Capítulo 28 — La sombra en el espejo de un sueño cumplido

Un ejercicio personal

Espronceda, febrero de 2026

Perdona, querido lector, pero este capítulo es, en sí, un ejercicio personal muy complicado. Para escribirlo he tenido que pensar durante muchos días y, más profundamente, muchas noches; no de tiempos recientes, sino quizá de una buena parte de mi vida. En el intento de entender una parte del alma propia tratando de entender el alma de Alfonso, no ha resultado fácil nunca.

Debo reconocer —sin rodeos— que este ejercicio me ha costado muchas lágrimas y un nudo constante en la garganta; no sólo al escribirlo, sino también al pensarlo tantas noches, tantos días, intentando comprender mi propia existencia, mis propias falencias y las cargas emocionales, porque es un ejercicio que tiene que pasar por tantos y tantos recuerdos de una vida que empieza a ser larga y que descubre que aún hay cadenas que romper y sentimientos que superar.

Necesito confesarlo porque callarlo quizá me impediría hablar con la autenticidad que quiero para este libro y que merecen mis lectores. De modo que, más que un relato, este capítulo es un ejercicio terapéutico, tan íntimo como necesario, para poder seguir mi vida con la paz que requiero y quiero para continuar siendo yo e incluso intentar la mejor versión de mí mismo. Y añado algo más, casi como disculpa: mientras lo escribía —y todavía ahora—, cada vez que intento releerlo, me toma varios minutos relajar el alma. Te pido perdón por eso.

 

Industrias Cabañas, los sesentas

Ciudad de México, marzo de 1960

Alfonso entró a los años sesenta con una aritmética que, vista desde fuera, parecía un triunfo.

Cuarenta y tres años. Esposa y ocho hijos sanos —una fila viva, ruidosa, interminable—. Una casa propia, que ya no era promesa sino costumbre. Y, sobre todo, aquello que durante décadas había pronunciado en voz baja, como si decirlo en alto pudiera espantarlo: su sueño de hacerse industrial, de levantar algo propio con las manos, con la cabeza, con pura obstinación. Había máquinas. Había pedidos. Había horarios. Había cuentas. Había un nombre que ya circulaba con respeto entre proveedores, clientes, amigos, familia y conocidos.

Había, incluso, una cierta paz doméstica: el rumor de la mesa, el golpeteo de las pisadas infantiles, los domingos como una ceremonia de familia numerosa que se repetía con exactitud. Conchita miraba ese orden —esa marcha— como se mira un campo después de la siembra: con gratitud y con un cansancio dulce.

Y, sin embargo, algo comenzó a cambiar.

No fue un golpe. No fue una desgracia. No hubo un motivo claro que justificara lo que empezó a aparecer, como aparece la humedad en una pared: primero un punto; luego una sombra que se extiende sin prisa, hasta que un día ya está ahí, ocupando un lugar visible, imposible de negar.

A Alfonso se le endureció el carácter. No como el hombre duro de siempre —porque Alfonso siempre había sido fuerte, y su fuerza tenía algo de herramienta: servía para empujar la vida—, sino de otra manera: una dureza más seca, más filosa, menos útil. Una dureza que ya no levantaba cosas: las apretaba.

Comenzaron los malos humores extraños. Pequeños, al principio: una impaciencia sin causa, una frase áspera a destiempo, un silencio repentino donde antes había conversación. Alfonso no era hombre de silencios; cuando callaba, la casa lo notaba como se nota que falta la luz en una habitación, aunque sea de día.

También llegaron los miedos. No los miedos razonables de quien tiene ocho bocas y un negocio que depende de cada decisión, sino otros, nuevos, difíciles de reconocer en él: temores sin rostro, desconfiados, que no se dejaban discutir. Y, junto a esos miedos, un pesimismo que aparecía como una sorpresa, casi como una traición: el hombre que lo había conseguido todo por esfuerzo —todo lo que debía, todo lo que se suponía que apaciguaba el alma— empezaba a mirar su futuro con recelo, como si al doblar la esquina no hubiera continuidad, sino caída.

