vías. Tenía postes. Tenía el cable elevado para el trole. El vehículo estaba resuelto con una precisión extraordinaria: ventanas que podían abrirse y cerrarse, asientos de madera cuyos respaldos permitían cambiar la dirección de la vista, luces, trole y un funcionamiento real que convertía el conjunto entero en algo más cercano a una pieza de museo que a un juguete ordinario.
Y, sin embargo, sí era un juguete. O, mejor dicho, una maravilla pensada para habitar ese territorio ambiguo donde el juguete deja de ser una cosa menor y se convierte en una obra de ingeniería en miniatura. Cuando quedaba instalado y entraba en movimiento, el efecto era deslumbrante. El pequeño tranvía avanzaba sobre sus rieles, tomaba energía del tendido superior, encendía sus luces y podía alcanzar velocidades altas. No era una ilusión estática ni una maqueta decorativa: era una reproducción viva, una evocación funcional de aquel mundo eléctrico que Alfonso había conocido en tamaño real y que ahora renacía, obediente y luminoso, dentro de una casa.
Por eso mismo, su venta no podía ser masiva. Era demasiado caro, quizá el juguete más caro que el mercado mexicano había visto hasta entonces, y además exigía algo que el juguete convencional nunca pide: instalación fija. No bastaba con entregarlo en una caja ni con ponerlo sobre una mesa. Cada venta implicaba un pequeño montaje. Los hijos de Alfonso acudían personalmente a la casa donde iba a quedar instalado y colocaban las vías, los postes, el cableado y, desde luego, el propio tranvía. Sólo entonces el conjunto adquiría su sentido completo. Era un juguete que pedía espacio, permanencia y cierto prestigio doméstico; una pieza destinada no a cualquier cuarto infantil, sino a casas capaces de recibirlo casi como se recibe una obra singular.
Se vendieron pocos, pero se vendieron los que se tenían que vender. Los precios eran altos, y sólo ciertas familias podían pagarlos. Algunas de las instalaciones terminaron en casas de los grupos más prominentes de la época, incluida la residencia presidencial de Los Pinos. Allí, como en otras pocas casas privilegiadas, el tranvía de Alfonso quedó funcionando no sólo como entretenimiento, sino también como emblema: un objeto raro, refinado, técnicamente admirable, que hablaba a la vez de lujo, de memoria y de una forma de ingenio mexicano que no siempre encontraba mercado amplio, pero que cuando encontraba interlocutores dejaba una impresión imposible de olvidar.
A diferencia del automóvil y de la pequeña caldera de vapor, cuyo destino comercial estuvo más cerca de la incomprensión que del reconocimiento, el tranvía sí encontró un lugar, aunque fuera reducido y exclusivo. No conquistó el mercado popular ni llenó jugueterías, pero logró algo distinto: convertirse en una pieza deseada por quienes podían apreciar su singularidad y pagarla. Era, en el fondo, el mismo drama de los otros inventos, sólo que resuelto de manera menos amarga. Alfonso seguía produciendo objetos demasiado complejos, demasiado bellos, demasiado bien hechos para un mercado dominado por la repetición y la baratura; pero en este caso esa misma excepcionalidad jugó a su favor. Lo que impedía venderlo en masa lo volvía valioso para unos pocos.
Y quizá allí estuvo la victoria secreta de ese tercer juguete. No sólo porque le dio a Alfonso una salida económica más digna dentro de la reconversión de su taller, sino porque le permitió llevar hasta el extremo una de sus intuiciones más profundas: que la ingeniería también podía ser memoria, y que un juguete, cuando se hacía con verdad, podía conservar intacta la emoción de una época desaparecida. En ese pequeño tranvía eléctrico, con sus rieles, su trole y sus luces, Alfonso no estaba vendiendo únicamente una miniatura admirable. Estaba poniendo en movimiento, una vez más, el mundo que había amado.
Más que una salida económica, aquellos juguetes fueron también la manera en que Alfonso enfrentó el México nuevo que se abría ante él sin haberlo pedido. No sólo desaparecían oficios, máquinas y formas de trabajo que él había conocido bien; también se alteraban las maneras de convivir, la autoridad, los hábitos y muchos de los valores que durante años habían dado estructura a la vida mexicana. El país avanzaba con rapidez hacia la modernidad y hacia la democracia, pero en ese avance iba dejando atrás buena parte del mundo que Alfonso reconocía como suyo. Él no supo detener ese cambio, ni habría podido, pero tampoco quiso entregarse a él sin resistencia. Prefirió hacer otra cosa: reconstruir, a escala, una parte de lo que había amado. En aquellos juguetes quedaron el vapor, el tranvía, el metal, la mecánica visible y la disciplina de las cosas bien hechas. No detuvieron el tiempo ni cambiaron el rumbo del país, pero sí conservaron, con una terquedad admirable, algo de aquel México que se estaba perdiendo; una pequeña defensa contra el olvido, una forma de decir que ese mundo había sido real, había sido hermoso y todavía podía, al menos por un instante, volver a ponerse en movimiento.









Gracias Benjamín, precioso capitulo
La Constancia de Alfonso es Admirable, sí señor: su mundo va cambiando y él revive el pasado con sus magníficos Inventos.
Un capítulo estupendo que de seguro será el preámbulo del siguiente.
A la espera del mismo te deseo un buena Semana Santa.
Ponte un abrazo