Lo desconcertante era precisamente eso: que no parecía haber razón suficiente. A esa nueva etapa de éxito, además, le sentaba raro —casi ingrato— que Alfonso mostrara un carácter agrio ante una vida que, sin duda, le sonreía.

Y, sin embargo, había una historia más larga debajo de esa sombra.

Porque Alfonso, en realidad, siempre había sido así, aunque la vida —en sus años de empuje— le hubiera dado una manera de disimularlo. Se decía en la familia, con esa mezcla de crueldad y cariño que tienen los dichos antiguos, que había nacido un sábado y que para el domingo ya era depresivo, tenía mal carácter y era pesimista. Era una forma de explicarlo sin explicarlo: como si su temperamento hubiera venido de fábrica, como si en él la alegría tuviera siempre que pelearse el lugar.

Trabajó mucho, eso nadie lo ponía en duda. Y el éxito a los cuarenta era más que merecido. Pero esas mismas características, lejos de suavizarse con los logros, lo volvían —en el fondo— un pesimista.

Tan pesimista que no importaba si sus augurios se cumplían o no: los decía igual, como quien deja una marca por si acaso. Y cuando el mal augurio, por azar o por simple estadística, terminaba ocurriendo, Alfonso no lo vivía como sorpresa sino como confirmación. Decía —o lo decía con la mirada— que él ya lo sabía. Que desde el principio lo había sabido.

Se decía también que esa herencia venía del lado de su madre. Que en esa rama había una inclinación a ver primero lo malo, a sospechar del futuro, a esperarlo con los brazos cruzados. Los Ruiz de Cabañas, en cambio, parecían ser optimistas. Alfonso no.

Y conforme fue creciendo, además, algo se le fue pegando al cuerpo como una preocupación diaria: una hipocondría silenciosa, en aumento. Se sentía enfermo de todo. A veces era el pecho; a veces la cabeza; a veces el estómago; a veces un cansancio sin nombre. Y cada día que pasaba, ese sentirse mal se volvía más convincente, más inevitable, como si su cuerpo hubiera aprendido a hablar el idioma del temor.

El principio de los sesenta lo encontró con el sueño profesional cumplido. Era industrial y tenía una fábrica que producía armas. Tenía clientes y vendía más de lo que podía producir.

Pero también tenía esposa e hijos que demandaban manutención y todo lo demás. Quince años de casado: un matrimonio que funcionaba mejor de lo que él mismo creía, aunque su pesimismo y su mal carácter no ayudaran demasiado.

Esa responsabilidad lo presionaba y le generaba angustia semanal: bastaba con que un cliente se retrasara, o que pagara con cheques sin fondos, para que Alfonso sintiera que el piso se aflojaba.

Los negocios, al final del día, traen sus problemas cotidianos. Alfonso lidiaba con ellos como con una guerra menor, constante: proveedores, tiempos, materiales, cuentas. También con algunos obreros difíciles, gente que no era buena y que lo hacía pasar malos ratos: el que trabajaba mal, el que provocaba problemas, el que se aprovechaba.

Todo eso —cada frente, cada asunto— fue minándole la resistencia. Y empezó a vivir con una angustia que ya no era un episodio, sino un hábito. Si no era un mal cliente que incumplía pagos, era un obrero que no cumplía o le gustaba causar problemas; era un hijo con necesidades; la suegra y la madre, que entonces ya vivían con ellos; eran los pagos de la escuela, la comida, la cuenta que vencía, el gasto que se multiplicaba. ¿Llegaría a tiempo el dinero para tanto pinche asunto?

A eso se sumaba la burocracia militar y el simple hecho de estar en un negocio sui generis: uno que fabricaba un producto no siempre bien visto. Alfonso pensaba que a alguien podía molestarle —en algún punto, algún día— que existiera una fábrica de armas; que alguien podría decidir que aquello no debía ser así.

Nada de eso ayudaba a mejorar su carácter ni a calmar su inquietud. Al contrario: la alimentaba, la hacía crecer, la volvía más áspera. Y esa aspereza, tarde o temprano, tendría límites.

Hasta que, poco a poco, una razón fue tomando forma.

El negocio de las armas, de hecho, iba más que bien. No era un taller improvisado ni un capricho: era una fábrica que respiraba con ritmo propio, con pedidos que llegaban, con trabajo que se repartía y con esa sensación —peligrosa— de que la rueda por fin giraba a favor.

Pero a Alfonso el éxito no le traía tranquilidad. Le traía, curiosamente, una nueva clase de miedo.

Porque no era lo mismo vender madera, pasturas o herramientas que comerciar con aquello que, por definición, podía volverse contra cualquiera. El solo carácter del negocio le parecía inseguro. No inseguro en lo inmediato —no hablaba de robos, asaltos o fantasmas fáciles—, sino inseguro en un sentido más profundo: como si su fábrica, por ir bien, estuviera más expuesta.

Solía contar —y no sé si lo hacía para convencerse o para asustarse— una historia que leyó un día en la página roja del periódico. Un hombre entró a la casa de una joven para exigirle sus favores; al negarse ella, el hombre disparó a quemarropa contra la familia con un revólver Smith & Wesson de varios tiros. No vio, sin embargo, al niño más pequeño —apenas de siete años— que se había escondido detrás de una puerta. El agresor salió corriendo. El niño, todavía temblando, salió tras él y, a cierta distancia, disparó casi sin pensar con un rifle “Cabañas” —la noticia lo aclaraba—. No apuntó bien, no sabía del todo cómo funcionaba un arma, pero el tiro mató al hombre de modo instantáneo: cayó como un rayo.

Resultaba profundamente anecdótico, además, que toda la familia hubiera sobrevivido a los disparos, aun siendo a quemarropa. Esa mezcla de azar, violencia y destino; pero, sobre todo, el protagonismo de su propio nombre impreso en la nota, lo angustiaba sin duda.

El mundo cambiaba. Eso se sentía en la calle, en los periódicos, en el tono con que hablaban los hombres en las esquinas y en los cafés. Los años sesenta venían con una promesa rara: no la promesa de mejorar, sino la promesa de que lo que siempre había funcionado podía dejar de funcionar de un día para otro. Y esa idea —tan abstracta para otros— a Alfonso le caía en el cuerpo como una presión.

La fábrica podía ir bien hoy, pero ¿y mañana?

No lo decía en voz alta, pero pensaba en eso como quien piensa en una grieta: se puede vivir con ella mientras no se mueva… hasta que se mueve. Y en un negocio regulado, vigilado, condicionado por permisos y decisiones que no se toman en una ventanilla común, la grieta no la marcaba el mercado: la marcaba la autoridad.

Porque al final era eso: un negocio que no dependía únicamente del trabajo, ni de la calidad, ni siquiera de la demanda. Dependía —también— de una estructura distinta, cerrada, con sus propias reglas. Las autoridades militares del país, con sus leyes particulares, con sus procedimientos que no siempre se explican, con ese modo de decidir que no se parece al de la población civil. Los militares no obedecen a las mismas reglas; viven en otro orden, en otra lógica, y a Alfonso esa diferencia le incomodaba.

No era que les tuviera odio. Era otra cosa: una mezcla de respeto, cautela y desconfianza. Como cuando uno entra a una oficina donde el aire mismo tiene jerarquías invisibles. Como cuando uno sabe que una palabra mal puesta puede costarle semanas… o algo peor, y aun así nadie le dirá exactamente qué hizo mal.

A veces, al volver de una gestión, Alfonso traía los hombros más altos, la espalda rígida, y una mirada que no era de triunfo, sino de haber atravesado un pasillo estrecho. Conchita lo notaba en la manera en que dejaba el saco, en cómo se sentaba sin hambre, en el modo en que miraba a sus hijos sin verlos del todo, como si por detrás de esas caras hubiera otra cosa que él no podía dejar de calcular.

Y entonces, en lugar de sentirse seguro por lo construido, Alfonso se sentía vigilado por lo que había elegido construir.

Como si su fábrica, por florecer, estuviera atada a una cuerda que no sostenía él.

Y ahí, en esa cuerda invisible, empezó a crecer la amargura. No como un estallido, sino como una costra. A ratos se le iba; a ratos volvía con más fuerza. A veces se manifestaba en un “déjenme” pronunciado con brusquedad. A veces en una risa corta, sin alegría, cuando alguno hacía una broma. A veces en un regaño desproporcionado que dejaba a todos en silencio, como si en la casa hubiera pasado una ráfaga de aire frío.

Conchita fue la primera en sentirlo con claridad, aunque tardó en decirlo. No por miedo, sino por lealtad: porque una esposa, cuando ama, prefiere pensar que el otro sólo está cansado. Que es una temporada. Que se le pasará. Y los hijos mayores —los más conscientes— también lo percibieron: esa sombra nueva que no estaba antes, esa aspereza que parecía injusta, esa tristeza que se escondía detrás del mal humor.

Lo más difícil era que Alfonso no sabía explicarlo. Había conseguido lo que buscaba y aun así no encontraba descanso. Como si el sueño cumplido no hubiera sido un puerto, sino un espejo.

Y en ese espejo, por primera vez, Alfonso se vio a sí mismo sin la épica de la lucha, sin el alivio de “todavía no llego”, sin la excusa del porvenir. Se vio en el centro de lo que había construido… y sintió que podía perderlo.

No por falta de trabajo.

Sino porque el mundo —ese mundo de leyes cambiantes y decisiones ajenas— podía mover una sola pieza y derrumbar de golpe lo que a él le había tomado una vida levantar.

Esa posibilidad, aunque no se pronunciara, se instaló en la casa como una visita silenciosa.

Y desde entonces, Alfonso hablaba como si ya estuviera despidiéndose de algo que todavía tenía.

 

7 comentarios en “Capítulo 28 — La sombra en el espejo de un sueño cumplido”

  1. ROSA MARTHA LÓPEZ RUIZ CABAÑAS

    Benjamín, ahora entiendo tus sentimientos en lo que describes al inicio de este capítulo, lo difícil que es expresar lo que les sucedió y lo que tuvo que haber vivido Alfonso, a pesar de su éxito comercial, al no tener la seguridad, vivir con miedo y, por lo mismo ir perdiendo aspectos importantes en su vida y afectando a sus seres queridos.
    Te abrazo con el corazón.

  2. Bueno Benjamín,la historia va tomando un ritmo fantástico con sus hazañas,dudas y miedos
    Así es la vida, una constante hazaña.
    Mil GRACIAS, seguimos a la espera del siguiente capítulo
    Ponte un fuerte abrazo

  3. Definitivamente un capítulo muy emotivo que nos replantea el tema de las emociones y cómo lidiar y/o vivir con ellas. Esa lucha interna de Alfonso me conmueve porque nos deja entrever que tristemente afectará a su familia. Felicidades por la narrativa!

  4. He releído el capítulo. Añado comentarios.

    No conozco bien la historia de México. Seguía y leía con interés e inquietud los acontecimientos de Hispanoamérica reciente. !Qué convulso es todo! Movimientos sociales, socialistas, marxistas, guerra fría, guerrilla, Cuba, Panamá, Nicaragua… lucha por la justicia, autoridad civil y militar corrupta, mordidas, USA poniendo y quitando mequetrefes del capital, control de la droga, «limpieza selectiva de opositores», guerra sucia, guerrillas rurales de Chihuahua…

    Me pongo en la piel de Alfonso y comprendo perfectamente sus temores. Yo también me andaría con respeto, cautela y desconfianza. La fábrica sui géneris estaría en el punto de mira de muchos buitres. ¿Y si algún político, militar, obrero difícil o cártel se vende a otro postor? ¿Y si me extorsionan o secuestran a mi esposa, o a cualquiera de mis hijos? ¿Qué hago? Cumplí mi sueño de fabricar el rifle perfecto. Pero el mundo cambia y de qué manera. ¿Me dejará la autoridad cerrar la fábrica o reconvertirla en Bicicletas Cabañas? Técnicamente soy capaz de fabricar la mejor bicicleta del mundo.
    Pero mi estado anímico y el peso de mi pasado son un ancla trabada en el fondo de un abismo.

    Por otro lado, no solo somos hijos de papá y de mamá. Somos además hijos e hijas de una sociedad, de un paisaje, de una tierra, de una historia, de una educación… de esa herencia familiar transgeneracional. No es fácil ser consciente del pasado, sanarlo y soltar el ancla. Para volar, no es necesario levantarla.

    Un abrazo.

    1. Benjamín Ruiz Cabañas I.

      Mi querido Javier,

      Permite que te precise cierta información. En México a finales de los 50’s no había ningún tipo de guerrillas o inestabilidad de ningún tipo, México era y es un país totalmente diferente a Cuba, Panamá, Nicaragua, etc. Te recuerdo que México es la economía número 12 del Mundo, bajo algunos parámetros de observación es la 11 por encima de España. México era un país bastante tranquilo, hasta 1968, donde el mundo empezó a cambiar en serio, a partir de la Primavera de París. Eso trajo nuevos vientos que aceleraron procesos sociales importantes. El tráfico de drogas no era pequeño, era inexistente. México era un país de enorme estabilidad gobernado por un partido prácticamente único, con procesos electorales sesgados pero existentes y básicamente muy pacífico.
      La desconfianza inicia por un producto delicado y controlado al final por autoridades militares que como en todo el mundo piensan y trabajan y filosofan con otro lenguaje. Los cárteles no existían, ni el consumo de drogas tampoco. Mi país era una verdadera belleza estable. Como de hecho lo es hoy en día. Un poco a contracorriente con un gobierno de izquierda pero mayoritario.

      El tema con mi papá tenía que ver con un estrés creciente, un miedo genético e incluso una educación que le impedía ser serenamente feliz, es decir, en aquellos tiempos había allá igual que aquí mucha gente educada para sufrir con sensaciones de incomodidad si todo estaba bien. Es un tema sicológico y sociológico.

      La próxima conversación con una copa de vino tendré que explicarte lo que es México, sin duda.

  5. Comparto contigo ese sentimiento de que para escribir bien, es necesario tener el alma relajada. Otros escritores no saben hacerlo sin manías dignas de un loquero, incapaces de escribir sin asfixiar su propio ego. Dicen de Virginia Woolf que no soportaba leer sus obras. Y Hemingway, ¿en qué condiciones escribió o murió? Yo, personalmente, no conozco bien mi propia alma. ¡Como para entender la de los demás…!

    Me he divertido imaginando un macabro anuncio publicitario, versión para novela negra. Con la IA se podría poner la cara de Clint Eastwood en un niño de siete años. Rodaje del luctuoso del suceso que narras. «Fuera, todos los revólveres». «Basta con un RIFLE CABAÑAS». Seguramente Smith & Wesson y muchas armerías quebrarían. Se podría actualizar con las tristes y sobrecogedoras imágenes de enero en USA. Trump haría un buen pedido para servicio del ICE. Ahorraría muchísima munición y compraría la patente. Adiós a todas las preocupaciones de Alfonso y Conchita.

    Me ha gustado el capítulo. Me queda el suspense de cómo lo vas a ligar con los sucesos del siglo XIX. Seguro que lo harás bien.
    ¡Un abrazo, maestro! He plagiado a Toño.

    1. Benjamín Ruiz Cabañas I.

      Hola Javier,
      Me ha costado mucho trabajo escribir este capítulo porque al final es parte de la carga que lleva toda persona de su vida familiar, requiero relajar el alma para intentar escribir desde lo profundo sin caer en el recurso fácil de justificar mis falencias por los defectos de una educación o vivencia de familia, al final somos focos cuya luz irradia para bien y para mal a los hijos, a los amigos y al resto, pero hacerlo conlleva revivir las cosas que dolieron y se quedaron ahí por años y años. No creo que sea mi historia una exclusividad, en cambio si sirve para curar el alma.
      En cuanto a la anécdota del niño y el rifle que se guardaba detrás de la puerta donde el se escondió, recuerdo que Alfonso me lo platicó muchas veces y sin duda le había impresionado mucho, creo que era una piedra en el zapato. Sin duda Smith y Wesson se hubieran al menos sonrojado. En fin, en efecto las historias se juntarán, mas temprano que tarde. Gracias por leerme y por tus opiniones, me encanta motivar que lo hagas. Eso es lo mejor que tiene escribir una novela como un Blog. Recibe un abrazo.

      Ya me dirás en que plagiaste a Toño.

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